La princesa Irene de Grecia fue nieta, hija y hermana de reyes, una condición que marcó su vida desde el nacimiento y la situó en el centro de dos de las casas reales más relevantes de Europa. Su trayectoria personal y familiar la vinculó de forma directa a dos monarquías, la griega por nacimiento y la española por convivencia, un lazo que se consolidó a partir de su residencia en el Palacio de la Zarzuela junto a su hermana, la reina Sofía, donde vivió durante más de cuarenta años.
La hija menor de los reyes Pablo y Federica de Grecia falleció el pasado 15 de enero, dejando un profundo dolor en el seno de la familia real española. La mayor parte de su vida acompañó con frecuencia a la madre de Felipe VI tanto en actos oficiales como en compromisos de carácter personal, especialmente en aquellos relacionados con el ámbito cultural y artístico. Sin embargo, mucho antes de asumir el papel de discreta acompañante de la reina, la princesa Irene creció en una corte donde el uso de tiaras, joyas y grandes piezas de alta orfebrería formaba parte del día a día.

Durante su juventud, fue testigo directo del esplendor de la monarquía griega y participó activamente en ceremonias y actos oficiales que reflejaban el peso institucional de la Corona helena. Esa cercanía al mundo real y a la tradición dinástica le permitió heredar numerosas joyas familiares y recibir otras como obsequio, conformando con el paso del tiempo un joyero de gran valor histórico y simbólico. Entre estas piezas destacan varias tiaras, collares y broches de especial relevancia, hasta el punto de que algunos expertos en casas reales coinciden en señalar que, dada su estrecha relación con España, no sería descabellado pensar que parte de ese legado pudiera acabar integrándose en el joyero de los Borbón.
Collares, dos tiaras y un pendentif
Conocida en el entorno familiar como ‘tía Pecu’ por sus sobrinos españoles, en referencia a su carácter peculiar, la princesa Irene hizo su debut en el Palacio Real de Atenas luciendo una tiara de brillantes diseñada en torno a un círculo central del que parten siete semicírculos decrecientes. Se trata de una joya fechada en 1889, cuando el rey Humberto I de Italia la regaló a la princesa Sofía de Prusia con motivo de su boda con Constantino I de Grecia. Esta pieza se convertiría con el tiempo en una de las más emblemáticas de su colección.
La cuñada del rey Juan Carlos llegó a lucir esta conocida tiara de círculos en España durante la gala del Teatro Real celebrada en 1966. Posteriormente, no existen registros fotográficos de su uso hasta 1986, cuando la llevó en una cena ofrecida por los reyes de España durante su visita de Estado al Reino Unido. Años más tarde, en 1993, Irene cedió esta misma tiara a su sobrina, la infanta Elena, para asistir a la gala con motivo de la boda del duque Federico de Wurtemberg. Desde entonces, se ha mantenido el rumor —o la esperanza— de que esta joya pueda acabar en manos de alguna de las nietas de los reyes eméritos, incluida Irene Urdangarin, quien lleva su nombre.

Otra de las piezas más destacadas del joyero de la princesa Irene es una joya multifuncional de brillantes y perlas que perteneció originalmente a la reina Federica. Está compuesta por bucles de diamantes que enmarcan una circunferencia mayor con perlas y cuenta con un diseño desmontable que permite transformarla en broche o elevarla como tiara. Fue lucida en su día por la entonces princesa Sofía y se presume que pasó posteriormente a Irene. Desde la década de los setenta, esta joya no ha vuelto a verse en público.
El joyero de la princesa Irene se completa con un par de collares de perlas, unos pendientes de perlas rodeadas de brillantes, un collar de diamantes que reproduce el diseño de la tiara de círculos y una pieza especialmente significativa: un pendentif con una gran gema en forma de pera, rodeada por dos hileras de diamantes. Esta joya fue una de las más utilizadas por Irene durante su juventud y también la eligió para la gala previa a la boda del entonces príncipe Felipe en 2004, cuando la lució colgada de un collar de perlas.
Dada su prolongada residencia en España y la estrecha relación que mantuvo con la Familia Real Española, han surgido diversas especulaciones sobre el futuro de este valioso conjunto de alhajas. No son pocos quienes creen que podrían quedar a disposición de los Borbón y, quizá, reservadas para la próxima generación, con nombres que inevitablemente aparecen en las quinielas: la princesa Leonor o la infanta Sofía.
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