
Los años 20 fueron los primeros años de revolución para las mujeres. Esa época caracterizada por la ruptura de los moldes sociales, el auge de las ‘flappers’ y las nuevas modas, llevó a la lucha por el voto y la igualdad en una sociedad que no quería dárselas. Así lo evidenciaron algunos hombres franceses en 1928, cuando publicaron un artículo en la revista Comœdia, titulado Pas de femmes (Sin mujeres). En él exponían los motivos por los que una mujer no podía acceder a un restaurante de alta cocina.
Al parecer, sus fundamentos se basaban en que las mujeres no eran capaces de “apreciar una carne delicada” y “saborear un buen vino”, explicaron los hombres, como ha recogido El Español. Del mismo modo, “sus curvas y su tendencia al chismorreo” lograban distraer sus conversaciones. Su presencia tenía tanto poder que incluso sus perfumes podían llegar a “alterar el sabor de los platos”. Por lo que el famoso Club de los Cien (Club des Cent, 1912) prohibió la entrada oficialmente a las mujeres.
Cansadas de no ser aceptadas y de escuchar constantemente cómo debían comportarse, Maria Croci, escritora y traductora de renombre, junto con un grupo de mujeres, decidió fundar el Club des Belles Perdrix (Club de las Bellas Perdices), una sociedad gastronómica exclusiva para mujeres. Y tomando como referencia ese primer artículo que las excluyó del prestigioso restaurante, publicaron Pas d’hommes (Sin hombres) en Comœdia.
“Las Belles Perdrix se pueden alzar en vuelo por sus propias alas”
En el París de los años 1920, donde la vida intelectual florecía entre cafés, tertulias y editoriales, las calles se llenaron de clubes gastronómicos donde literatos, políticos y banqueros, todos hombres, se reunían para disfrutar de las mejores mesas y conversar sobre el arte de la buena mesa. Entre estos clubes, Le Grand Perdreau se posicionaba como uno de los más codiciados en la sociedad, al igual que su cena mensual. No obstante, las mujeres siempre quedaban fuera, tanto de las conversaciones como de la mesa. Otro motivo por el que Las Belle Perdrix decidieron abrir su propio espacio, transformando la tradición en una reivindicación femenina.
¿Qué es una 'mujer de alto valor'? Este spot del Gobierno de España para el Día Internacional de la Mujer expone los peligrosos estereotipos que circulan en redes sociales. Una mujer se rebela contra el manual sexista para unirse a la lucha feminista. No dejaremos que el pasado avance.
“En el pasado, esos mismos hombres nos negaron el alma, ¡y ahora nos niegan el gusto, sin el cual la vida no tiene sabor!“, afirmaba este grupo en Les recettes des Belles Perdrix, un libro publicado en 1930 por Croci y Gabrielle Réval y digitalizado por la Biblioteca Nacional de Francia, donde se expone su historia y reflexiones sobre el papel de la mujer en la cocina. Las principales recopiladoras del documento también se juntaron con Judith Cladel, la duquesa de Clermont-Tonnerre, Lucie Delarue-Mardrus (poeta y novelista), Huguette Garnier, Marion Gilbert, Hélène Cosset, Lydie Lacaze, Yvonne Lenoir, Anna Levertin, Rosita Matza, Daffis de Mirecourt, Princesse Murat, Ève y Lucie Paul-Margueritte, Aurore Sand (nieta de George Sand), Ida Snauwart, Marcelle Tinayre, Hélène Valantin, Andrée Viollis, Blanche Vogt...
Todas ellas no solo gozaban de una sólida formación intelectual y literaria, sino que muchas de ellas provenían de la aristocracia, el periodismo o la literatura profesional. Varias eran hijas, descendientes o esposas de figuras de renombre, lo que contribuía a su peso social. Pero estaban hartas de no poder alzar su voz y presencia. “Las Belles Perdrix se pueden alzar en vuelo por sus propias alas”, afirmaban.
Se reunían una vez al mes: no solo para degustar menús exquisitos —a menudo diseñados por chefs célebres como Auguste Escoffier—, sino para charlar, cantar y compartir tanto sus recetas culinarias como anécdotas sobre literatura, amor, viajes y la vida parisina. Además, en sus cenas sólo reinaba —al menos la mayor parte del tiempo— la exclusividad femenina. Solo una vez al año, cada “Perdrix” podía invitar a un “perdreau” (hombre), pero con la regla de que no podía ser su marido.
Asimismo, el club tenía una función solidaria y cultural: recopilaba sus mejores recetas, escritas con ingenio y humor, para compartirlas más allá de su círculo, como prueba de que la cocina también era territorio de mujeres de letras y no solo de cocineras domésticas o restauranteras profesionales. No era raro que sus banquetes se celebraran en los principales restaurantes o con menús especialmente compuestos para ellas. Sus reuniones eran también un acto de rebeldía y sororidad, ya que el club sirvió para consolidar redes de apoyo, promover la sororidad cultural y lanzar, aunque fuera en tono festivo, una crítica afilada a la misoginia culinaria y a la exclusión social.

Un manifiesto de placer y libertad
El recetario de las Belles Perdrix no es solamente una colección de menús refinados y platos ingeniosos. Es un testimonio de inteligencia femenina, creatividad y resistencia. Criticaban abiertamente a los clubes masculinos de gastrónomos por su “ostracismo” y sus prejuicios sobre el “sentido del gusto” femenino. De este modo, en la presentación del libro ya exponen la exclusión histórica de las mujeres: “Ellas han protestado gentil y alegremente contra el exclusivismo intransigente y, como dicen los políticos del sur, contra el ostracismo de los Clubs de Gourmets, que, inspirándose en un antiguo e ilustre ejemplo, han excluido a las mujeres de sus banquetes y reuniones”, determinan.
“Los gourmets que se enorgullecen de haber contribuido poderosamente a este renacimiento nos han excluido, desde el principio, de sus cenáculos, como si la presencia de mujeres debiera impedirles consagrarse a su tarea con toda la devoción deseable”, añaden en su reflexión. Ante esto se preguntan si temen que “la gracia femenina sea demasiado distraída, ¿O suponen que las mujeres no tienen el gusto lo bastante seguro y refinado?”. Por esto mismo la autora desafía “a los gourmets a hacer honor a una buena mesa al menos tan bien como nosotras”.
Desde Les recettes des Belles Perdrix defiendes que “su compañía ha sabido construir nidos confortables y elegir agradables comedores en mi principado de la gastronomía”. La comida, decían, debía ser sencilla, hecha con amor y tiempo, un acto colectivo que reunía a todas en torno al disfrute colectivo y la conversación. Con todo, aseguraban que: “No hay edad para la gourmandise, somos hombres y mujeres de boca, desde la mamadera hasta la muerte”, escribieron.
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