
El pan forma parte esencial de la dieta en España, presente en cada comida diaria. La costumbre de consumirlo en diferentes formas, como tostadas, bocadillos o picatostes, ha llevado a que su conservación sea un desafío, ya que una barra de pan rara vez se mantiene en buen estado más de 24 horas. La aparición de recetas tradicionales como migas y torrijas permitió aprovechar el pan duro, una práctica que se mantuvo durante siglos.
Con la llegada de los congeladores, muchas personas optan por guardar el pan en el congelador y así extender su frescura al descongelarlo gradualmente. Es una medida que incluso puede volver el pan más saludable, según defiende la doctora Sara Marín.
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Conocida como @uncafecontudoctora en redes sociales, esta médica especializada en el estudio de la microbiota explica las ventajas de congelar el pan antes de consumirlo. “Gran parte del carbohidrato del pan se va a convertir en fibra prebiótica, que disminuye tu pico de glucosa, se digiere mejor, produce menos inflamación y gases", asegura Marín.
El butirato, la “comida favorita” de la microbiota"

La doctora asegura, además, que esa rebanada de pan descongelada “es la comida favorita de tu microbiota, que transforma esa fibra en una sustancia imprescindible llamada butirato”. El butirato, también conocido como ácido butírico, es un ácido graso de cadena corta que se genera al fermentar la fibra en el intestino. Este ácido tiene propiedades antiinflamatorias y es capaz de mejorar el sistema inmunológico, previene enfermedades y ayuda a fortalecer el revestimiento intestinal, lo que facilita que las vitaminas y los minerales penetren en el torrente sanguíneo.
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En palabras de Marín, el butirato “baja la inflamación y la neuroinflamación, regula el sistema inmune y disminuye la permeabilidad intestinal”.
Otros beneficios de congelar el pan
Además de los beneficios resaltados por Marín, congelar el pan puede tener otros efectos positivos en el cuerpo. La doctora Karen Alarcón, especialista en gastroenterología y endoscopista, asegura que, al congelar el pan, se forma un almidón resistente, un tipo de fibra dietética que el organismo no puede digerir en el intestino delgado y que, en cambio, llega al colon, donde sirve de alimento a las bacterias beneficiosas de la microbiota intestinal.
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El proceso de conversión del almidón en fibra prebiótica no solo favorece la salud digestiva, sino que también contribuye a la regulación metabólica. Según la experta, el almidón, tras ser sometido al calor, se digiere de manera más eficiente, lo que puede traducirse en una reducción de molestias como la distensión abdominal y la formación de gases. Este tipo de fibra, el almidón resistente, no se encuentra únicamente en el pan descongelado y recalentado; también está presente en alimentos como los plátanos verdes, la avena, ciertos frutos secos y semillas, así como en las judías y otras legumbres.
La relevancia del almidón resistente va más allá de la salud intestinal. Un estudio publicado en febrero de 2024 en la revista Nature Metabolism y citado por Infobae respalda la afirmación de la doctora Alarcón. La investigación, titulada La ingesta resistente de almidón facilita la pérdida de peso en los seres humanos al remodelar la microbiota intestinal, concluye que el consumo de almidón resistente durante ocho semanas facilita la pérdida de peso en adultos con sobrepeso. El mecanismo identificado incluye la remodelación del microbioma intestinal, la alteración del perfil de ácidos biliares, la reducción de la inflamación mediante la restauración de la barrera intestinal y la inhibición de la absorción de lípidos.
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