El apodo con el que la nombraba su familia, ‘tía Pecu’ daba cuenta de su arrolladora personalidad, atípica en una figura de su estatus. Irene de Grecia era conocida así en Zarzuela por su peculiar filosofía de vida, una identidad marcada por el exilio al que se enfrentó durante buena parte de su infancia y juventud.
Tras una larga enfermedad en la que ha contado con el apoyo constante e incondicional de su inseparable hermana, la reina Sofía, Irene de Grecia y Dianamarca fallecía este jueves, 15 de enero, a los 83 años, dejando un gran vacío en la familia real, entre la que fue una más hasta sus últimos días. Tanto es el cariño que se granjeó entre los Borbón que una de sus sobrinas, la infanta Cristina, llamó Irene a su hija en su honor.

A lo largo de sus 83 años, Irene mantuvo la discreción como un rasgo constante en su vida, a pesar de sus profundos vínculos con las principales casas reales europeas. Hermana menor de la reina Sofía y del fallecido Constantino de Grecia, y tía de Pablo de Grecia, la princesa residía en Zarzuela junto a su hermana, cerca de su sobrino Felipe VI y de la reina Letizia.
Nacida el 11 de mayo de 1942 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, su infancia estuvo marcada por el exilio de su familia debido a la invasión italiana y la posterior ocupación nazi de Grecia durante la Segunda Guerra Mundial. Sus padres, Pablo de Grecia y Federica de Hannover, debieron refugiarse en el continente africano antes de regresar a Grecia en 1946, cuando Irene tenía apenas cuatro años. Al poco tiempo, su padre ascendió como rey y su hermano, Constantino, se convirtió en príncipe heredero.

Desde una edad temprana, Irene mostró gran talento para la música, recibiendo formación pianística de la mano de la reconocida Gina Bachauer. Llegó a ofrecer conciertos como pianista profesional, debutando en el Royal Festival Hall británico en 1969, donde interpretó la obra de Bach y fue ampliamente aplaudida. Entre los presentes en aquella ocasión figuraban su hermano y miembros de la realeza británica, como el entonces príncipe Carlos y la princesa Ana. La prensa de la época elogió sus dotes musicales, enfatizando que su condición de princesa no restaba mérito a su virtuosismo.
Segundo exilio
Los acontecimientos políticos cambiaron el rumbo de la familia real griega. Tras la muerte de su padre por cáncer en 1964, Constantino II accedió al trono, aunque su intervención en la política condujo a la inestabilidad que desembocó en el golpe de Estado de 1967. El posterior exilio llevó a Irene a trasladarse primero a Roma y posteriormente a India junto a su madre. Durante su estancia en la India, tanto Irene como Federica desarrollaron un profundo interés por la filosofía hindú y budista. Se ha afirmado que la princesa es devota del erudito Shankaracharya y ha elogiado las enseñanzas védicas, considerando que “solo las Vedas y la filosofía india pueden mostrar un camino de paz al mundo”.
La muerte de Federica en 1981 marcó el regreso definitivo de Irene a Europa y su establecimiento en Madrid, donde vivió en el palacio de la Zarzuela junto a su hermana Sofía hasta sus últimos días.
Su vida amorosa, un misterio
En cuanto a su vida personal y sentimental, la princesa ha protegido con celo su intimidad. Aunque la escritora Eva Celada trató de abordar este aspecto para su libro La princesa rebelde, Irene dejó claro que no compartiría detalles sobre sus relaciones. Según sus propias palabras, “he estado enamorada, naturalmente, pero no quiero contar ninguna historia de amor que he vivido por discreción”. Asimismo, admitió que le hubiera gustado tener hijos y bromeó sobre la dificultad de convivir con ella, explicando que quizás esa fue una de las razones por las cuales no llegó a casarse.

Entre las supuestas conquistas de la princesa Irene se encuentran el príncipe Mauricio de Hesse y Michel de Orleáns, aunque su madre, la reina Federica, no apoyó esas relaciones, estableciendo un marcado contraste con la expectativa generada por el matrimonio de su hermana con el futuro rey Juan Carlos.
Durante los años ochenta, los rumores la vincularon con figuras como Gonzalo de Borbón y Jesús Aguirre. Más adelante, mantuvo una relación cercana con Guido Brunner, embajador de Alemania en Madrid, cuyo vínculo con la princesa fue muy comentado, aunque al parecer no tuvo la aprobación de la familia real española, sobre todo de Juan Carlos I. Brunner falleció en 1997 en la capital española.
Irene de Grecia nunca contrajo matrimonio, si bien se ha especulado sobre una relación prolongada con un hombre griego casado. En su momento, existieron expectativas sobre una posible unión con el futuro Harald de Noruega, para lo cual la princesa llegó a aprender noruego, aunque finalmente Harald se casó con Sonja Haraldsen.
A lo largo de sus últimos años, Irene y Sofía se convirtieron en inseparables, brindándose apoyo mutuo. Sofía cuidó y acompañó a Irene en su dura enfermedad, mientras que la hermana menor supuso un importante soporte para la reina emérita en Zarzuela tras la marcha del rey Juan Carlos a Abu Dabi.
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