
En Ney, un pueblo de solo 200 habitantes en el este de Francia, todo el mundo conoce a Paul Petit, que con 104 años es uno de los habitantes más longevos de su país, hasta el punto de que lleva más de medio siglo jubilado. Ahora que el Financial Times acaba de señalar a Francia como el país donde los pensionistas viven mejor y donde ganan incluso más que los asalariados —con unos datos que las autoridades están rebatiendo—, su caso ha vuelto a saltar a las noticias.
Pero él, como cuenta un reportaje del diario Le Progrès, permanece ajeno a cualquier polémica y rechaza convertirse en símbolo del bienestar de los jubilados (o en argumento para los que defienden retrasar la edad de jubilación en Francia). A sus 104 años, este antiguo obrero de las forjas de Champagnole sigue viviendo solo, una rutina que mantiene intacta desde hace más de medio siglo.
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Petit resume su vida con una palabra: suerte. “Hace falta mucha suerte para llegar a más de 100 años. Yo la he tenido, eso es todo”. De hecho, ha esquivado la muerte en numerosas ocasiones. En la II Guerra Mundial, sobrevivió de milagro. “En 1942, moríamos de hambre, y menos mal que podíamos trabajar en la huerta. Eso sí que me quitó las ganas de comer espinacas”, cuenta en el medio francés. El 15 de agosto de 1944, escapó por muy poco “de una bala de las SS”. Y después pasó por un campo de trabajo: “Perdí 25 kilogramos en tres meses. Fuimos liberados por los estadounidenses, que nos recuperaron bastante bien. Nos prometieron la cruz de guerra, pero no recibimos nada”.
Despedido cinco meses antes de jubilarse
Tras la guerra, Petit rehizo su vida. Se casó, crio a dos hijos y se estableció primero en Champagnole y después en Ney, buscando siempre el bienestar familiar. Pasó esas décadas trabajando como obrero hasta que, en 1975, fue despedido apenas cinco meses antes de alcanzar la jubilación. “Ahí también tuve suerte. Pude recibir las indemnizaciones por despido y llegar al momento de recibir la pensión”.
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Su vida diaria asombra a los propios vecinos. Se ocupa de sus comidas y del cuidado de la casa, se entretiene haciendo crucigramas y cada semana cumple con la costumbre de ir al mercado local con su hijo. Los que lo conocen destacan su resiliencia ante la adversidad. En 1995, un infarto casi le arrebata la vida, pero la intervención rápida de su hijo fue decisiva: “Me salvó. Me encontró y me administró un cubo de agua fría. Eso provocó un electrochoque, me salvó la vida y ahí nuevamente tuve mucha suerte”.
Su trayectoria laboral y personal lo ha convertido en una figura respetada en toda la comuna. El pueblo le ha rendido homenaje en varias ocasiones, como en la fiesta de su centenario y a través de frecuentes visitas del alcalde y los vecinos, que ven en él el símbolo de la autonomía y la tenacidad. Petit, en cambio, repite que, simplemente, ha tenido “mucha suerte”.
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