
Enero y febrero han dejado al menos 655 personas migrantes muertas o desaparecidas en el Mediterráneo. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) citados por la AFP, esto representa más del doble de las 287 que se contabilizaron en el mismo periodo del año pasado a pesar de que se han intentado menos cruces hacia Europa. Las cifras, que recogen el balance de un arranque de año especialmente trágico en la principal frontera marítima de la Unión Europea, reflejan el aumento de la mortalidad en estas rutas.
De acuerdo con Frontex - agencia europea de control de fronteras - las tormentas y otros fenómenos meteorológicos como el ciclón Harry explican parte de la gravedad de la situación. A esto se suman las crecientes dificultades para las operaciones de rescate y el cierre de rutas terrestres, lo que deriva en un repunte de la letalidad en las aguas que separan el norte de África del sur de Europa. Frontex atribuye la elevada cifra de fallecimientos, al menos parcialmente, a esas “condiciones meteorológicas extremas”, pero responsabiliza también a las redes de tráfico de personas, que “lanzan a los migrantes al mar en embarcaciones precarias”.
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Las explicaciones recogidas por la OIM y las ONG que trabajan en la zona apuntan hacia una combinación de factores estructurales y coyunturales. Los acuerdos bilaterales entre Italia, Túnez y Libia para frenar las salidas han desplazado los puntos de partida hacia enclaves menos vigilados y más alejados de la costa europea.
El cierre de vías legales obliga a más migrantes a arriesgar la vida
Según Arnaud Banos, investigador del CNRS de Francia especializado en migración marítima citado por AFP, “cuanto más se presiona para evitar las salidas, más se crean condiciones ideales para los traficantes”, lo que incrementa los riesgos para los migrantes. “Los cruces son más largos y muy expuestos a vientos y fuertes corrientes. Esas rutas están menos vigiladas, pero las embarcaciones también son menos visibles para los rescatistas”, explicó Banos.
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El investigador añadió que la ruta terrestre a través de los Balcanes “está prácticamente cerrada, por lo que el mar es la única vía que queda”. En sus palabras, “al final, lo que hacemos es aumentar el riesgo. Cuanto más decimos que queremos asegurar nuestras fronteras por razones humanitarias, más incrementamos el peligro. Es un círculo sin fin”.
Las organizaciones no gubernamentales que operan en el Mediterráneo han denunciado obstáculos crecientes para su labor de salvamento, desde la tramitación de permisos hasta la designación de puertos de desembarco. “Las autoridades italianas nos asignan ahora un puerto seguro casi inmediatamente después del primer rescate, que a veces está a más de mil kilómetros”, explicó Giulia Messmer, portavoz de la ONG alemana Sea-Watch.
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La representante puntualizó que esto conduce a situaciones en las que las tripulaciones de rescate “se ven obligadas a ignorar otros casos de emergencia cercanos, lo que constituye una violación total del derecho internacional”. Messmer subrayó el reclamo de su organización para la creación de “un programa europeo de búsqueda y rescate que atienda a las personas en peligro”, y denunció la violencia de las milicias libias, que según su testimonio, “disparan activamente contra personas en peligro en el mar”.

En paralelo, las posibilidades de acceder legalmente a territorio europeo se han reducido en los últimos años. Alemania, que en 2015 acogió cerca de un millón de refugiados sirios, afganos e iraquíes, ha endurecido desde entonces sus reglas para la reunificación familiar y la obtención de la ciudadanía. Por su parte, Reino Unido ha anunciado el fin de los visados de estudios para nacionales de Afganistán, Camerún, Birmania y Sudán. Las ONG consideran que este cierre de vías legales empuja a más personas a intentar la travesía en condiciones cada vez más inseguras.
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El antropólogo Filippo Furri, coautor de un libro sobre las muertes en el Mediterráneo, sostiene que “lo que Frontex no menciona es que estas redes criminales surgen donde hay demanda, porque las condiciones de vida en los países de origen son terribles y no existen vías legales para llegar”. Furri detalló que la agencia europea solo contabiliza a quienes llegan a las fronteras exteriores del bloque comunitario, “no el número de salidas” que intentan alcanzar Europa. “El número de muertes registradas de quienes intentan el cruce queda muy por debajo de la realidad”, concluyó.
Las cifras de la OIM y los testimonios de quienes trabajan sobre el terreno reflejan el endurecimiento de las travesías en el Mediterráneo y el impacto de las políticas migratorias y de control fronterizo. El mar, convertido en la última frontera para quienes buscan una vida diferente, sigue dejando un balance de víctimas que crece incluso cuando los intentos de cruce disminuyen.
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