
Antes de que los europeos decidiesen conquistar lo que hoy se conoce como islas Canarias, el archipiélago tenía su propia población aborigen. Entre el siglo I y el siglo XV d.C., las islas fueron colonizadas por grupos amazig del norte de África, que introdujeron cultivos agrícolas y ganaderos propios al panorama canario.
La propia ubicación del terreno, en medio del océano, les forzaba a permanecer aislados y a adaptarse a los recursos disponibles. Ello, unido a la singular geografía de cada isla, condicionó lo que se comía en ella durante más de un milenio. Ahora, un grupo de investigadores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y la Universidad de Burgos se han lanzado a descubrir qué comían estos pueblos aborígenes. Los resultados, publicados en Scientific Reports, del grupo Nature, revelan los contrastes entre las diferentes islas.
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Para ello, el Grupo de Investigación Tarha de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria analizó 457 huesos humanos recuperados de yacimientos de siete islas, que abarcan todo el periodo prehispánico. Los investigadores han estudiado los isótopos estables de carbono y nitrógeno de estos restos humanos, que les han permitido conocer qué comían los antiguos canarios y de qué manera el entorno determinó su dieta.
“Los isótopos estables funcionan como un archivo biológico de la alimentación“, ha explicado Elías Sánchez-Cañadillas, primer autor del artículo, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). ”Lo que hemos descubierto es que ese archivo refleja fielmente la biogeografía del archipiélago: las islas con más recursos vegetales y agrícolas muestran una señal isotópica distinta a las islas más áridas, donde el mar era imprescindible para la supervivencia”, ha añadido.
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Entre el pescado y la cebada

Según Sánchez-Cañadillas, “la robusta señal isotópica que diferencia a las islas áridas de las de clima mediterráneo demuestra que el entorno insular fue el factor central que estructuró la disponibilidad de alimentos y las estrategias de subsistencia”. Así, en función de la isla y sus condiciones ecológicas, los antiguos canarios recurrieron a diferentes estrategias de subsistencia.
Las diferencias se muestran claras entre las cinco islas occidentales y centrales (El Hierro, La Palma, La Gomera, Tenerife y Gran Canaria) frente a las islas orientales de Lanzarote y Fuerteventura. Las primeras alcanzan altitudes superiores a los 1.500 metros, lo que genera pisos de vegetación variados, suelos más fértiles y precipitaciones regulares gracias a los vientos Alisios.
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En estas islas, los restos humanos presentaban valores de carbono más negativos, característicos de una dieta basada en cultivos de tipo C3 como la cebada o el trigo. Estos cereales suponían entre el 28 y el 33% de su dieta, según los resultados del estudio, que se complementaba con ganadería de cabras y ovejas. Los recursos marinos suponían tan solo el 11-17% de su alimentación.
En cambio, los puntos más altos de Lanzarote y Fuerteventura apenas alcanzan los 800 metros, lo que provoca una escasa cubierta vegetal, a lo que se une un clima desértico directamente influido por la cercanía de los desiertos africanos, a menos de 100 kilómetros de su costa. Esto alteraba por completo su alimentación: los cultivos de cereales caían hasta el 17-20% en estas poblaciones, que dependían sobre todo de pescado y marisco (36-38% de su dieta).
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Dentro de las islas occidentales, también se encuentran diferencias: los valores isotópicos analizados de El Hierro sugieren que su población dependía más de los recursos marinos, fundamentalmente lapas y burgaos, pese a compartir condiciones climáticas con La Palma o La Gomera. Los autores entienden que la menor superficie cultivable de esta isla pudo ser la causa de esta variación.
Sin cambios durante 15 siglos
Además de estas variaciones alimentarias, los investigadores descubrieron que, durante los 1.500 años que pasaron los pueblos amazig en el archipiélago, su dieta apenas cambió.
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“Lo más llamativo es que el factor que mejor explica las diferencias isotópicas no es el tiempo, sino la geografía. Cada isla imprimió su propia firma ecológica en la dieta de sus habitantes, y esa firma se mantuvo durante quince siglos. Eso convierte a Canarias en un caso excepcional para estudiar cómo la biogeografía condiciona la adaptación humana a largo plazo”, señala Jonathan Santana, profesor de Prehistoria de la ULPGC.
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