
El 17 de enero de 1966, Palomares, una pedanía de Cuevas de Almanzora (Almería), pasó en cuestión de segundos de la tranquilidad característica de una población pequeña a convertirse en foco mediático por un accidente nuclear cuyas consecuencias persisten 60 años después.
En la mañana de aquel lunes, cuatro bombas de hidrógeno con una capacidad equivalente a más de 70 veces la de Hiroshima cayeron al litoral almeriense tras una colisión entre un B-52 del ejército estadounidense y un avión nodriza que se encargaba de abastecerle en pleno vuelo. Esta maniobra se enmarcaba en la operación Chrome Dome, que consistía en desplegar una fuerza de bombarderos que se mantuviesen en vuelo constante para patrullar las fronteras de las dos zonas de influencia enfrentadas durante la Guerra Fría. De esta manera, Estados Unidos podría dar una respuesta inmediata en caso de ataque por parte de la Unión Soviética.
De las cuatro bombas que se precipitaron sobre Palomares, dos quedaron intactas (una cayó al mar y otra sobre tierra, aunque su impacto fue amortiguado por el paracaídas), mientras que las otras dos liberaron su carga nuclear. De esta manera, se transmitió a la atmósfera un aerosol radiactivo que el viento esparció por los alrededores, aunque no se produjo una explosión.

Desde ese momento, el ejército de Estados Unidos se afanó en recuperar las bombas, trasladando hasta la pequeña localidad almeriense a un número de soldados mayor que la cifra de vecinos con la que contaba la pedanía. La que se precipitó al mar no fue encontrada hasta casi tres meses después.
El baño de Fraga en el mar de Palomares
El accidente se produjo en un momento en el que España gozaba de un asombroso boom del turismo de “sol y playa”. Lo ocurrido en Palomares podría suponer la pérdida de una fuente de ingresos muy beneficiosa para el país, por lo que convenía descartar cuanto antes la idea de que la caída de las bombas nucleares supusiese un riesgo para la salud pública.
De aquellos días de los años 60 se recuerda especialmente un episodio que sucedió a la colisión del bombardero y el avión nodriza: el chapuzón que Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo -y más tarde fundador del PP y presidente de la Junta de Galicia entre 1990 y 2005-, y el embajador estadounidense Duke se dieron en la playa de Palomares hace hoy 60 años, un 7 de marzo de 1966. Las imágenes de aquel baño fueron emitidas en el NODO.
“Ellos debían saber que lo peligroso no era bañarse en el mar, que entonces no estaba contaminado, sino revolcarse en la arena de Palomares”, señalan desde la organización Ecologistas en Acción, que desde hace años lucha para que se descontamine el área afectada por la caída de las bombas. “El franquismo se aprovechó de la nota folclórica de Fraga y de Paco el de la Bomba [pescador que localizó la ubicación en la que cayó la bomba al mar] para envolver en una cortina de humo los problemas que para la población y el medio ambiente suponía el suceso: no se evacuó a la población ni se la avisó del peligro a pesar de la radiactividad, no se les indemnizó ni se les instruyó sobre cómo deberían comportarse en el futuro”.

El recuerdo del plutonio
Seis décadas después de que se produjese el accidente de Palomares, en el terreno todavía quedan los vestigios de las bombas. Los militares norteamericanos únicamente se llevaron 1.500 toneladas de tierra radiactiva; el resto quedó donde estaba e incluso, según apunta Ecologistas en Acción, se excavaron al menos dos fosas donde desde entonces permanecen enterrados materiales contaminados. Además, no fue hasta el siglo XXI cuando se valló la zona afectada por el material nuclear.
La organización recuerda que en todas esas décadas de inacción “se realizaron en Palomares actividades peligrosas para la salud que deberían haberse evitado”. Por ejemplo, “se cultivó y removió la tierra, se pastoreó e incluso hubo personas que vivieron en casas ubicadas en zona contaminada”. A esto, añaden el movimiento de tierra para la construcción de las balsas en 1987 y “un intento de construir una urbanización, con el consiguiente movimiento de tierras y esparcimiento de la contaminación, a finales de la década de los 90″.
El accidente, además, cayó como una losa de mala reputación sobre las espaldas de los vecinos de Palomares, que quedaron desde entonces enlazados al plutonio. Esto afectó a la venta de productos agrícolas y ganaderos procedentes del lugar.

Ecologistas alertan del riesgo de urbanizar en suelos todavía contaminados
Desde hace décadas, los vecinos de Cuevas del Almanzora exigen que se realice una descontaminación completa de la zona afectada por el accidente de Palomares. También lo reclama la organización Ecologistas en Acción Almería, que el pasado mes de enero, en el sexagésimo aniversario de la caída de las bombas nucleares, reiteró su postura con respecto a esta situación.
Así, volvió a denunciar públicamente “la persistente inacción de las administraciones públicas ante la contaminación radiactiva que aún afecta a la zona”. Las bombas que liberaron material en 1966 contenían plutonio-241, que se transforma progresivamente en americio-241 durante su vida media útil, que es de 14,3 años.
De esta manera, señalan que se podría asegurar que más del 90% ya habrá realizado esta transformación en americio-241, “un elemento más radiotóxico y más móvil en el medio ambiente, especialmente peligroso por inhalación y que lamentablemente puede perdurar durante siglos, pues su vida media es de 432 años”.

Ecologistas en Acción advierte que las partículas finas del americio, ‘resuspendidas’ por el viento, la sequía o cualquier movimiento de tierra, “pueden depositarse en los pulmones, en órganos óseos y en el hígado” una vez inhaladas. Esto supone un “elevado riesgo para la salud humana y ambiental” por la radiación alfa que emiten. “60 años después del accidente nuclear, la contaminación radiológica no solo persiste, sino que ha evolucionado hacia formas más peligrosas”.
Por ello, también alertan del “grave riesgo que supone impulsar nuevos desarrollos urbanísticos sobre suelos y entornos que no han sido descontaminados”, como los que ya están proyectados en la zona. Según detallan, el Proyecto de Urbanización del sector PA-4 de Palomares, promovido por la Junta de Compensación para el Desarrollo de la Unidad de Ejecución PA-4, supondría la creación de un nuevo núcleo de población con 1.600 viviendas y un hotel junto a la playa de Quitapellejos —en la que se bañó Fraga hace ya 60 años—.
La organización denuncia que “este procedimiento se está desarrollando sin haber sido citada a la consulta pública, vulnerando los principios de participación ciudadana, transparencia administrativa y protección ambiental recogidos en la normativa vigente”.

Entre sus alegaciones, Ecologistas en Acción señala que la actuación proyectada “está colindante con los terrenos delimitados por el CIEMAT (Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas) como contaminados por radioactividad a causa del accidente de Palomares”. No es, sin embargo, la única, ya que también indican que el documento Estrategias para la protección de la costa. Cádiz, Málaga y Almería, elaborado por el MITECO en 2021, apunta que “la zona este del sector estará en regresión de su línea de costa y que la parte oeste se inundará por la subida del nivel del mar”.
Con todo ello, Ecologistas en Acción Almería defiende que “no puede haber desarrollo urbanístico sin una descontaminación radiológica completa”, al mismo tiempo que tampoco “puede seguir posponiéndose una solución definitiva que garantice la seguridad de la población, la protección del medioambiente y la reparación de una injusticia que se prolonga desde hace seis décadas”.
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