
La llegada del príncipe Guillermo y Kate Middleton a Forest Lodge, en el corazón del Gran Parque de Windsor, ha supuesto mucho más que un simple cambio de residencia. Desde que la familia se instaló en esta histórica propiedad el pasado mes de noviembre, el traslado ha desencadenado una creciente tensión con los vecinos de la zona, que denuncian un despliegue de seguridad sin precedentes y una pérdida significativa de acceso a espacios naturales que durante décadas formaron parte de su vida cotidiana.
Forest Lodge, una mansión georgiana con cerca de 300 años de antigüedad y catalogada como edificio de Grado II, se presenta como el nuevo hogar estable de los príncipes de Gales y de sus hijos, George, Charlotte y Louis. Sin embargo, la tranquilidad que la familia buscaba parece haberse traducido en un profundo malestar para quienes residen en los alrededores del parque.
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El principal motivo de controversia es el amplio anillo de seguridad establecido alrededor de la vivienda. Según las quejas vecinales que ha recogido el Daily Mail, el perímetro alcanza casi los diez kilómetros e incluye vallas, cámaras de videovigilancia, señalización de acceso restringido y la prohibición expresa de paso por zonas que hasta ahora eran transitadas libremente por caminantes, dueños de perros y jinetes.
Los residentes aseguran que espacios del Gran Parque de Windsor, tradicionalmente abiertos al público, han quedado fuera de su alcance. “Llevamos aquí más de veinte años y siempre ha sido un lugar precioso para pasear”, explica uno de los vecinos, que reconoce comprender la necesidad de privacidad de la familia real, pero no el alcance de las medidas. “Estamos absolutamente destrozados”, resume.
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A estas restricciones se suma el cierre de una carretera local que atravesaba el parque, obligando ahora a realizar desvíos de varios kilómetros. Una decisión que, según los afectados, ha complicado desplazamientos diarios sin que desde palacio se haya mostrado un interés real por escuchar sus quejas.
Antes de la mudanza, los vecinos que vivían cerca del parque podían abonar una tarifa anual —en torno a las 60 libras— para acceder a áreas no disponibles para el resto de visitantes. Con el nuevo cordón de seguridad, muchos consideran que ese privilegio ha perdido sentido. “Dicen que se pueden usar otras puertas, pero no se puede porque no hay dónde aparcar”, lamenta otro residente.
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Las protestas no se limitan a quienes pasean a pie. Jinetes habituales del parque también se han visto obligados a aceptar importantes restricciones en un entorno históricamente vinculado a la Corona, propietaria y gestora de los terrenos desde el siglo XIX. "Es un golpe, pero no van a cambiar de opinión”, indica un vecino.
Una decisión avalada por las autoridades
El establecimiento del perímetro se acordó entre la Policía de Thames Valley y la casa real. El diputado conservador por Windsor, Jack Rankin, ha defendido públicamente la medida, calificándola de “proporcionada y necesaria”, especialmente teniendo en cuenta la edad de los hijos del heredero al trono. “Comprendemos por qué el príncipe, en particular, desea privacidad para su joven familia”, ha señalado.
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Desde fuentes cercanas al palacio se insiste en que se está trabajando para reducir el impacto del traslado, aunque las declaraciones no han logrado apaciguar el enfado local. Para algunos vecinos, el problema no es solo la seguridad, sino el coste público y el cierre de espacios que consideran parte de su entorno comunitario.

El traslado pone fin a la etapa de la familia en Adelaide Cottage, donde vivieron los últimos tres años marcados por momentos especialmente delicados: la enfermedad de Kate Middleton y el distanciamiento entre Guillermo y su hermano Harry. Forest Lodge simboliza así un nuevo capítulo, pensado para ofrecer estabilidad y privacidad.
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Forest Lodge, un hogar con historia
Construida a finales del siglo XVIII y ampliada a comienzos del XX, Forest Lodge pasó a manos de la Corona en 1829 y durante años fue residencia de guardabosques del parque. La vivienda cuenta con ocho dormitorios, seis baños, biblioteca, salón principal y una galería, además de valiosos elementos originales como chimeneas de mármol, cornisas ornamentales y grandes ventanales. Kate y Guillermo han acometido una profunda reforma para adaptar la casa a sus necesidades familiares, con la vista puesta en que se convierta en su residencia definitiva, incluso cuando Guillermo acceda al trono, ya que la familia real sigue sin plantearse vivir en el Buckingham Palace.
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