
En el sofá, en la cama, en el transporte público e incluso en el baño. Sea cual sea el lugar, el móvil siempre está al alcance de la mano. Ya sea para responder mensajes, revisar notificaciones o pasar horas viendo vídeos en TikTok o Instagram, el smartphone se ha convertido en una extensión más del cuerpo. Para algunos, separarse del dispositivo durante unas horas puede resultar sencillo; para otros, especialmente para los nativos digitales, parece casi imposible.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿Serías capaz de vivir sin usar el teléfono móvil o las redes sociales? Por su parte, los adolescentes de hoy han crecido rodeados de pantallas, redes sociales y conexión permanente. Por ello, un experimento europeo intentó encontrar la respuesta. Más de 72.000 alumnos participaron en una desintoxicación digital voluntaria impulsada por expertos independientes en Austria y respaldada por la radiotelevisión pública ORF y el Ministerio de Educación austríaco.
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El proyecto, denominado DOK 1, buscaba que los jóvenes reflexionaran sobre su relación con la tecnología y descubrieran nuevas formas de ocupar su tiempo lejos de las pantallas. Durante tres semanas de marzo, cada participante afrontó el reto de manera distinta: algunos dejaron de utilizar el móvil por completo; otros lo sustituyeron por teléfonos básicos sin acceso a internet; y también hubo quienes mantuvieron sus smartphones, pero reduciendo el tiempo de uso o eliminando las redes sociales.
Algunos participantes compartieron posteriormente sus experiencias con The New York Times. El diario entrevistó a 14 adolescentes austríacos de entre 10 y 17 años, quienes describieron cómo vivieron esas tres semanas de desconexión. Según detalla Efe, los resultados del estudio se harán públicos a finales de mayo.
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Apagar el smartphone
“El primer día fue el más difícil y el peor”, relató una niña de 11 años a The New York Times. Para muchos, las primeras horas sin móvil supusieron un auténtico choque. Los días iniciales estuvieron marcados por una fase de adaptación en la que varios jóvenes descubrieron hasta qué punto usaban el teléfono de forma automática. “Cuando lo uso, no tengo que pensar. Solo deslizo la pantalla y después ni siquiera recuerdo lo que he visto”, explicaba una adolescente de 16 años.
Sin esa distracción constante, algunos tuvieron que enfrentarse por primera vez al silencio y a sus propios pensamientos. Otros aprovecharon para recuperar aficiones olvidadas o explorar nuevas actividades. Una joven de 17 años contó que volvió a tocar el violonchelo simplemente porque, al no tener el móvil cerca, empezó a experimentar con otras cosas. “Hay algo divertido en no tener teléfono y simplemente coger cosas y probar cosas nuevas”, señaló.
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Con el paso de los días y tras superar la primera semana, muchos participantes comenzaron a notar cambios en su forma de relacionarse. Algunos recuperaron hábitos familiares que habían desaparecido, como los juegos de mesa. La desconexión también transformó la comunicación. Varios adolescentes afirmaron que, sin la inmediatez de las redes sociales, las conversaciones se volvían más profundas y atentas. “Buscas conectar con la gente”, resumía una de las entrevistadas.
A medida que avanzaba el tiempo sin conexión constante, algunos estudiantes también notaron mejoras en su capacidad de concentración. Sin notificaciones ni interrupciones, estudiar resultaba más sencillo. Un participante explicó que normalmente hacía pausas cada pocos minutos para revisar mensajes, pero durante el experimento logró mantener la atención durante más tiempo seguido.
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Pequeños retos sin pantalla
Sin embargo, no todo fue positivo. Hacia la mitad del experimento apareció un sentimiento común entre varios participantes: la soledad. Muchos reconocieron que lo más difícil no era renunciar a TikTok o Instagram, sino perder la facilidad para comunicarse con sus amigos. Otros se sintieron aislados al ver que el resto de la familia seguía usando el teléfono constantemente. “A menudo les decía que no lo hicieran, pero no me hacían caso”, relató una participante.
Ante esas dificultades, algunos comenzaron a buscar alternativas más analógicas. Una de ellas decidió visitar a una amiga en bicicleta utilizando una ruta impresa en papel, una experiencia que terminó convirtiéndose en algo inesperadamente positivo al descubrir pueblos y paisajes desconocidos. Incluso actividades cotidianas, como volver a casa en tren sin aplicaciones de navegación se transformaron en pequeños retos de memoria y orientación. “Estaba un poco asustada, pero llegué bien a casa”, recordó.
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Cuando los 21 días terminaron y los teléfonos volvieron a encenderse, muchos participantes descubrieron que no habían echado tanto de menos las redes sociales como esperaban. Algunos se sintieron incluso abrumados al ver decenas de mensajes acumulados y cerraron las aplicaciones de inmediato. Otros comprobaron que, en realidad, no se habían perdido nada importante durante ese tiempo.
Aunque la mayoría regresó al uso habitual del smartphone, varios adolescentes afirmaron haber cambiado su relación con la tecnología. Algunos empezaron a limitar conscientemente el tiempo de pantalla, otros sustituyeron las redes sociales por libros durante los trayectos en transporte público, y varios reconocieron que ya no sienten la necesidad de estar disponibles todo el tiempo.
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