
Con una esperanza de vida de 84 años, España es el país rey de la longevidad dentro de la Unión Europea. La longevidad de los españoles supera en 3,5 años la media de la UE, de 81,5 años, según un estudio de 2024 de la Oficina Europea de Estadística (Eurostat). Japón, Suiza o Singapur acompañan a nuestro país en el ranking de los países más longevos del mundo.
En la cara opuesta se ubican países cuya esperanza de vida ronda los 50 años. De acuerdo con el Instituto de Estadística de la Unesco, África es el continente cuyas personas cuentan con una longevidad más baja, entre los que destacan Sierra Leona, Chad, República Centroafricana o Nigeria.
En cambio, el país de la actualidad con la tasa de esperanza de vida más baja sigue superando con creces a la de la Prehistoria, cuando apenas se sobrepasaban los 30 años. Pero esto no significa que los prehistóricos vivieran como máximo tres décadas: este dato se explica por la elevada mortalidad infantil, puesto que se estima que entre el 30% y el 40% de las personas fallecían antes de los 15 años.
Las enfermedades que acechaban a los seres humanos en la Prehistoria eran múltiples y hasta un simple resfriado podía ser una sentencia de muerte. Las mujeres vivían menos que los hombres, pues los partos y los embarazos eran condiciones de riesgo. A pesar de la inexistencia de los medicamentos, había un interés y una dedicación por curar a los enfermos.

La fractura de un hueso era una de las dolencias más habituales en esta época y un gran impedimento para la sociedad de cazadores nómadas del Paleolítico, ya que el convaleciente podía retrasar la marcha. El médico y divulgador Pedro Gargantilla destaca en la Edición Coleccionista de MUY INTERESANTE sobre Historia de la Medicina la existencia de un entablillado muy rudimentario, quizá fabricado con ramas y barro, que trataba de aliviar los dolores del enfermo. De hecho, para la antropóloga Margaret Mead, un fémur fracturado y sanado es el primer signo de civilización.
Peste, tuberculosis y rabia, pero sin cáncer ni diabetes
El paso del Paleolítico al Neolítico trajo consigo una revolución que cambió el curso de la Historia. Las tribus humanas dejaron atrás las largas marchas como nómadas y se asentaron en poblados. Este proceso, que duró miles de años, propició que los humanos dominaran la agricultura y la ganadería, construyeran viviendas y levantaran empalizadas para defenderse de otras tribus.
De los animales no solo obtuvieron carne, leche y ropa, sino también algunas enfermedades, lo que se conoce como zoonosis. De este contacto más estrecho con las bestias y el hacinamiento humano proliferaron brotes de peste, rabia o rickettsiosis, así como enfermedades infecciosas tales como la viruela, la tuberculosis, la lepra o la malaria.
Aunque es probable que todas estas dolencias ya existieran en aquella época en la que los humanos todavía eran nómadas, se cree que su prevalencia se acentuó con la llegada del Neolítico y la nueva forma de vida. Además, Gargantilla explica que enfermedades como el cáncer o la diabetes apenas tuvieron que tener presencia en los humanos de la Prehistoria, siendo casos muy excepcionales.
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