
Durante más de cuatro décadas, el destino de una tortuga marina llamada Jorge pareció estar ligado a la vida en cautiverio. Rescatada en 1984 frente a las costas argentinas tras quedar atrapada en una red de pesca, este macho de tortuga cabezona ha pasado más de 40 años apartada del océano del que provenía, acostumbrándose a la limitada rutina de un acuario en la ciudad de Mendoza, lejos de las aguas saladas del Atlántico.
Con más de 100 kilos y una vida moldeada por la convivencia con humanos, Jorge representó durante años una de las principales atracciones para los niños de la región, quienes la visitaban en un tanque de apenas medio metro de profundidad donde los cuidadores la alimentaban con huevo duro y carne cocida, según ha recogido el medio Vanity Fair Italia.
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Una petición social para devolverla al océano
El regreso de Jorge al océano es el resultado de una movilización social y legal sin precedentes para este tipo de animales. Una petición respaldada por unas 60.000 firmas y la intervención de tres abogados sensibilizaron a las autoridades locales, quienes accedieron a organizar el regreso de la tortuga a su hábitat original.

Gracias al respaldo del municipio y la colaboración científica de varios centros de investigación argentinos, entre ellos el Acuario de Mar del Plata, el Museo Argentino de Ciencias Naturales y el Instituto de Investigación Marina y Costera de la Universidad Nacional de Mar del Plata, comenzó a gestarse el proyecto que permitiría a Jorge volver al mar.
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Una segunda oportunidad para sobrevivir
De acuerdo con el medio, la readaptación de Jorge no resultó sencilla. El proceso, que se extendió durante tres años, exigió que la tortuga reanudara comportamientos vitales para su supervivencia en libertad. El primer paso consistió en recuperar la capacidad natatoria en condiciones similares a las del océano.
Para ello, los especialistas introdujeron progresivamente agua salada en el tanque y monitorizaron atentamente las reacciones fisiológicas de Jorge. Posteriormente, fue trasladada a una piscina más profunda y amplia, ubicada en Mar del Plata, donde el agua marina mantuvo una temperatura constante entre 20 y 24 °C, facilitando la transición hacia un entorno más semejante a su destino final.
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Sin embargo, la readaptación alimentaria supuso uno de los mayores desafíos: después de años consumiendo alimentos cocidos, Jorge necesitó aprender a localizar y capturar presas vivas como cangrejos y caracoles. Los cuidadores diseñaron un entorno que estimulaba la búsqueda activa y la competencia con otros animales, además de reproducir artificialmente las corrientes marinas para reforzar el instinto de nado y exploración. Este proceso meticuloso permitió que la tortuga mejorara no solo su movilidad, sino también su capacidad para sobrevivir de manera autónoma en el entorno natural, anticipando los retos que enfrentaría al regresar al océano.
Un viaje de retorno
Cuando los biólogos consideraron que Jorge podía afrontar la vida en mar abierto, organizaron su traslado a bordo de una nave de la Prefectura Naval Argentina. El 11 de abril de 2025, la tortuga fue liberada en aguas del Atlántico. Desde entonces, su travesía ha sido monitoreada a distancia mediante un dispositivo adherido a su caparazón, que envía información diaria sobre sus desplazamientos y actividad. De la mano del experto Alejandro Saubidet y el resto del equipo científico, los registros señalan que Jorge ya ha recorrido cerca de 3.000 kilómetros, orientándose hacia el norte del continente sudamericano, según han publicado en el perfil de Instagram Mamiferos Marinos UNMdp.
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Los análisis genéticos liderados por Laura Prosdocimi, especialista en mamíferos marinos del Museo Argentino de Ciencias Naturales, sugieren que la población de origen de Jorge se localiza en la región de Praia do Forte, en Brasil. El comportamiento migratorio de la tortuga apunta a que, tras décadas de interrupción, ha vuelto a buscar las zonas de nidificación que visitó en los primeros años de su vida.
Este retorno constituye un fenómeno inédito a nivel global: nunca antes se había documentado el caso de una tortuga marina que, tras cuatro décadas en cautividad, lograra reintegrarse al medio natural y reemprender su ruta ancestral. El caso de Jorge ofrece una señal alentadora para las iniciativas de conservación, demostrando que, incluso tras largos periodos privados de libertad, existen posibilidades reales de recuperación e integración plena en los ecosistemas marinos.
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