
Muchas personas persiguen una idea muy concreta de bienestar: la ausencia total de emociones desagradables. En un imaginario colectivo cada vez más vinculado al autocuidado, parece lógico pensar que sentirse bien implica eliminar por completo la tristeza, el enfado o la frustración, como si la vida emocional pudiera organizarse para quedarse solo con aquello que resulta cómodo.
Sin embargo, la experiencia cotidiana muestra algo diferente. Las emociones incómodas aparecen con frecuencia, incluso en etapas que, en principio, deberían ser tranquilas o felices. La pérdida, los conflictos o las expectativas frustradas forman parte de la vida diaria y generan reacciones que no siempre resultan agradables.
Aun así, muchas personas siguen intentando evitarlas. Se buscan estrategias para apartarlas, distraerse o hacerlas desaparecer cuanto antes. Pero ¿qué ocurre cuando esa búsqueda de bienestar se basa precisamente en intentar borrar una parte inevitable de la experiencia humana?

La psicóloga Jessica Peñaranda (@jessicapsicologa en TikTok) plantea esta cuestión en uno de sus vídeos: “Yo entiendo que a nadie nos apetezca sentirnos mal. Es decir, ¿a quién le va a gustar sentir tristeza, rabia, celos, envidia, ira?”. Según explica, el rechazo a estas emociones es completamente comprensible. “Es muy normal que no quieras exponerte a esas emociones, que quieras que desaparezcan de tu vida”, añade.
El problema aparece cuando esa aspiración se convierte en un objetivo permanente. “Pero la pregunta sería: ¿se puede pasar por la vida sin tener estas emociones?”, plantea la especialista. “Si la vida te es sumamente monótona, sencilla y fácil, pues a lo mejor sientes muy poco de estas emociones. Pero, si tu vida es como la del 90 % de la población, en algún punto lo vas a pasar mal”.
Ni evitar a todo costa el malestar ni recrearse en él
Para explicar cómo solemos relacionarnos con esos estados emocionales incómodos, Peñaranda utiliza la siguiente metáfora: “Imagina que todas estas emociones que se producen son como un montón de balones que van apareciendo sobre tu cabeza. Unos te gustan y otros no”, describe.

Según explica, la reacción habitual consiste en intentar deshacerse de los que resultan desagradables. “Lo que tendemos a hacer es coger aquellos que no nos gustan y tratar de quitarlos, de hundirlos”, afirma. Cada persona lo hace de formas distintas: evitando ciertas conversaciones, reprimiendo lo que siente, distrayéndose constantemente o buscando mecanismos para no enfrentarse al malestar. Estos son, según señala la psicóloga, los problemas con los que se va a consulta.
Sin embargo, el intento de mantener esas emociones fuera de la superficie rara vez funciona durante mucho tiempo. “¿Qué pasa si coges uno de esos balones que no te gusta y tratas de hundirlo todo el tiempo debajo del agua, meterlo en lo más profundo a ver si dejas de verlo?”.
La respuesta, según explica, solo puede ir en dos direcciones. “O estás todo el tiempo con la mano debajo del agua o, en el momento en el que te descuides, la pelota va a subir a flote”. Y, en ocasiones, lo hará con más intensidad de la esperada. “Si no llevas cuidado, lo mismo te da un golpe en la cara”, advierte.
La metáfora resume una dinámica habitual en consulta psicológica: el esfuerzo constante por mantener enterrado el malestar. Un esfuerzo que consume energía y que, a largo plazo, no evita que esas emociones reaparezcan.
Por eso, la especialista plantea una alternativa distinta. “Imagina cómo sería dejarlos aquí, que floten. Ya está, déjalos, sin estar todo el tiempo mirando aquellos que no te gustan”. La idea no consiste en recrearse en el malestar, sino en aceptar su presencia sin convertirlo en una batalla permanente.
Desde su perspectiva, el aprendizaje emocional no se basa en evitar lo incómodo, sino en desarrollar herramientas para convivir con ello. “¿Y si las estrategias que tenemos que aprender no tienen que ver con eliminar el malestar, sino con aprender a vivir aún con ese malestar?”, plantea.
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