
La agenda mediática española la están ocupando estos días los presuntos casos de corrupción que salpican a dos de los que fueron secretarios de organización del PSOE, José Luis Ábalos y Santos Cerdán, con Pedro Sánchez como líder del partido. En una comparecencia ante los medios de comunicación este lunes, tras una reunión de cinco horas de la Comisión Ejecutiva Federal, el también presidente del Gobierno ha asegurado que “no vamos a tapar la corrupción que surja en nuestras filas (…). Vamos a dar la cara”.
Esto en España, pero cada país tiene sus líneas rojas y algunos son más o menos tolerantes con los casos de corrupción de su clase política. En Suecia, en 1995, los límites para provocar la dimisión de la que podría haber sido la primera mujer que gobernara el país fueron dos tabletas de Toblerone y un vestido pagado con dinero público.
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Una dimisión por 35,12 euros y el inicio del ‘caso Toblerone’
Y es que, el 16 de octubre de 1995, Suecia amaneció con la inesperada caída de una de las figuras más prometedoras del socialismo escandinavo. Mona Sahlin, quien hasta entonces se perfilaba para convertirse en la primera mujer al frente del Gobierno sueco, presentó su dimisión. El motivo fue que pagó con la tarjeta oficial asignada a los altos cargos del Ejecutivo dos barras de chocolate Toblerone, un vestido y algunos otros gastos personales.
En una sociedad reconocida por su compromiso con la transparencia y la ética pública, el episodio bautizado como el Tobleroneaffären fue un caso muy mediático y marcó un punto de inflexión no solo en la carrera de Sahlin, sino en la forma que tenían los ciudadanos suecos de observar a su clase política.
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La cuantía total de los gastos personales ascendía a 35,12 euros, una suma casi simbólica en comparación con otros escándalos internacionales. Sin embargo, esa cantidad resultó suficiente para crear una crisis política y forzar la renuncia de la que era en aquel momento viceprimera ministra, de 38 años.
De promesa imparable a caída pública: la crisis que truncó la carrera de Sahlin
Sahlin había escalado posiciones dentro del Partido Socialdemócrata desde muy joven. Con 25 años, ocupó un escaño en el Riksdag, el parlamento sueco, convirtiéndose en la diputada más joven de la historia del país. Sus responsabilidades crecieron de forma meteórica: fue ministra de Trabajo, luego secretaria general del partido y finalmente ministra de Igualdad Social. Para mediados de la década de los noventa, se encontraba en la primera línea de la sucesión del entonces primer ministro, Ingvar Carlsson.
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Todo se desmoronó cuando salió a la luz el uso de su tarjeta institucional para costear no solo los famosos Toblerones, sino también otros gastos privados y familiares. Aunque Sahlin aseguró haber devuelto el dinero utilizado y abonado incluso los intereses correspondientes, el conflicto ético fue inevitable. La presión mediática y política empujó a la dirigente a presentar su renuncia tanto del cargo en el Gobierno como de su candidatura a suceder a Carlsson.
Ante el Comité Ejecutivo del partido —reunido de urgencia en Estocolmo— la dirigente explicó que su decisión buscaba alejar el foco de una polémica que podía erosionar la imagen del socialismo sueco. En una conferencia de prensa posterior, Sahlin afirmó que seguiría desempeñando su papel en la vida pública como parlamentaria y militante, pero que debía apartarse “en la situación actual, por el bien del partido”.
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El escándalo generó una investigación por presunto fraude al Estado. Porque, aunque ella aseguró haber reembolsado todo el importe, la fiscalía sueca consideró relevante indagar el caso para determinar si hubo intencionalidad o un simple descuido administrativo. Los resultados no arrojaron responsabilidad penal, pero sí sellaron la salida de Sahlin de la primera línea política.
Su renacer político tras una década en la sombra pública
Durante los años posteriores, Mona Sahlin se mantuvo como una figura pública de bajo perfil. El caso Toblerone se convirtió en un caso de estudio sobre los estrictos estándares suecos respecto al manejo del dinero público y el modo en que los detalles más nimios pueden desencadenar consecuencias de gran magnitud política.
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Su tiempo lejos de grandes responsabilidades se extendió por casi una década. Después, la exministra retomó su actividad con discreción y, con el paso de los años, logró reconstituir su imagen pública. Volvió a ganar relevancia política y, de 2007 a 2011, fue presidenta del Partido Socialdemócrata de Suecia, siendo de nuevo postulada como una de las preferidas para ser primera ministra del país. Posteriormente, de 2014 a 2016, ocupó el cargo de coordinadora nacional contra el radicalismo violento.
*Con información de Agencias.
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