Hace cerca de un año, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, ocupaba las portadas de medio mundo por una secuencia incómoda, fugaz y desconcertante. No era una cumbre diplomática, ni una declaración sobre Ucrania, China o la economía europea. Era un gesto doméstico convertido en espectáculo global: una mano sobre el rostro del mandatario francés, una reacción brusca frente a las cámaras y una expresión congelada apenas unos segundos antes de descender del avión presidencial en Hanoi, Vietnam.
La autora de aquella imagen era su esposa, Brigitte Macron. El video recorrió redes sociales, noticieros y programas de análisis político. En las imágenes, registradas por la agencia Associated Press, se veía al presidente francés asomarse desde la puerta del avión y, de pronto, recibir un fuerte empujón en el rostro por parte de Brigitte. Macron intentó recomponerse inmediatamente y saludó a los fotógrafos como si nada hubiera ocurrido. Ella, en cambio, descendió las escaleras evitando tomar el brazo que le ofrecía su marido.
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El Palacio del Elíseo habló entonces de un “momento de complicidad”. Macron intentó quitarle dramatismo con una frase breve: “Estábamos discutiendo, o más bien bromeando, con mi esposa. No es nada”. Pero la imagen quedó suspendida como una de esas escenas políticas que sobreviven mucho más allá de cualquier explicación oficial.

Durante meses, el incidente de Hanoi permaneció archivado como una rareza incómoda del matrimonio presidencial francés. Hasta esta semana.
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La publicación del libro Un couple presque parfait (“Una pareja casi perfecta”), del periodista de Paris Match Florian Tardif, volvió a abrir aquel episodio y agregó un nombre inesperado al rompecabezas: Golshifteh Farahani.
Durante una entrevista en RTL, Tardif aseguró que Brigitte Macron habría descubierto durante el vuelo presidencial una serie de mensajes intercambiados entre el mandatario francés y la actriz franco-iraní. “Un mensaje que nunca debió haber leído”, le habría confiado al periodista una persona cercana a la pareja presidencial.
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Según el relato difundido en Francia, no existía una relación sentimental consumada ni una infidelidad comprobada. Lo que detonó la tensión fue la insinuación de un vínculo que parecía ir más allá de la amistad.
“Nada tangible, ni realmente condenable, pero la sola idea de que eso hubiera podido existir bastaba”, escribió Tardif. Según el periodista, Brigitte se sintió desplazada ante una relación “platónica” sostenida durante meses a través de mensajes privados que “iban bastante lejos”. Entre ellos, uno donde Macron le decía a la actriz que la encontraba “muy linda”.
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Vista ahora bajo esa nueva luz, la secuencia en Hanoi adquiere otro espesor. El intercambio deja de parecer una simple broma privada y empieza a encajar en una tensión íntima expuesta accidentalmente frente al mundo.

Pero mientras el libro comenzaba a multiplicar especulaciones en París, el entorno de Brigitte Macron intentó apagar nuevamente el incendio. Colaboradores cercanos a la primera dama francesa desmintieron las nuevas versiones surgidas alrededor del episodio y rechazaron las interpretaciones difundidas durante la promoción del libro. Desde el círculo presidencial insistieron en que lo ocurrido en Vietnam fue apenas una interacción privada exagerada por las redes sociales y amplificada por la atención mediática sobre la pareja.
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La historia volvió además a colocar bajo el reflector una relación que desde hace años fascina a Francia. Emmanuel y Brigitte Macron se conocieron cuando él era un adolescente de 15 años y ella su profesora de literatura y coordinadora del grupo de teatro escolar. La diferencia de edad —24 años— convirtió desde el comienzo su vínculo en objeto de debate público. Hubo distancia, presiones familiares y años de separación, hasta que finalmente retomaron la relación y se casaron.
Durante años, esa historia fue presentada por el macronismo como la prueba de un vínculo indestructible. Precisamente por eso, cualquier fisura adquiere en Francia una dimensión desproporcionada. El propio título del libro —Una pareja casi perfecta— parece construido alrededor de esa idea: la de una relación cuidadosamente protegida cuya fragilidad asoma, por momentos, detrás de las cámaras.
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Y en el centro inesperado de esa tormenta aparece Golshifteh Farahani.
Nacida en Teherán bajo el nombre de Rahavard Farahani, la actriz y cantante de 42 años es una de las figuras más influyentes de la diáspora iraní y una presencia consolidada en el cine internacional. Exiliada de Irán desde 2008, construyó en París la imagen de una artista elegante, sofisticada y políticamente incómoda.
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Su salto global llegó con Body of Lies, dirigida por Ridley Scott, donde compartió pantalla con Leonardo DiCaprio y Russell Crowe. Más tarde trabajó con Jim Jarmusch y Asghar Farhadi, participó en franquicias internacionales y se transformó también en un símbolo de la libertad de expresión tras protestar contra las restricciones impuestas a las mujeres iraníes.
En Francia, Farahani ocupa un lugar singular: es admirada por el mundo cultural, respetada por su activismo y observada con fascinación por la prensa parisina. Precisamente el tipo de figura capaz de convertir un rumor privado en un problema político.
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Todo ocurrió en apenas unos segundos, sobre la escalerilla de un avión. Pero en política, a veces alcanza una sola imagen para perseguir a un presidente durante años.
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