
Panamá se perfila como la economía con mayor dinamismo de la subregión centroamericana durante los próximos tres años. El Banco Mundial proyecta una expansión de 3.9% para 2026, que se acelerará a 4.1% tanto en 2027 como en 2028, según el organismo.
El dato se da en un contexto en el que Centroamérica enfrenta un escenario externo adverso. El alza y la volatilidad de los precios de la energía golpean con especial fuerza a una subregión compuesta casi en su totalidad por países importadores netos de combustibles.
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Según las proyecciones del Banco Mundial, Panamá liderará con 3.9%, seguido por Guatemala con 3.7% y Costa Rica con 3.5%. Los tres países superarán el promedio previsto para toda América Latina y el Caribe, que será de apenas 2.2%.
Panamá consolida su posición gracias al Canal y la logística
El desempeño panameño se apoya en una plataforma logística, financiera, comercial y de servicios consolidada. La actividad vinculada al Canal y a la conectividad regional sostiene buena parte de ese impulso, de acuerdo con el informe del organismo.
El país venía de crecer 4.4% en 2025, por lo que la cifra de 2026 representa una moderación. Aun así, la recuperación esperada para 2027-28 confirmaría a Panamá como una de las economías de mayor expansión de toda América Central.
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El reto, según el Banco Mundial, pasa por consolidar la inversión y sostener condiciones globales más estables para no perder el ritmo alcanzado.

Guatemala y Costa Rica completan el podio regional
Guatemala mostraría una de las trayectorias más estables de la subregión. Tras un crecimiento estimado de 4.2% en 2025, el país avanzaría 3.7% en 2026 y 3.8% tanto en 2027 como en 2028.
La fortaleza guatemalteca proviene de una demanda interna relativamente resistente y del flujo constante de remesas, que sostienen el consumo de los hogares. El organismo advierte, sin embargo, que la formalización laboral, la productividad y la infraestructura siguen siendo pendientes para elevar el crecimiento potencial del país.
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Costa Rica, por su parte, mantiene una de las perspectivas más sólidas de la región. Después de expandirse 4,6% en 2025, se proyecta una moderación a 3,5% en 2026, con una recuperación gradual hacia 3,6% en 2027 y 3,7% en 2028.

La diversificación productiva costarricense explica buena parte de esa resiliencia. Servicios, turismo, manufactura avanzada, dispositivos médicos e inversión extranjera conforman una base económica menos vulnerable que la de otros países de la subregión, aunque tampoco inmune al encarecimiento energético.

El resto de la subregión crece a un ritmo más moderado
Nicaragua había crecido un estimado de 4.9% en 2025, pero el Banco Mundial anticipa una normalización hacia 3.4% en 2026 y 2027, con una leve moderación a 3.3% en 2028. El consumo interno y las remesas seguirán siendo determinantes para el país.
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Honduras, El Salvador y Belice se ubican en un escalón de crecimiento más bajo dentro de la subregión. Ninguno de los tres alcanzaría el ritmo de expansión previsto para Panamá, Guatemala o Costa Rica durante el trienio 2026-2028.
El organismo insiste en que la dependencia de la demanda estadounidense —vía exportaciones, remesas, turismo e inversión— sigue siendo el principal riesgo compartido por toda la subregión. Una desaceleración mayor de Estados Unidos o un endurecimiento financiero internacional prolongado podría alterar estas proyecciones.

Las remesas, el amortiguador común
Más allá de las diferencias entre países, el Banco Mundial identifica a las remesas como el principal factor de contención frente al choque energético. Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y República Dominicana dependen especialmente de estos flujos para sostener el consumo de los hogares.
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La demanda interna relativamente estable en la mayor parte de la subregión actúa como segundo colchón. Ambos factores explican por qué, pese al encarecimiento del petróleo, Panamá, Guatemala y Costa Rica mantienen proyecciones de crecimiento muy por encima del promedio latinoamericano.
El informe también señala limitaciones estructurales comunes: baja creación de empleo formal, alta informalidad y un espacio fiscal reducido por los altos niveles de deuda. Estas restricciones condicionan la capacidad de los gobiernos centroamericanos para responder a nuevos choques externos.
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