
La desinformación se considera uno de los mayores peligros para el mundo actual. El último Global Risks Report del Foro Económico Mundial de Davos situó a la desinformación como el segundo mayor riesgo para las economías y el orden global. En este sentido, los bulos y mensajes falsos en salud son especialmente peligrosos, pues pueden llegar a poner en riesgo la vida de miles de personas.
Los peligros no son menores: según un estudio de la Universidad Carlos III, cuatro de cada diez españoles son vulnerables a la desinformación en materia sanitaria. Así lo ha expresado el catedrático en Periodismo Daniel Catalán, participante en la jornada Cómo frenar la epidemia de la desinformación en salud.
La encuesta mencionada por Catalán expone que cerca del 70% de la población se cree capaz de diferenciar una información falsa, pero solo el 12% llega a comprobar de verdad si lo que lee es cierto. “Todavía hay españoles y españolas que piensan que la industria farmacéutica nos oculta los efectos secundarios de los medicamentos y un 20% piensa que la pandemia del Covid fue manipulada por las élites”, ha mencionado el catedrático.
A nivel nacional, son cuatro narrativas las que calan especialmente entre la población: las conspirativas, que hacen creer que las autoridades nos ocultan la verdad y otorgan al lector una sensación de superioridad por haber encontrado la información verdadera; las que atentan contra la confianza institucional, aprovechando cualquier “error mínimo” o cambio de criterio científico “para demostrar que siempre nos mienten; la naturalista, que defiende la superioridad de los remedios naturales frente al medicamento; y la estigmatizante, ”una de las más dañinas” según Catalán, porque criminaliza a diversos grupos vulnerables y a grupos y colectivos que padecen alguna enfermedad concreta.
Un problema de confianza

Si la desinformación alcanza una extensión tan grande es, en parte, por la falta de confianza en fuentes oficiales. “El mundo está pasando de una polarización a insularidad; cada vez más la gente cada vez más se queda en su mundo, en su parcelita y no confían en nadie más”, ha expresado Vismita Gupta-Smith, responsable de la Health lnformation lntegrity Alliance en la OMS, durante la conferencia. Según datos del organismo internacional, la confianza en periodistas, líderes gubernamentales o directores de empresas sanitarias ha caído, mientras que la población todavía se fía de los sanitarios de atención primaria.
No obstante, médicos y enfermeros no pueden solos. “El personal sanitario se enfrenta cada vez más a preguntas que provienen de la desinformación”, ha expuesto Gupta-Smith. “Al final todos estamos expuestos a ciertos algortimos, a la desinformación, que está vinculada a una cierta ideología. Cuando un médico dice que se tienen que vacunar y el paciente dice que no, parece que el médico que enfrenta a una ideología y eso es algo que no quieren hacer. Los profesionales sanitarios cada vez están pidiéndonos más herramientas para poder hacer frente a esta desinformación”, ha relatado.
En la misma línea se ha expresado Susana Fernández Olleros, vicepresidenta de la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS). “Los profesionales sanitarios han expresado su preocupación, porque los pacientes llegan a la consulta con ideas preconcebidas, erróneas, expectativas irreales o desconfianza ante los tratamientos”, ha comentado, mientras que “los pacientes comentan que en ocasiones tienen que buscar información por su cuenta porque no han comprendido lo que les han dicho en la consulta”, ha añadido.
A este problema, se une la dificultad de los periodistas para combatir unas narrativas que son más atractivas y convincentes que la información basada en la evidencia", ha expuesto la vicepresidenta de ANIS. “La lucha contra la desinformación es uno de los grandes retos de la sociedad y en salud es crítico”, ha aseverado. Según Fernández, para combatir estas narrativas los datos no son suficientes, se necesita analizar el contexto social.
Vacunas, tabaco y educación sexual, áreas sensibles a la desinformación
Los bulos y noticias falsas terminan afectado al bienestar de las personas, la opinión pública e incluso los políticos. Si es tan efectiva, según Gupta-Smith, es porque “interpela a las emociones de la persona”, un contenido “muy sensible” que “hace mella en los sesgos” de cada uno.
Los efectos se han podido ver claros en materias como las vacunas, donde las narrativas conspiranoicas y desinformadoras han reducido las tasas de inoculación de la población en algunos países, haciendo que enfermedades antes controladas como el sarampión vuelvan a ser un problema de salud pública.
El vaping y el tabaco, la pandemia de la Covid, la contracepción, la educación sexual o incluso la viruela del mono (mpox) también se han visto afectadas por estas narrativas.“Tenemos que ser capaces de generar confianza a nivel local, generando resiliencia en la comunidad y protegiendo la salud y la ciencia”, ha concluido la portavoz de la OMS.
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