
El aumento de feminicidios y la mayor brutalidad de los ataques machistas en España coinciden con el avance de discursos negacionistas y mensajes antifeministas. En lo que va del año, 14 mujeres han sido asesinadas por violencia de género —cinco de ellas habían denunciado previamente a su agresor— lo que eleva el total de víctimas mortales a 1.357 desde 2003. Para Miguel Lorente, profesor de Medicina legal en la Universidad de Granada y exdelegado del Gobierno para la Violencia de Género, esta situación evidencia que el problema no se está abordando de forma integral y que los sistemas de protección a las víctimas se activan demasiado tarde.
En entrevista con Infobae, Lorente insiste en la necesidad de reforzar la prevención y la educación, y advierte que un clima social y político como el actual propicia la persistencia y el agravamiento de la violencia machista.
Pregunta: No han transcurrido ni tres meses y 14 mujeres han sido asesinadas a manos de sus parejas o exparejas en España, además de tres menores de edad. ¿Qué está fallando?
Respuesta: Estamos hablando de una violencia social, estructural, que afecta a más de seis millones de mujeres en España, según los datos de la última Macroencuesta del Ministerio de Igualdad, pero solo se aborda en circunstancias muy limitadas, como cuando se denuncia o cuando hay un elemento apreciable de que existe violencia, y sin embargo no hay una detección adecuada. La violencia forma parte de una construcción androcéntrica que atraviesa toda la sociedad y luego hay elementos como el factor estacional [la tendencia de que los feminicidios aumenten durante épocas vacacionales] que también influye. Ese factor también actúa como un refuerzo positivo, es decir, quienes ya están considerando cometer un asesinato encuentran validación al ver que otros han actuado antes, de forma que esta exposición incrementa el riesgo de que se produzcan más violencia.
Otro factor que actualmente tiene un peso considerable es el social. El negacionismo, los ataques hacia las mujeres y la presentación del feminismo como una amenaza para los hombres son tendencias en aumento, tal y como muestran encuestas del CIS o estudios de la fundación FAD Juventud. Cuando hay un clima social que cuestiona la existencia de la violencia se crea una tormenta perfecta para que algunos hombres que ya han ejercido violencia continúen escalando hasta llegar al homicidio. No se trata, por tanto, de un fallo, sino de que no estamos abordando la violencia de género con toda la globalidad e integralidad que requiere, y ponemos en marcha todos los sistemas de protección en una fase muy tardía de la relación violenta.
P: Llegan entonces tarde las medidas...
R: Se actúa como en un hospital o como en una UCI cuando el caso ha llegado hasta allí, es decir, si te da un infarto en mitad de la sierra, te mueres. Si te da un infarto en tu casa o en una ciudad, la probabilidad de que llamen a una ambulancia y te lleven a un hospital e ingreses en la UCI hace que tu riesgo de muerte sea menor. Aquí sucede lo mismo: si esperamos a que toda la violencia de género se manifieste o se conozca para actuar, el sistema puede funcionar, pero no es suficiente debido a las características de esta violencia.
P: Respecto al negacionismo de la violencia machista y a los mensajes antifeministas que promueven algunos líderes de extrema derecha, tanto en España como a nivel global, ¿cómo se puede combatir ese tipo de discursos?
R: Lo primero es tomar conciencia de lo que está ocurriendo. Actualmente, la ultraderecha busca recuperar valores identitarios y elementos culturales para imponerlos como parte de la normalidad. Se quiere recuperar un marco donde las propuestas de derecha se perciban como coherentes y necesarias, mientras que las propuestas progresistas y feministas se ven como un ataque, un caos o un desorden. Nadie quiere identificarse con el caos, por lo que no necesitan criticar las políticas progresistas una por una, basta con instalar ese marco general.
Por otro lado, la izquierda también enfrenta dificultades para combatir estos discursos, en parte porque sigue existiendo una visión androcéntrica, incluso dentro de los partidos progresistas. Siempre he dicho que la diferencia entre un partido de derecha y uno de izquierda no está en el número de machistas, sino en el número de feministas. El modelo androcéntrico sigue considerándose la norma, incluso en espacios que se definen como progresistas.

El feminismo no debe entenderse como una política sectorial, sino como una perspectiva que atraviese todas las políticas. El cambio cultural que requiere combatir el negacionismo y los discursos antifeministas necesita políticas profundamente transformadoras. No basta con aprobar una nueva ley puntual, ya que eso solo gestiona la situación actual sin transformar de raíz la cultura. No se trata de gestionar el machismo, sino de transformarlo y erradicarlo. Por la urgencia actual, es necesario actuar sobre las consecuencias del machismo para minimizarlas, pero toda política feminista y progresista debería, además de abordar los efectos, contribuir a transformar las causas que originan esa violencia.
Tampoco deberíamos permitir la justificación ni la minimización de la violencia machista desde partidos políticos. Por ejemplo, a Bildu se le critica por su vínculo histórico con ETA aunque hoy no defienda ni justifique las acciones violentas de ETA, y eso es suficiente para no pactar con ellos. En cambio, con partidos que están haciendo apología del machismo asesino, porque el machismo mata, no pasa nada. Aquí los únicos que están llevando la violencia a la política son Vox, directamente, y el PP cuando secunda sus propuestas. No se debería diferenciar entre distintos tipos de violencia, como terrorismo, narcotráfico u otras formas; la violencia es violencia. En este contexto, Vox y el PP utilizan el debate sobre la violencia para ocultar la violencia contra las mujeres, y esto se está permitiendo.
P: ¿Consideras que los discursos antifeministas y conservadores están influyendo en el aumento de la violencia machista y la gravedad de las agresiones contra las mujeres?
R: La consecuencia de este clima violento es un aumento tanto en la cantidad como en la gravedad de los ataques. Los datos muestran que, en los últimos diez años, se ha incrementado la intensidad de la violencia. Por ejemplo, el número medio de puñaladas en los crímenes ha pasado de dieciséis a veinticuatro, y los asesinatos con traumatismos craneoencefálicos han subido de trece a veinte. Además, ahora se registran más asesinatos de menores y también se cometen estos crímenes en espacios públicos, como lugares de trabajo, tal y como sucedió hace unos días con una mujer en Zaragoza que fue asesinada por su expareja cuando acudía a abrir la peluquería donde trabajaba.
En los años 90 yo no tenía conocimiento del problema social que suponía la violencia de género, pero como médico forense observaba ciertas características particulares: era inmotivada, desproporcionada y aleccionadora, ocurría en espacios públicos y se dirige también a hijos e hijas. En la actualidad, la violencia contra las mujeres se divide en categorías como vicaria, obstétrica, digital, física, psicológica y económica, y esa fragmentación puede hacer que se pierda la perspectiva de que todas estas formas responden a una misma realidad: el ejercicio de poder y control sobre las mujeres. Al clasificar la violencia en distintos tipos, se dificulta comprender su magnitud y su origen común, lo que debilita la conciencia social sobre la gravedad del problema.
P: ¿Cree que estamos dando pasos atrás?
R: No creo que estemos retrocediendo, pero los datos muestran una realidad compleja. Si comparamos la última década con la anterior, el número de asesinatos de mujeres ha disminuido, lo que indica que se está avanzando en algunos aspectos. Sin embargo, preocupa que el 38,5% de las mujeres asesinadas había presentado una denuncia previa, un porcentaje mucho mayor que la media anual, que suele ser del 25%. Esto evidencia fallos en la protección institucional, ya que estas mujeres sí buscaron ayuda.
Hay un problema de fondo en la transmisión de valores machistas a las nuevas generaciones. Según el último barómetro del Centro Reina Sofía, el 22% de los jóvenes de entre 15 y 29 años considera que la violencia de baja intensidad no es un problema en la pareja, y este porcentaje ha ido aumentando año tras año. Esto demuestra que los mensajes conservadores y machistas siguen calando en la sociedad, mientras que no se ha avanzado lo suficiente en educación y concienciación. El debate, por ejemplo, sobre el “pin parental” ha desaparecido porque ya casi no se organizan actividades educativas sobre igualdad y violencia de género en los colegios, debido a la presión de algunos sectores. Si en estos 22 años de ley integral se hubiera trabajado de manera constante en educación, la situación sería distinta. Falta avanzar en la prevención y en la educación, que son aspectos esenciales para erradicar el machismo.
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