
La contaminación por microplásticos es un problema global presente en la totalidad de los ecosistemas del planeta: desde los polos hasta los ríos, pasando por los suelos agrícolas e incluso el aire. Sin embargo, los más afectados son, sin duda, los ecosistemas marinos.
Los océanos, los mares y las zonas costeras acumulan grandes cantidades de microplásticos que entran en la cadena trófica al ser ingeridos por los animales; después, tras el consumo de estos, acaban llegando a los humanos.
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Las microfibras —pequeñas fibras textiles diminutas, de menos de 5 milímetros, que se desprenden de los tejidos— representan la forma más abundante de microplásticos en los ambientes marinos. Uno de los seres vivos más afectados por este tipo de contaminación son los bivalvos, como mejillones, ostras y almejas, que son ampliamente consumidos y utilizados habitualmente como bioindicadores.
Un estudio realizado por investigadores del Centro Oceanográfico de Vigo, del Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC), y el Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC), en el que se revisaron 107 estudios publicados desde 1977, observó que la presencia de estas microfibras se ha confirmado en todas las principales familias de bivalvos estudiadas a escala mundial.
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Esto se debe a que la capacidad filtradora de estas especies deriva en la acumulación habitual de estos contaminantes, tanto en hábitats marinos como estuarinos o dulceacuícolas. Estas microfibras, según señalan los autores, “suponen riesgos potenciales para los ecosistemas y la salud humana”.
Hasta 11.000 partículas al año por persona
El estudio señala que las microfibras representan el 70% de los microplásticos hallados en organismos marinos, que se exponen a ellos principalmente por la ingesta, pero también por adherencia a tejidos no digestivos. Así, los análisis estiman que cada persona en Europa tiene una exposición anual de hasta 11.000 partículas.
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El consumo de estos bivalvos, que es, por ejemplo, muy habitual en España, provoca riesgos para la salud. La microfibras actúan como vectores de contaminantes —metales, compuestos orgánicos tóxicos y aditivos textiles— y transportan aditivos químicos —colorantes, plastificantes, retardantes de llama, surfactantes— que pueden liberar compuestos tóxicos tanto a los organismos como al ambiente. Así, pueden generar daños físicos, como obstrucción o irritación, y facilitan la transferencia de patógenos.
Las fibras azules, que están asociadas a artes de pesca y acuicultura, son las más comunes, seguidas de las transparentes y las negras; el color es importante porque ayuda a inferir las fuentes de las que proceden las microfibras. Además, el polipropileno, el polietileno y el poliéster son los polímeros predominantes, así como las fibras de celulosa regenerada.
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Pese a que generalmente se consideran inocuas para el medio ambiente, las fibras naturales (algodón y celulosa, por ejemplo) también presentan riesgos comparables a los de los polímeros sintéticos porque incorporan aditivos industriales. Así, aunque son biodegradables, pueden transferir rápidamente estos contaminantes a los organismos filtradores como los bivalvos.
Este problema, además, afecta tanto a los bivalvos salvajes, que reflejan la contaminación ambiental general, como los de cultivo, debido a que están fijados a materiales plásticos usados en la acuicultura.
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España: un país muy afectado por el amplio consumo
El estudio señala que las concentraciones reportadas de microplásticos varían geográficamente. En el caso de España, en los mejillones de la ría de Vigo, algunas investigaciones han observado valores superiores a los de Brasil o China, pero comparables a los de hábitats naturales de Francia y Reino Unido e inferiores a sitios de acuicultura brasileños, en Tailandia o en Asia Oriental.
Además, el consumidor español está potencialmente expuesto a microfibras y microplásticos debido al alto consumo de mejillones, almejas, ostras y berberechos. Así, la producción de mejillón en Galicia está principalmente dedicada al consumo humano, lo que impacta directamente en la salud humana, mientras que en lugares como China se cultivan principalmente para alimentar peces de acuicultura.
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La importancia de estandarizar las metodologías
Además de la predominante presencia de microfibras en los hábitats marinos de los bivalvos, este estudio también ha analizado las inconsistencias en las estrategias de muestreo, los protocolos de digestión y los métodos de identificación de polímeros, lo que limita la comparación y la fiabilidad de los datos publicados.
Es por ello por lo que reclaman la urgente estandarización de las metodologías. Además, los autores del estudio señalan que es importante implementar controles ambientales y blancos de proceso en todas las etapas para evitar falsos positivos, debido a que las microfibras están en todas partes: en el aire del laboratorio, en la ropa de los operadores, en los materiales utilizados... Así, las partículas pueden “colarse” en las muestras durante la manipulación, inflando los recuentos y generando falsos positivos por contaminación externa. Es por esto por lo que son tan importantes estos controles.
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Además, los investigadores señalan la necesidad de avanzar en la evaluación de los efectos ecológicos y tóxicos a largo plazo de las microfibras, que ya forman parte de todos los ecosistemas del planeta y las consecuencias que tendrán en el futuro todavía no son conocidas por completo.
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