
La primera secuencia de O Corno se convierte en toda una declaración de intenciones: una mujer en los años setenta, en Galicia, da a luz de manera natural.
La directora lo muestra de una manera tan física como atávica, con un plano secuencia que nos adentra en el dolor, en el miedo de una mujer que se encuentra en el proceso de alumbramiento acompañada de lo que ahora llamaríamos una doula, una persona que acompaña, que cobija, que da amor a ese momento tan determinante a nivel emocional como animal de lo que significa parir.
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Pocas veces hemos visto en el cine español un momento tan visceral y verdadero y todo eso se debe a la mirada de Jaione Camborda, que firma su segundo largometraje tras Arima y se confirma como una de las grandes voces femeninas a tener en cuenta en el panorama del cine español contemporáneo.
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El tabú del parto y del aborto

Su grandeza es, ni más ni menos, que adentrarse en los grandes tabúes que rodean a la mujer de manera tan cercana que se siente de una manera especialmente orgánica y sensitiva. O lo que es lo mismo: el sexo, el placer, el parto o la decisión de interrupción del embarazo, en este caso, con el consiguiente estigma que supone dentro de una sociedad en la que estaba prohibido y penado. Su proyección en el Festival, ha acarreado diferentes desmayos, por los que se ha tenido que parar la proyección de la película.
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La protagonista de esta historia se llama María (Janet Novás) y además de sus tareas en la comunidad, ayuda a las embarazadas a dar a luz en el pueblo en el que se encuentra, pero también arrastra un pasado que no se explicita, pero que quedará claro cuando una de las jóvenes del pueblo le diga que está embarazada y quiere abortar.
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De alguna manera, lo que viene a especificar el filme de Jainore es el círculo vicioso que arrastran las mujeres. Ellas son las que tienen que cargar con la culpa, con el pecado, con las consecuencias dentro de un mundo de hombres que se encarga, además, de señalarlas, de culparlas y de excluirlas.
La directora compone una película extremadamente visceral, en la que tanto el dolor como el deseo se ponen en primer plano de una manera tan contundente como específica. De ahí probablemente los desmayos, por la forma tan real con la que se muestran procesos naturales, como el parto, que no suelen ser reproducidos de manera tan literal en la pantalla. Y, en ese aspecto, O Corno, se convierte en una película tan necesaria, como perturbadora.
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