Amor dentro y fuera de los fogones: “Hemos pasado por momentos malos y hemos comido muchas patatas, pero juntos”

Franchesko y Flor, chef y jefa de sala del restaurante zaragozano Gamberro, conforman un “engranaje perfecto” que ya lleva 10 años funcionando casi sin fisuras. “Siempre y cuando haya confianza y respeto, no tiene por qué surgir ningún roce”, asegura el matrimonio

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Franchesko Vera en cocina y
Franchesko Vera en cocina y Flor García en sala son el alma de Gamberro (Cedida)

Cuántas primeras citas habrán presenciado las mesas de restaurantes y tabernas, amores que han surgido entre plato y plato, entre copas y postres compartidos. Pero no solo en las salas aparece la chispa. Tras las cámaras, más concretamente tras los fogones, también han surgido grandes amores, algunos de ellos culminados incluso con el mayor acto de amor gastronómico habido y por haber: fundar un restaurante juntos.

Es una fórmula que ha funcionado desde tiempos inmemoriales. Desde las casas de comidas más tradicionales, en las que la mujer solía regentar los fogones mientras el marido servía a los clientes, hasta los restaurantes de alta cocina más modernos, en los que la dinámica suele invertirse. Son muchos los ejemplos y solo hay que echar un vistazo a la Guía Michelin para encontrarlos.

Es el caso de chef Franchesko Vera y la jefa de sala Flor García, una eficaz pareja laboral que es a la vez un feliz y joven matrimonio. Juntos fundaron, allá por 2015, el restaurante Gamberro, un proyecto gastronómico de cocina creativa aragonesa situado en la ciudad de Zaragoza que ha cambiado sus vidas por completo. Con un Sol Repsol y destacado en la Guía Michelin como uno de los destinos imperdibles en la capital aragonesa, el restaurante se ha convertido ya en todo un referente de la cocina de autor en la ciudad, un local que rezuma amor y cocina por los cuatro costados. En el día de San Valentín, hablamos con ambos para entender la dualidad de su matrimonio, dentro y fuera de Gamberro.

Gamberro es un restaurante que se define a sí mismo como “irreverente”, con una cocina que tiene mucho de elegante y lúdico, que rebosa imaginación y se sirve de una despensa espectacular, con grandes proveedores locales y nacionales, pero también foráneos. ¿Su lema? ‘De Aragón al mundo’. Su menú único menú degustación (70 €), cerrado y a ciegas, de un total de 14 pases, cambia con el paso de las temporadas, reflejando al mismo tiempo los cambios vitales por los que atraviesan sus dos socios fundadores.

Platos del restaurante Gamberro (Cedidas)
Platos del restaurante Gamberro (Cedidas)

Tú a la cocina y yo a la sala

Franchesko Vera (1991) y Flor García (1992) se conocieron en Zaragoza, la ciudad natal de ambos, en 2014. Él, en el oficio de ollas y sartenes desde los 16 años, volvía a su tierra tras unos años frenéticos, que lo llevaron a trabajar como chef en Italia, Ibiza, El Pirineo y Lasarte (Gipuzkoa), donde hizo un stage en Martín Berasategui. Flor, por su parte, era una auxiliar de Educación infantil forjada en la hostelería, que había estado unos años al frente de un bar y que volvió a Zaragoza para trabajar como ayudante de cocina de un nuevo restaurante. Allí conoció a Franchesko, contratado para liderar esa apertura. “Y surgió el amor”, cuenta el chef.

Solo un año después, cumplieron juntos el deseo de toda la vida de Franchesko, abrir su propio local. “Fui empujado por Flor a cumplir mi sueño de tener un restaurante y juntos lo hicimos realidad”, cuenta el aragonés. Así nacía Gamberro, un local de barrio pequeño, pero con mucha ambición. Por aquel entonces, la pareja trabajaba codo con codo en cocina, mientras que de la sala se encargaba Patri, una buena amiga común. Pero en 2017, Patri dejó el proyecto y el tándem decidió que Flor pasara a la sala.

La decisión fue fruto de falta de personal, pero también una cuestión de sentido común para ambos. “En Gamberro tenemos una cocina muy particular y la mejor persona para transmitir cada plato al comensal es Flor, ya que ella había participado y participa conmigo en la creación de los platos. En el restaurante no sale nada sin que Flor haya dado el OK”, cuenta el chef. Esto, sumado a la pasión de la cocinera por el mundo de los vinos y su don de gentes hicieron que el cambio funcionara a la perfección. “Bajo mi punto de vista, es el engranaje perfecto. Fran es una persona ultra vergonzosa y yo soy una sinvergüenza”, dice Flor entre risas, definiendo su relación como un “engranaje perfecto”.

Tras el cambio, Gamberro siguió creciendo y consolidándose, y en 2019 entró en la Guía Michelin como restaurante seleccionado. Desde entonces, Gamberro ha ocupado una gran parte de sus vidas, aunque no toda. Y es que, además de este proyecto de emprendimiento, lo suyo va mucho más allá, pues conforman un sólido matrimonio, con un hijo en común, que requiere, como es evidente, otra gran parte de su atención.

Franchesko y Flor, del restaurante
Franchesko y Flor, del restaurante Gamberro (Cedidas)

Es por ello que Flor y Franchesko quisieron implantar en su negocio un modelo de conciliación único, del que, por supuesto, disfrutan en igual medida los miembros de su staff. Dieron el paso con motivo de la pandemia, una época difícil durante la que las restricciones de horarios y de aforo fueron inevitables. “Al cambiar los horarios nos dimos cuenta de que podíamos seguir trabajando así y a la vez poder disfrutar de tiempo de calidad con nuestro hijo y con nuestra pareja”, explica la pareja.

Así, comenzaron a implantar unos horarios que ya se han mantenido intactos. Actualmente, Gamberro abre de jueves a domingo y da siete servicios, que empiezan cuando todos los comensales están sentados. Así no solo garantizan un ritmo perfecto, sino un timing compatible con la familia, los niños y la vida personal de todos. “Se había acabado ya eso de llegar a las 2 o las 3 de la madrugada a casa todos los días, porque luego a la mañana siguiente hay que ir a llevar al peque al cole”, cuenta el matrimonio.

El secreto del éxito gastro-amoroso

‘¿Cuál es su secreto?‘, se preguntarán muchos. Si ya es complicado mantener una pareja en el tiempo (algo más del 50% de los matrimonios se acaban separando en España, según un estudio elaborado por el Observatorio Demográfico CEU), más aún lo parece cuando un tercer intangible entra en la ecuación, en este caso todo un negocio gastronómico al completo. “Uno de los de los puntos necesarios es la confianza. Yo tengo total confianza en Fran y jamás me atrevería a cuestionar lo que saca. Y él, por su parte, lo que se hace en sala jamás entraría a ponerlo en duda. Siempre y cuando haya esa confianza y ese respeto, no tiene por qué surgir ningún roce”, explica Flor.

Esta necesidad se alarga más allá de su matrimonio, también hacia el resto de trabajadores que conforman Gamberro. “Tanto Flor y yo, como el resto del equipo, somos una pequeña familia. Es complicado que haya esos roces porque todos nos queremos mucho, todos remamos hacia la misma dirección, como si fuésemos una sola voz”, asegura por su parte el chef. Otra de las claves, aseguran, es “separar muy bien lo que es personal de lo que es laboral”. “Evidentemente, luego siempre se mezclan. Si te enfadas en casa, pues se resiente en el restaurante y si te enfadas en el restaurante, pues luego en casa me toca dormir en el sofá, pero son roces normales”, concluye el cocinero.

Sea cual sea la clave de su éxito, juntos han atravesado los ‘rifis y rafes’ propios de una cocina de nivel, también los de la vida. “En los últimos cuatro años se han juntado muchas cosas, la pandemia, ser padres, cambio de local... Pero hemos sabido reconducirlo llegado al punto en el que estamos”, cuenta Franchesko, que se define tranquilo ante una de las mejores etapas que ha vivido su proyecto. La guinda final la pone Flor: “Hemos pasado por momentos en los que hemos comido muchas patatas, pero juntos”.