
Pocas voces pueden explicar mejor lo que significa este Mundial para el fútbol femenino que la de Irene Paredes. Indiscutible para Jorge Vilda, lleva jugando con la Roja desde 2011, cuando España ni siquiera sabía lo que era disputar este torneo. “Hemos crecido pensando que no era nuestro sitio. Nos han hecho sentir así. Ahora la gente ya sabe que ese lugar también es nuestro”, expresa Irene a escasas horas de un día que pasará a la historia del deporte nacional. Esa reivindicación es el legado que deja para siempre una España que afronta ante Inglaterra (12.00 horas, La 1) una cita sin precedentes, la primera final de un Mundial. La selección femenina de fútbol está a solo 90 minutos de proclamarse campeona. “Hemos puesto a un país de pie. Ahora hay que sacarlo a la calle”, proclamaba Vilda tras sellar el billete para el día grande.
Pase lo que pase, el duelo frente a las inglesas, que buscan también estampar por fin la tan ansiada estrella en su camiseta, quedará para la eternidad. Porque este Mundial va mucho más allá del propio Mundial en sí para España, también para el fútbol femenino, que en la cita de Australia y Nueva Zelanda se ha elevado a otra dimensión. Ha sido, sin duda, el torneo que ha confirmado de una vez por todas su profesionalización, algo por lo que llevan peleando esta y otras generaciones
de mujeres que durante décadas han estado invisibilizadas, en la sombra, sumidas en la precariedad, buscándose la manera de reclamar lo que les correspondía ante sociedad y unas instituciones que les daban la espalda.
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El camino para España comenzó con unas pioneras que jugaban en la década de los 70 sin estar ni siquiera reconocidas por la Federación. Ellas, Encarnación Caracuel, Conchi Amancio, Isabel Fuentes o Victoria Hernández, entre tantas otras, soñaron con estar donde están hoy Alexia, Aitana, Salma o Irene. Jugaban poco menos que a escondidas, señaladas por hacer lo que les gustaba. De ahí a los primeros pasos, pequeños, las primeras conquistas de un deporte en el que solo había lugar para hombres: el reconocimiento como selección en 1980 –bajo las presiones de la UEFA– o un seleccionador –que no había visto nunca fútbol femenino– y el primer partido oficial en 1983 –un año después de que España organizará el Mundial masculino–.

“Queremos ser las mejores del mundo”
El recorrido ha sido auténtica travesía en el desierto que tiene dos fechas marcadas en rojo: la Eurocopa de 1997, el primer torneo internacional para España, que llegó a semifinales, y el Mundial de 2015. Cinco años después de que la selección masculina alcanzase la gloria en Sudáfrica, las chicas llegaban por fin la fase final de una Copa del Mundo. España salió de la cita disputada en Canadá eliminada a las primeras de cambio y sin cosechar ninguna victoria. Llegaría en 2019, en la siguiente edición, en la que la Roja, ya con Jorge Vilda en el banquillo, alcanzó los octavos de final, donde claudicó ante la todopoderosa Estados Unidos.
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Y de ahí a la gesta de este año. Por el camino, muchos títulos en el fútbol base, la consolidación del FC Barcelona como una potencia a nivel de clubes y una apuesta en firme de la Federación por situar a España, por fin, en la élite. “Queremos ser las mejores del mundo”, dijo Vilda a las puertas del partido más importante en la historia del fútbol –y puede que del deporte– femenino español. “Este grupo ha superado adversidades muy complejas, ha sido capaz de estar unido desde el principio, trabajando. Ganando a Suecia cuando nunca se había logrado, capaz también de levantarse, por ejemplo, de un 4-0 ante Japón, y de crear un equipo que va a jugar una final del Mundial y que aspira a ser campeón”, expresó el técnico.
Para lograrlo tendrán que superar al rival que les dejó fuera de última Eurocopa, la Inglaterra de Wiegman. La batalla contra la actual campeona de Europa será tremenda. “Tenemos que ser nosotros. Presionar como sabemos, atacar como sabemos, y unirlo a la lucha. Para nosotros ya se está jugando el partido y no podemos perder el foco”, dijo Vilda.
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España sueña con su primer Mundial, con terminar el camino y la lucha que empezaron las pioneras en los años 70 y continuaron otras generaciones después. Pase lo que pase, nadie podrá borrar un legado que ya queda para siempre. “Si esta final sirve para que sepan que este lugar también es nuestro, que se puede y que podemos ser referentes, pues eso es también es historia”, proclama Irene Paredes. El Mundial es de ellas, de las que están, de las que empezaron y de las que vendrán.
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