
Sheila Manzanares nunca imaginó que terminaría impartiendo clase en una aldea del sur de Ciudad Real para solo tres alumnos. La maestra —en la bolsa tras aprobar las oposiciones pero sin conseguir plaza— recibió una llamada inesperada para cubrir una baja urgente en Centro Rural Agrupado (CRA) en San Benito, una aldea de menos de 200 habitantes al sur de la provincia. En cuestión de horas, tuvo que hacer las maletas y cambiar de vida. La adaptación fue un reto: llegó a una casa antigua durante las fuertes lluvias que azotaron el sur del país en enero y febrero y se enfrentó a la incertidumbre de un entorno completamente nuevo. Meses después, cuenta que el miedo del comienzo se ha transformado: “Ahora mismo estoy bastante contenta y ojalá me quede hasta final de curso”.
La manchega, que vive en un municipio del centro de la provincia, no esperaba este destino. Cuando la llamaron, le informaron de que trabajaría en un CRA de Alamillo, un municipio cercano, pero la directora le especificó que en realidad lo haría en San Benito, una pedanía de Almodóvar del Campo. Tras buscar información sobre la zona, entendió que se trataba de un entorno muy reducido. Contactó con la madre de uno de sus alumnos, que la ayudó a buscar alojamiento y, en pocas horas, Sheila ya hacía las maletas para mudarse. Su familia la acompañó el primer día, pero al quedarse sola sintió el peso de la soledad. Sin embargo, en dos días logró adaptarse y empezar a ver la experiencia desde otra perspectiva. Fue entonces cuando decidió narrar esta experiencia en TikTok. “Parecerá una tontería, pero para mí fue supermotivador. Empecé a subir contenido y a la gente le encantó y es una forma de distraerme”.
Cómo es ser maestra en una clase de tres alumnos
La rutina diaria en el colegio rural de San Benito es tan singular como su número de alumnos. Sheila suele ir andando al centro, abre y cierra el edificio y organiza el aula junto a los tres estudiantes, cada uno de un nivel diferente. “Seguimos el mismo horario, o sea, si toca lengua, lengua para todos. Y normalmente trabajamos de forma individualizada. Al final son tres, tres niños, tres niveles diferentes, entonces cada uno tiene su libro y con cada uno trabajo los contenidos que les toca”. Hay días que está sola y otros que comparte el aula con especialistas de Educación Física o Música. El sistema es similar al que se aplica en los centros con cientos de alumnos y el día acaba igual. “A las doce tenemos el recreo y a las dos nos vamos a casa. Realmente, la rutina es como en cualquier otro cole a la hora de trabajar”.
Muchos le preguntan cómo lo hace y ella lo compara con una academia, donde explica a cada uno lo que le corresponde y, mientras, los demás trabajan de forma autónoma. “Siempre que veo la oportunidad, intento hacer alguna actividad compartida o alguna dinámica para que puedan trabajar de forma cooperativa”, apunta.

El entorno rural, lejos de ser un impedimento, le ofrece oportunidades únicas para desarrollar un aprendizaje experimental. Las salidas al campo o la visita a animales de la zona forman parte de sus proyectos de aula: “Yo nunca había ido a coger espárragos, entonces me dijeron: ’Maestra, vamos a ir un día y te vamos a enseñar a coger espárragos’. Me enseñaron y luego esto lo llevé al aula con una receta que tenían que hacer en Canva”. Puede innovar, adaptar los ritmos y probar nuevas dinámicas.
Además, en un contexto en el que cada vez hay más profesores con quejas por las aulas abarrotadas, Sheila puede dedicar mucho más tiempo a estos tres alumnos. La burocracia, otra de las principales quejas de los docentes desde la aprobación de la LOMLOE, es menor en comparación con la del resto de trabajadores del sector educativo porque la cifra pasa de ser más de 20 alumnos a solo tres.
La ratio tan baja también permite una atención personalizada tanto en lo académico como en lo emocional. “Yo sé mucho de ellos y ellos saben muchísimo de mí. Al final creamos un vínculo que no se puede crear con veinte alumnos”.
Sheila reconoce que la escuela rural presenta ventajas y desventajas que repercuten tanto en el alumnado como en los docentes. La atención individualizada y el vínculo personal son sus principales fortalezas. Puede dedicar mucho tiempo a cada estudiante, detenerse en lo que necesita y crear una relación de confianza que sería imposible en un aula numerosa. El clima cercano y la autonomía para innovar hacen que el aprendizaje sea más significativo. Sin embargo, también existen limitaciones.
Los alumnos tienen menos oportunidades de relacionarse con niños de su edad. “Al ser un entorno tan pequeño, pues tienen menos oportunidades de interactuar con un grupo amplio de alumnos de su misma edad. Ellos están acostumbrados a socializar con personas de diferentes edades, pero no tienen la oportunidad de pasar tiempo con sus iguales”, opina. También tienen menos acceso a actividades extracurriculares: “Aquí no hay oferta de fútbol, inglés o piano. Si quieren hacer alguna actividad, tienen que desplazarse a otro pueblo”.
La convivencia diaria es sencilla, en parte porque dos de los alumnos son hermanos. El ambiente es familiar y los conflictos son mínimos. Sheila considera que, aunque el contexto es diferente al de los centros urbanos, las oportunidades educativas no son menores: “Su experiencia puede ser igual o más enriquecedora que la de un niño en la ciudad”.
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