
El mundo de la música española ha quedado huérfano tras la muerte de Robe Iniesta, líder de Extremoduro, quien ha fallecido a los 63 años. Más allá del impacto artístico y cultural que su muerte ha generado, la atención también se centra en su vida personal, especialmente en su familia, ese núcleo íntimo que siempre mantuvo alejado del foco mediático.
Desde hace años, Robe había optado por un estilo de vida mucho más tranquilo que el que caracterizó sus primeros años en la escena del rock transgresivo. Residía en Lezama, Vizcaya, junto a su esposa Vivi Vázquez y sus dos hijos, según Trébol.com, llamados Nahún y Karín Iniesta. Tal y como afirma El País, rozan la treintena y mantienen una vida propia alejada del protagonismo de su padre.
En varias entrevistas, Robe describía a sus hijos como jóvenes autónomos y con intereses propios. Naum, por ejemplo, siguió la senda musical como baterista de la banda Kontrol-M, aunque evita el protagonismo mediático, y Karín ha desarrollado sus estudios y actividades personales con la misma discreción que caracteriza a la familia.
El joven músico, fue noticia hace unos años al decidir no acudir a una entrevista en Radio Vallekas por revelarse su parentesco con el líder de Extremoduro. El batería debía hablar sobre la actuación de su banda en la sala Hebe de Madrid el 20 de octubre de 2020. Pero, según Javier Durante, director del programa Onda Dura Revolutions, Naum, recién incorporado al grupo y único miembro disponible, se mostró reticente y poco cómodo ante la exposición mediática.
No obstante, la relación familiar no siempre fue igual de cercana. No es hasta los años 90 que el músico decide bajar el ritmo frenético de su carrera y vuelve con su mujer al hogar, de la que se había separado años antes. “Dejé la heroína mucho antes de empezar con Extremoduro… Le eché cojones y la dejé solo. Mucha gente está empeñada en decir que soy yonqui, pero no es verdad. Solo me pongo… lo normal. La droga no es mala. Los malos son los hombres y sus acciones. Es como si pegas un tiro a alguien y le echas la culpa a la bala”, explicó a El País. A día de hoy, el rockero estaba completamente volcado en sus hijos, tal y como se pudo ver en algunas entrevistas. Además, su vida en Lezema era bastante sencilla: cocina, lectura y un poco de deporte.

Su mayor pilar
Por otro lado, su esposa, Vivi Vázquez, ha sido un pilar constante en la vida de Robe, acompañándole desde los días de giras y ensayos hasta los momentos más delicados de su salud. La pareja cultivó una relación sólida y discreta, priorizando la intimidad por encima de la exposición mediática, algo poco habitual en figuras de su nivel en la industria musical. La estabilidad que le proporcionaba su familia fue crucial, especialmente en los últimos años, cuando Robe se enfrentó a varias complicaciones médicas graves.
En noviembre de 2024, el músico tuvo que suspender de manera indefinida sus conciertos en Madrid tras ser diagnosticado con un tromboembolismo pulmonar, una condición que obligaba a guardar reposo absoluto. Esta enfermedad marcó un punto de inflexión, cerrando de facto su etapa sobre los escenarios y subrayando la importancia de su entorno familiar como soporte. La recuperación y los cuidados estuvieron siempre acompañados por la cercanía de sus seres queridos, consolidando un vínculo que trascendía la música.
A lo largo de su carrera, Robe cultivó amistades profundas con músicos como Iñaki Antón y Fito Cabrales, con quienes compartía actividades cotidianas, como paseos en bicicleta o salidas al campo. Ahora, con la pérdida del artista, la familia enfrenta un vacío irreparable, pero también hereda un legado de cuidado y discreción que él mismo cultivó con esmero. El hombre “libre y sin cadenas” deja rota a toda una generación.

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