
Nacer con órganos reproductores atípicos es más probable de lo que imaginamos. Puede ser más común, de hecho, que ser pelirrojo. Los expertos calculan que entre un 0,05% y un 1,7% de la población nace con rasgos intersexuales, es decir, con alguna variación en las formas genitales, en la composición de las gónadas —testículos y ovarios—, en los niveles hormonales o en los patrones cromosómicos, lo cual no se ajusta a las definiciones típicas de hombre o mujer.
De esa forma, según explican en la asociación Brújula Intersexual, una persona puede nacer con formas genitales típicamente femeninas, pero cuenta con testículos internos y cromosomas XY, o una persona puede nacer con genitales que parecen estar en un estado intermedio entre los típicamente masculinos y femeninos. No se trata, por tanto, de una orientación o identidad sexual, sino de una cuestión física. Las variaciones intersexuales, además, no siempre son visibles en el momento de nacer, por lo que algunas personas lo descubren en su adolescencia o cuando son adultas.
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Dentro del propio colectivo LGTBI, la I de intersexual es una de las realidades menos conocidas e históricamente en la sombra por el estigma de la etiqueta “hermafrodita”, de forma que aún se sigue explicando como si fuera una enfermedad o un síndrome, a pesar de ser un estado natural del cuerpo. El hecho de que se haya tratado como un tema tabú ha marcado la vida de muchas personas intersexuales, como es el caso de Iolanda Melero, psicóloga sanitaria especializada en trauma y activista intersex, que a pesar de tener solo recuerdos borrosos de su infancia, sigue sin olvidar las dolorosas exploraciones en las que le revisaban sus genitales. Desde ese entonces, asegura, como mecanismo de defensa aprendió a “desconectarse y cosificar” su cuerpo y a asociarlo “no como un lugar de placer, sino como un objeto inerte, fuente de dolor e invasión”.
Durante su infancia y su primera juventud, Iolanda solo sabía que su clítoris “sobresalía un poco”, que no tenía vagina y que le habían operado la zona genital, una historia rodeada de desinformación y secretismo que se repite en casi todos los casos de personas intersexuales. No fue hasta los 20 años, relata, cuando por casualidad escuchó al médico en una consulta referirse a su historial como “caso de síndrome de Morris” y ahí empezó a descubrir que había tenido testículos intra-abdominales no descendidos y que era insensible a los andrógenos, hormonas que, en lugar de masculinizar su cuerpo, lo habían feminizado. “Me sentí como un monstruo y me dije a mí misma que nadie sabría nada de esto”, asegura, si bien finalmente no fue así y hace unos años decidió contarlo.
Cuando tan solo tenía dos años, los médicos le extirparon los testículos, “una castración pura y dura”, y dos años después le realizaron una vaginoplastia, aunque desconoce si fue con el objetivo de “estirar la vagina o de crear una nueva”. Después, ya siendo adulta, le practicaron otras dos cirugías para tratar de reconstruir la vagina, lo que en realidad le produjo una pérdida notable de sensibilidad en el clítoris y otras complicaciones a consecuencia de las cicatrices. Tras esas últimas intervenciones, Iolanda tomó la decisión de que no volvería a pasar por quirófano.
“Mi inconsciente ha percibido todas esas visitas médicas e invasiones como abusos, porque siempre ha habido esa mirada de que nuestros cuerpos están mal y eso tiene que ver con las ideas binarias que se tienen de lo que es el sexo masculino y femenino”, relata a Infobae España la activista y cofundadora de la asociación Kaleidos. “Como las personas intersexuales no encajamos ahí, hay muchísimas violencias, tanto a nivel médico como familiar, secretismos y una sensación de opresión, de que no somos válidas, de que no somos bonitas y de que hay algo malo dentro de nosotras”, añade indignada, al tiempo que recuerda que el debate no debe estar en la cuestión médica, sino “en la diversidad, en la normalización, en que cada cuerpo es diferente y está bien así”.
A día de hoy, explica esta mujer de 43 años, sus padres no son capaces de hablar con claridad sobre lo ocurrido.

Cirugías “innecesarias”
En muchos países aún someten a los menores intersexuales a cirugías innecesarias para asignarles un sexo, normalmente bajo el pretexto de que las modificaciones genéticas pueden derivar en cáncer, “si bien es algo que ocurre en escasas ocasiones”, explica Melero, que asegura que por eso es importante que haya protocolos y unidades especializadas. Esas intervenciones quirúrgicas recuerdan desde las asociaciones de personas intersexuales, deberían ser postergadas al menos hasta que el paciente haya madurado físicamente y pueda participar en la decisión para así evitar daños tanto a nivel físico como psicológico.
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El Consejo de Europa ya recomendó años atrás a los Estados acabar con las intervenciones de cirugía irreversibles y los tratamientos médicos a las personas intersexuales sin su consentimiento al considerarlo una “violación de los derechos humanos”. En ese sentido, en España la Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI prohíbe la modificación genital en personas intersexuales menores de 12 años, si bien permite a los adolescentes entre 12 y 16 años acceder a una modificación genital.
Las experiencias traumáticas y las operaciones por las que tuvo que pasar Iolanda también han calado a la hora de relacionarse y tener pareja, asegura Melero, pero no por su condición de intersexual, sino por “todo ese ambiente que hace que no se puedan sentir como cualquier persona”. En sus relaciones sexuales, relata, siempre ha estado presente el miedo, porque precisamente “toca las invasiones” que ha sufrido su cuerpo. Lejos de tratarse de diversión y satisfacción, para muchas personas intersexuales que han nacido con el clítoris más grande de lo considerado “normal”, penes más pequeños o un desarrollo mamario atípico, el sexo puede convertirse en un obstáculo.
Encontrar a otras personas intersexuales
Melero, sin embargo, también recuerda cómo le cambió la vida encontrar una asociación de personas intersexuales como Grapsia, donde conoció a gente con sus mismas inquietudes y pudo comprobar que no estaba sola. Necesitó tiempo, admite, “muchas sesiones de terapia y abrazos” hasta que empezó a contar su historia, primero a su círculo más íntimo y después a más gente.
Con los años, asegura, “ha ido rescatando todo el trauma que le supusieron las operaciones y el secretismo, esas miradas a su cuerpo desde la anormalidad y monstruosidad” y también le dio espacio a ese odio a los médicos y a sus padres, por consentir las operaciones, porque ha entendido que ellos también “estaban perdidos.”
Iolanda no solo ha logrado procesarlo y reconciliarse con su pasado, sino que ha logrado ir mucho más allá y en estos últimos años ha dado charlas y talleres donde se expone, donde cuenta su historia y también forma a profesionales y personas interesadas en el ámbito de la diversidad.
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