Una mujer que fue a un colegio para niños superdotados recuerda “el lado oscuro” de estos centros: “Me hubiera gustado que alguien me enseñara que mi valor no dependía de las notas”

Crecer con esta etiqueta le generó ansiedad, miedo al fracaso y una autoestima ligada al rendimiento académico

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Alumnas cruzando el paso de peatones. (Isaac Buj/Europa Press)
Alumnas cruzando el paso de peatones. (Isaac Buj/Europa Press)

No recuerda la primera vez que escuchó la palabra ‘superdotada’, pero sí el momento en el que la sacaron de su clase de primer curso para llevarla a la de quinto. Aquel episodio marcaría el comienzo de lo que la mujer describe como una experiencia confusa, ya que fue una mezcla de privilegio y presión.

Este relato ha sido publicado en HuffPost, donde la protagonista reflexiona sobre el programa Gifted & Talented (G/T) en el sistema escolar estadounidense, diseñado para alumnos con altas capacidades. Aunque en un principio disfrutó del entorno, con el tiempo descubrió que la etiqueta de ‘superdotada’ arrastraba un coste considerable.

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A finales de los años 90, estos programas surgieron en Estados Unidos tras la implantación de estándares oficiales de educación para superdotados por parte de la National Association for Gifted Children (NAGC). Esta legislación destinó fondos federales a proyectos e investigaciones sobre cómo atender a estos estudiantes de forma diferenciada, según informaciones publicadas por el citado medio.

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Una autoestima ligada al rendimiento

“Aprendí a tenerle miedo al fracaso”, escribe Nudson. “Sentía que debía sobresalir en todo, incluso en lo que no entendía. Si no sacaba una A, me venía abajo”. Según cuenta al medio estadounidense, su autoestima se volvió dependiente del elogio académico, esto le impedía pedir ayuda por miedo a parecer incapaz.

En su libro Engaging and Challenging Gifted Students (2016), la doctora Jenny Grant Rankin señala que los programas para superdotados tienden a dejar fuera a estudiantes de minorías raciales, de bajos recursos, niñas y alumnos que aprenden inglés como segunda lengua, incluso cuando tienen el mismo rendimiento que otros niños.

Una investigación de 2016 publicada en la revista American Educational Research Journal mostró que los alumnos negros tenían un 50% menos de probabilidades de ser identificados como superdotados que los blancos con mismo resultados. Además, estos estudiante eran menos propensos a ser reconocidos como tal si sus profesores eran blancos.

Alumnos clase
Alumnos en un aula. (Europa Press)

Una etiqueta difícil de abandonar

La etiqueta no desapareció con la infancia. Al llegar a la Universidad de Michigan, Nudson dejó de ser la ‘niña inteligente’ y se convirtió en una más entre miles de alumnos brillantes. Las calificaciones ya no eran perfectas, fue entonces cuando su salud mental comenzó a deteriorarse. “Me preguntaba si aún valía algo sin logros visibles”, afirma.

Pese a que los programas G/T pueden tener beneficios académicos, los mismos autores, Grissom y Redding, concluyeron en un estudio de 2021 que estos efectos positivos eran escasos y, en su mayoría, se concentraban en estudiantes blancos de clases medias o altas. No encontraron evidencia de que estos programas mejoraran el compromiso general con la escuela, ni abordaban su impacto emocional a largo plazo.

“Me hubiera gustado que alguien me enseñara que mi valor no dependía de las notas”, concluye Nudson en sus declaraciones para el medio estadounidense. “Que me recordaran que todos los niños son inteligentes, y que el éxito no siempre se mide con sobresalientes”, concluye.

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