
Son las 10:00 de la mañana de un viernes y en la calle Escuderos de Campaspero, un pequeño pueblo de la provincia de Valladolid de unos 1.000 habitantes, hay un vaivén continuo de personas. Podría ser una escena habitual sin mayor importancia, pero en este caso el trasiego se debe a que la panadería Cáceres ha vuelto a abrir sus puertas y, en lugares como este, donde la despoblación, el envejecimiento y la falta de oportunidades para los jóvenes golpean con fuerza, al igual que en tantos otros pueblos de Castilla y León donde la oferta de establecimientos y servicios es reducida, el hecho de que un establecimiento no termine cerrando se vive como una victoria.
En esta región, tierra de cereales que mantiene una arraigada tradición panadera, muchos pueblos siguen elaborando sus productos de forma artesanal, con la maquinaria de antaño y siguiendo la receta que aprendieron de sus antepasados. Es el caso de Ángeles García Cáceres y su marido, José Antonio de la Fuente, que han trabajado entre sacos de harina y el calor del horno durante 30 años, manteniendo la tradición familiar en Campaspero. Pero el pasado verano, la jubilación del matrimonio supuso el cierre de la panadería ante la falta de alguien que tomara el testigo, a pesar de que ellos estaban dispuestos a compartir sus recetas y conocimientos con quien quisiera seguir con el negocio.
Aunque el pueblo aún conserva otra panadería, el cierre de este obrador supuso mucho más que la pérdida de un comercio, pues ponía fin a una tradición familiar de más de 70 años, forjada por tres generaciones y profundamente vinculada a la vida local. Cuando ya los vecinos creían que no volverían a disfrutar de las famosas tortas de aceite, muy solicitadas entre restaurantes de la zona, ni de las magdalenas de siempre, en diciembre una joven pareja búlgara que vive en un pueblo cercano a Campaspero contactó con Ángeles para alquilar el obrador. Y poco después, en febrero, la panadería Cáceres abrió de nuevo sus puertas. Ahora son Valeria Zdravkova y Gospodin Stoyanov los que vuelven a dar vida a las recetas de la familia de Ángeles.
“Les hemos enseñado lo que sabemos. Me daba mucha pena que se perdiera esta tradición, porque era lo que hacían mis abuelos y lo que después hicieron mis padres”, cuenta Ángeles a Infobae. Recuerda que, en tiempos pasados, en Campaspero existía la costumbre, alrededor de Semana Santa, de que los vecinos llevaran sus propios ingredientes a la panadería —huevos, manteca, azúcar o esencias— para preparar magdalenas, rosquillas y pastas, mientras que la harina la aportaba el propio establecimiento. Aquellas jornadas aún siguen presentes en la memoria colectiva, y por eso preservar estas recetas también es proteger la historia del pueblo.

“Estoy encantada de haberlo compartido y de que, gracias a ellos, la tradición continúe. Me alegra que se pueda seguir elaborando todo y que la gente siga disfrutando”, añade la mujer, que además destaca la destreza de los nuevos panaderos y su rápida adaptación. Ahora, a sus 66 años, asegura estar disfrutando de la jubilación después de tres décadas de madrugones. “Lo llevo de maravilla, pensé que me iba a costar más, pero nada de eso. Ahora tengo tiempo para leer, que me encanta, y antes apenas podía. También voy a clases de gimnasia y camino mucho, así que no me aburro. Hemos cambiado las horas de trabajo por ocio”, resume.
Nuevos panes búlgaros
En este viernes de frío intenso pero soleado, la panadería recibe clientes tanto del pueblo como de otros municipios cercanos que llegan con ganas de volver a probar esas tortas y pan tradicional. “Sabe igual que antes”, reconocen, mientras que las novedades también reciben buenas críticas. Panes como el de queso, típico de Bulgaria, y el de aceitunas, perejil y cebolla, que Gospodin aprendió a elaborar en su etapa de panadero en Chipre, desaparecen rápidamente del mostrador. El interior de la panadería y su vieja maquinaria permanecen intactos, al igual que el método de elaboración, porque aquí no hay fermentadora y la masa reposa al ritmo natural de las levaduras.

La jornada laboral de Valeria y Gospodin comienza entre semana mucho antes del amanecer, a las 4:00, mientras que los fines de semana, días de mayor intensidad, madrugan un poco más para empezar a las 3:00. Cada día elaboran de media unas 150 piezas entre barras y tortas, 10 kilos de magdalenas y 25 tortas de chicharrones, entre otros muchos productos.
“Todavía no tenemos la agilidad de Ángeles y José Antonio, por eso ahora venimos tan pronto, pero esto es coger el punto de la fermentación, la cantidad de levadura y el tiempo de horneo. Se nota que la gente tenía ganas de volver porque no paramos de recibir encargos”, explica Valeria, que lleva viviendo en España más de dos décadas, a diferencia de su marido, que llegó hace tan solo dos años.
De momento todavía viven en Cuéllar, un pueblo ubicado a 15 kilómetros de Campaspero, pero su idea es instalarse aquí en los próximos meses.

“Ahora puedo pasar la tarde con mis hijos”
A pesar de los madrugones, Valeria reconoce que su anterior trabajo como encargada en una empresa de recolección y producción de fresa “era mucho más estresante” y ahora valora especialmente tener la tarde libre para poder estar con sus dos hijos, un niño de tan solo nueve meses y otra niña de 9 años. “Fue mi marido, que ya había trabajado como panadero en Chipre, quien me sugirió la idea de hacernos cargo de este local, y la verdad es que estamos muy contentos. Somos jóvenes y tenemos muchas ganas”, añade.
En un futuro les gustaría incorporar más maquinaria que les facilite el trabajo y poder repartir por más pueblos de la zona, pero, de momento, prefieren ir “poco a poco”.

Una región especialmente envejecida
La presencia de familias migrantes en el ámbito rural es especialmente importante para Castilla y León, una región donde la pérdida de habitantes y el envejecimiento han provocado a su vez una baja tasa de natalidad. Esta autonomía es, de hecho, una de las más envejecidas de España, solo superada por Asturias y Galicia, de forma que en 2025 alcanzó un máximo histórico de 148 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16, según el INE. Por otro lado, la región puede presumir de tener la segunda mayor esperanza de vida en España, con 84,6 años de media, solo por detrás de Madrid.

A pesar de que solo el 8,4% de la población de Castilla y León es extranjera, muy por debajo de la media nacional del 14%, la llegada de migrantes ha sido clave para el leve aumento de habitantes registrado en la región entre 2021 y 2025, con un crecimiento del 0,67%. La mayoría proviene de Rumanía y Bulgaria, aunque en los últimos años también han aumentado las llegadas desde Marruecos y algunos países de América Latina como Colombia y Venezuela.
Historias como la de esta pareja búlgara muestran que los migrantes no solo revitalizan el mercado laboral y permiten mantener abiertos negocios, escuelas y servicios básicos en zonas rurales de la región que, de otra forma, acabarían cerrando. También aportan diversidad a la vida social y cultural, contribuyendo al surgimiento de nuevas iniciativas.
Castilla y León, que cuenta con algo menos de 2,4 millones de habitantes en un total de 9 provincias, lo que la convierte en la región más extensa del país, celebra elecciones este 15 de marzo para elegir al próximo presidente de la Junta y a los 82 procuradores que integran el parlamento autonómico.
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