
En la colonia Las Margaritas, en Soyapango, un testimonio anónimo revela el costo humano y económico que supuso vivir bajo la extorsión de las pandillas. “Lucía”, a cargo de una tienda junto a su madre, narra cómo durante más de veinte años debieron entregar mensualmente 100 dólares y productos adicionales para poder operar en uno de los sectores históricamente más asediados de San Salvador.
Durante ese tiempo, la rutina del negocio estaba marcada por la obligación de pagar la llamada “renta” a las pandillas. Cada mes, el monto era fijo: 100 dólares por el local y 10 dólares extra por cada vehículo de la familia.
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Si las ventas flaqueaban, Lucía y su madre debían reunir monedas y completar la suma como fuera posible. No había margen de negociación; los extorsionadores llegaban en la fecha establecida y exigían el pago sin demora. Cuando no alcanzaba el dinero, esperaban hasta la noche, incluso con el negocio cerrado, para recoger hasta el último centavo.
El pago no solo era en efectivo. Las pandillas también pedían productos de la tienda, como cajas de gaseosas, cervezas, cigarrillos, y en diciembre exigían un “aguinaldo” adicional. Con el tiempo, la familia se vio obligada a reducir el surtido para evitar que las exigencias aumentaran: dejaron de ofrecer ciertos productos y cerraron un pequeño depósito de bebidas. “Entre más grande era el negocio, más grande la renta”, recuerda Lucía.
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La movilidad en la colonia también se vio limitada. Los proveedores no podían ingresar y, para abastecerse, era necesario salir a puntos de encuentro fuera de la zona.
Ni servicios de taxi ni entregas podían entrar, lo que dificultaba aún más el trabajo diario. Además, las amenazas eran constantes: los extorsionadores entregaban teléfonos para recibir llamadas de los cabecillas desde prisión, donde exigían adelantos o lanzaban advertencias.
La idea de cerrar el negocio estuvo presente en más de una ocasión, pero la tienda era la única fuente de ingresos de la familia. Así, decidieron resistir y adaptarse a las condiciones impuestas durante casi dos décadas.
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El panorama cambió con la llegada del régimen de excepción en marzo de 2022. Lucía describe un antes y un después. El temor y las extorsiones cesaron, las ventas mejoraron y la familia pudo recuperar el control de sus ganancias. Los proveedores volvieron a entrar a la colonia y la tienda amplió su variedad de productos: además de los básicos y lácteos, ahora venden incluso ropa americana. La normalización de la seguridad en Las Margaritas y en otras colonias cercanas, como La Campanera y San Francisco, permitió que muchos comercios volvieran a crecer.
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