
En una sociedad que premia la disponibilidad constante, la amabilidad sin fisuras y la capacidad de adaptarse a todo, poner límites se percibe a menudo como una forma de conflicto. No porque lo sea, sino porque incomoda. Así, son muchas las personas que se adaptan, ceden y posponen sus necesidades. No es falta de carácter ni de criterio, sino una dificultad profunda para sostener límites sin que aparezca el miedo.
Poner límites sigue estando socialmente mal visto. A menudo se confunde con egoísmo, frialdad o falta de empatía. Desde pequeños aprendemos que agradar es una forma de protección y que incomodar puede tener consecuencias. El problema es que vivir así tiene un coste silencioso pero constante.
Con el tiempo, esa renuncia continuada pasa factura. Aparecen la culpa, la frustración y una rabia que no siempre sabe hacia dónde dirigirse. La pregunta suele repetirse: ¿por qué siempre acabo cediendo, incluso cuando sé que no debería? La psicóloga Ainhoa Vila pone palabras a ese mecanismo interno que explica por qué poner límites no es una cuestión de voluntad, sino de aprendizaje emocional.

“Lo que te voy a decir te va a doler bastante, pero explica también por qué siempre acabas cediendo”. A partir de ahí, Vila, en uno de sus vídeos de TikTok (@ainhowins), desmonta una de las ideas más extendidas sobre las personas que no saben decir que no. “Lo primero es remarcar que no te cuesta poner límites porque seas una persona blanda, sino que te cuesta porque tu cerebro aprendió a asociar el límite con el rechazo”.
En muchos casos ese aprendizaje se origina en experiencias tempranas. “Aprendiste que decir que ‘no’ podía costarte literalmente el amor y tu mente obviamente escogió esa supervivencia emocional para mantenerse a salvo”. De esta manera, el cerebro prioriza el vínculo, incluso a costa de uno mismo. No porque sea lo más sano, sino porque en su momento fue lo más seguro.
Ese patrón sigue activo en la edad adulta, aunque el contexto haya cambiado. “Es como si cada límite activara una alarma interna que dice: ‘Cuidado, que puedes perder a alguien si lo pones’”. La reacción no es racional, es automática. El cuerpo responde antes que el pensamiento y la ansiedad empuja a ceder para apagar esa alarma cuanto antes.
Soportar la culpa y reaprender dinámicas
Vila insiste en que la solución no pasa por forzarse a cambiar desde la exigencia. “Esto se puede trabajar muchísimo a través de la regulación emocional, no con la fuerza y no con el control”. Intentar imponer límites desde la rigidez suele acabar en abandono, porque el malestar interno se vuelve insoportable. El trabajo real consiste en aprender a sostener la incomodidad sin huir.
Poner límites no es un acto puntual, sino un proceso. “Porque un límite sostenido desde el inicio no siempre se rompe”. La constancia es clave, aunque al principio duela. “Al inicio ya te aviso que vas a sentir muchísima culpa, porque, para empezar, no estás acostumbrado y también lo harás no porque estés haciendo algo mal, sino porque estás cambiando básicamente un patrón antiguo”.
La culpa, en este contexto, no es una señal de error, sino de transformación. Indica que algo se está moviendo en una estructura interna muy arraigada. Aprender a tolerarla forma parte del proceso de reaprender a relacionarse desde un lugar más justo con uno mismo. “Poner límites no te vuelve egoísta, te vuelve habitable“.
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