El príncipe Andrés no deja de acaparar titulares, para desgracia de su hermano el rey Carlos III, a quien no le gusta nada ser el centro de atención por temas polémicas. Pero ha sido precisamente él quien ha provocado los últimos titulares al despojarle de sus títulos y tratamientos reales, quitándole parte de su identidad.
Ahora se le conoce oficialmente como Andrés Mountbatten-Windsor. Un nombre que, más allá del protocolo, arrastra una historia de reinvención monárquica, tensiones familiares y decisiones políticas que se remontan más de un siglo atrás.
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Todo comenzó en 1917, en plena Primera Guerra Mundial. En ese momento en el Reino Unido se respiraba un sentimiento antialemán y eso no ayudaba nada a la familia real, pues llevaba un apellido que agitaba los ánimos: Saxe-Coburg and Gotha. La conexión germánica resultaba tan incómoda que el rey Jorge V -abuelo de Isabel II- decidió actuar. Con un decreto histórico, rebautizó a la dinastía como Casa de Windsor, en honor al castillo que simbolizaba la historia británica. La decisión marcó el nacimiento de una nueva identidad nacional y de un apellido que aún hoy sigue definiendo a los royals británicos.
El cambio de nombre fue contagioso. El príncipe Luis de Battenberg, antepasado directo del actual Andrés, también optó por “anglicanizar” su apellido, pasando a ser Mountbatten. Con ello, eliminaba cualquier rastro de sus raíces alemanas y se alineaba con el espíritu patriótico del momento. Décadas después, su sobrino Felipe de Grecia y Dinamarca, quien fue esposo de Isabel II, haría lo mismo al renunciar a sus títulos extranjeros y adoptar el apellido Mountbatten antes de su boda en 1947. Tras su enlace pasó a ser conocido como príncipe Felipe o Felipe de Edimburgo.
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La decisión de Isabel II para sus descendientes
Cuando Isabel ascendió al trono en 1952, el debate sobre qué apellido llevarían sus hijos estalló en Buckingham. Felipe daba por hecho que sus descendientes serían Mountbatten, pero la reina decidió mantener el apellido Windsor, en honor al legado de su abuelo Jorge V. La decisión no gustó nada a Felipe, que llegó a lamentarse entre sus amigos: “Soy el único hombre del país que no puede dar su nombre a sus hijos. No soy más que una maldita ameba”.
Durante años, el asunto fue una herida abierta en el matrimonio real. Finalmente, en 1960, la reina Isabel II buscó una solución salomónica: decretó que sus descendientes que no llevaran el título de príncipe o princesa usarían el apellido Mountbatten-Windsor, uniendo ambos linajes en una sola denominación. Desde entonces, ese nombre híbrido ha acompañado a varias generaciones de la familia.
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Y ahora, tras perder su tratamiento de Su Alteza Real y el título de duque de York, Andrés pasa a identificarse oficialmente como Andrés Mountbatten-Windsor, tercer hijo de la difunta Isabel II y del duque de Edimburgo. Un gesto aparentemente formal que, sin embargo, tiene una enorme carga simbólica: el regreso a su apellido civil marca el punto final de su vida como miembro activo de la realeza británica.
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