Ni amigas, ni primas: “La historia ha traducido la realidad de las lesbianas a algo que la heteronorma pueda comer sin atragantarse”

La autora de ‘La única lesbiana de Ávila’, Laura Terciado, relata cómo el aislamiento en las zonas rurales empuja al exilio y analiza el borrado histórico que sufre el colectivo

Guardar
Primer plano de dos mujeres besándose con los ojos cerrados, una de cabello corto con overol y otra de cabello largo con suéter, fondo de árboles borrosos
Una pareja de mujeres se besa en la calle por el Día de la Visibilidad Lésbica. (Freepik)

Cada 26 de abril se celebra el Día de la Visibilidad Lésbica para reivindicar los derechos de un colectivo que sigue siendo, en gran medida, ignorado por el sistema. Sin embargo, la visibilidad está lejos de ser un camino seguro. Para la periodista y autora de La única lesbiana de Ávila, Laura Terciado, ser visible hoy en día no es un estado natural, sino un “sobreesfuerzo de exposición y reafirmación” al que el sistema empuja a las mujeres: “La única lesbiana visible lo es porque mete ruido. Para que a una la reconozcan, tiene que gritar e insistir una y otra vez que lo es”.

Ese “ruido” no es un capricho, sino una respuesta necesaria a la hostilidad. Según el último estudio del CIS, el 11% de las mujeres en España se identifica como lesbiana o bisexual, una cifra que, trasladada a la población actual, supone más de 2,3 millones de ciudadanas. Pero la cifra convive con un dato alarmante: el informe Estado del Odio 2026 de la FELGTBI+ revela que el 41% de las lesbianas ha sufrido acoso en el último año y un 21% ha sido víctima de agresiones físicas. Sin embargo, las lesbianas son el colectivo que menos denuncia, con un 69% de víctimas que opta por no acudir a las autoridades.

La desconfianza hacia el sistema podría tener su origen en la memoria colectiva. Este lunes, el Ministerio de Igualdad celebra un acto institucional para homenajear a Dolores Vázquez, cuya condena por el asesinato de Rocío Wanninkhof permanece como el mayor exponente de cómo la lesbofobia puede actuar como motor judicial. Tras la desaparición de la joven Rocío en 1999, la investigación se centró en Vázquez por el único hecho de haber mantenido una relación sentimental con la madre de la víctima.

Sin pruebas biológicas, fue declarada culpable y pasó 519 días en prisión hasta que la detención del verdadero asesino, Tony King, demostró su inocencia. Durante el proceso, el sistema utilizó su orientación sexual para construir un relato que la presentaba ante el jurado como una mujer “fría y calculadora”.

Para Laura Terciado, este caso es el “eje” de la lesbofobia en el que basa su análisis sobre la violencia y el borrado sistemático. Según la periodista, lo que ocurrió con Vázquez demuestra cómo el sistema es capaz de criminalizar una identidad que se salga de la norma. “Sigue siendo necesario reivindicar porque falta archivo. La historia nos ha traducido siempre a algo que la heteronorma pueda comer sin atragantarse, tachando o quemando nuestra realidad”, reflexiona la autora.

Dos mujeres se dan un beso tierno sentadas en un muro blanco, una con cabello ondulado y suéter blanco, la otra con cabello corto y sudadera beige
Una pareja de mujeres comparte un momento de ternura. (Freepik)

Esa “falta de archivo” es la que obliga a realizar una “arqueología compleja”, según la periodista, para rescatar identidades que fueron camufladas bajo eufemismos. El ejemplo más claro para ella es el de Emily Dickinson, cuya relación con Susan Gilbert está documentada desde hace décadas y demostrada por cientos de cartas, pero que todavía hoy se intenta suavizar bajo el eufemismo de una “amistad íntima”.

A pesar de los avances sociales, la resistencia a llamar a las parejas por su nombre persiste. Mientras que cualquier imagen de un hombre y una mujer se etiqueta automáticamente como romance, las lesbianas siguen atrapadas en el laberinto del eufemismo: amigas, primas o compañeras. El caso reciente de Rosalía y Loli Bahía, calificadas por la prensa como una “bonita amistad”, evidencia que la negación sigue siendo sistémica. Para Terciado, esta ceguera es voluntaria: “La sociedad compra una caricatura para no rebuscar más”.

Visibilidad global frente al “hipercontrol” de la provincia

Frente a este borrado histórico, hoy asistimos a una presencia mediática sin precedentes, liderada por iconos globales como Chappell Roan o Young Miko, y respaldada en España por referentes como las actrices Inma Cuesta y Paula Usero o la cantante Chiara Oliver. Sin embargo, este espejismo de normalidad en las pantallas contrasta con la realidad a pie de calle en las zonas rurales, donde se sigue señalando a aquel que se sale de la norma y el anonimato es un lujo inexistente. Terciado recuerda que su juventud en su ciudad natal estuvo marcada por un “hipercontrol social” asfixiante: “Si yo me daba un beso con una chica, mi madre se iba a enterar a los diez minutos”.

“He crecido pensando que no podía ser lo que soy porque no tenía ni un solo espejo donde mirarme”, recuerda la autora sobre su juventud marcada por la ausencia de referentes. Hoy, sin embargo, las redes sociales han roto esos muros de silencio. Para las nuevas generaciones, el escenario ha cambiado radicalmente: ya no solo cuentan con iconos mediáticos que hablan de su sexualidad en televisión o a través de su música, sino que plataformas como TikTok o Instagram se han convertido en una ventana para tejer redes de apoyo y sentir que no están solos en el mundo.

Dos mujeres, vistas de espalda, caminan abrazadas por una calle adoquinada con árboles y edificios al fondo. Una lleva un vestido rosa y la otra uno verde
Una pareja de dos mujeres caminando abrazadas por la calle. (Freepik)

Del exilio a ser una ciudadana más

Esta presión en las provincias no es solo social, sino también política. La periodista denuncia que Castilla y León sigue siendo la única comunidad autónoma en España sin una ley LGTBIQ+ propia en pleno 2026, una situación que tilda de “vergüenza extrema”. Este vacío legal es el reflejo institucional de una homofobia que empuja a muchas mujeres al “exilio” hacia grandes capitales. Como relata la autora, el vínculo con la mirada del resto se vuelve más complejo y contradictorio con los años: “La visibilidad lésbica es un oxímoron, porque también nosotras mismas estamos cómodas en esa invisibilidad de que nos dejen en paz”.

Esa búsqueda de paz es, en esencia, una reclamación de normalidad. Para Terciado, la verdadera igualdad no es un concepto abstracto, sino el derecho a la tranquilidad: “Significa poder ser una ciudadana de pleno derecho como el resto; no tener que estar sobrepensando todo el tiempo ni cuestionar mi identidad a cada rato”. Su deseo de cambio es tan cotidiano como profundamente político: “Quiero que los señores dejen de quedarse mirando cuando estoy con una mujer”.

El primer Orgullo LGTBI de España: cuando Barcelona se levantó por la liberación homosexual.

Lejos de la hostilidad, Terciado ofrece un mensaje para las jóvenes que hoy se asoman a ese abismo identitario. La periodista insiste en que el presente ofrece el privilegio de habitar un mundo más ancho, donde es posible distanciarse de los entornos que asfixian o invalidan. “No va a pasar nada. Nada es tan importante. Todo se reestructura, la familia también se coloca y el tiempo pone a cada uno en su sitio”, asegura con la serenidad de quien ya ha completado ese viaje.

Asimismo, Terciado apuesta por una visibilidad que nazca de lo cotidiano: construir comunidades donde compartir un picnic, salir a escalar o, simplemente, estar juntas. “Somos más fuertes en grupo”, concluye, proyectando un futuro donde ser visible deje de ser un sobreesfuerzo agotador para transformarse en la celebración de vivir, disfrutar y, sobre todo, existir sin tener que pedir permiso.