
Las homilías de Monseñor óscar Arnulfo Romero revelan un proceso de denuncia progresiva frente a la represión política en El Salvador durante la segunda mitad de los años setenta y el inicio de 1980.
Su voz se consolidó como referente, en un contexto de violencia estatal, represión militar y polarización social. Las referencias a hechos concretos y las citas directas muestran la transformación de su pastoral, cada vez más comprometida con la defensa de los derechos humanos y la dignidad de las víctimas.
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Al abordar los episodios de violencia, Romero relacionó la represión con reformas políticas impuestas por el gobierno. En una homilía, analizó el paro nacional convocado por la Coordinadora Revolucionaria de Masas: “El paro tenía también una intencionalidad política, el de demostrar que la represión en vez de intimidar a las organizaciones populares las estaba robusteciendo y la de rechazar la oposición del actual Gobierno que necesita de la represión violenta para llevar a cabo sus reformas”. Enumeró la cifra de muertos —algunos informes señalaban hasta 140— y denunció que varios obreros asesinados habían sido previamente detenidos por agentes estatales, subrayando la complicidad de las fuerzas de seguridad.

A medida que la represión se intensificaba, Romero denunció la manipulación mediática y la desinformación oficial: “El Estado de Sitio y la desinformación a la que nos tienen sometidos, tanto los comunicados oficiales como la mayor parte de nuestros medios de comunicación, no permiten todavía medir con objetividad el alcance del paro nacional”.
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En sus intervenciones, la crítica al aparato estatal no solo se dirigía al Ejecutivo, sino también al sistema judicial. Señaló la existencia de “jueces que se venden”, y aclaró: “El contexto de mi mensaje fue y sigue siendo denunciar un mal social enraizado en las instituciones y procedimientos que están bajo la responsabilidad de ese Honorable Tribunal”.
El relato de los hechos violentos incluyó testimonios sobre operaciones militares y asesinatos de campesinos y obreros, como lo ocurrido en la Hacienda Colima, en la Universidad Nacional y otras zonas rurales. Romero citó informes de Amnistía Internacional, destacando: “Amnistía Internacional ratificó que en El Salvador se violan los derechos humanos a extremos que no se han dado en otros países”. Además, describió los métodos utilizados para dificultar la identificación de las víctimas, como el uso de líquidos corrosivos y la práctica de atar los pulgares a la espalda de los cadáveres.
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La crítica a la represión no estuvo exenta de referencias a las consecuencias sociales: desplazamientos forzados, miedo, desapariciones y torturas. Aludió a listas completas de víctimas: “En el área rural según el vocero de Amnistía, por lo menos 3.500 campesinos huyen de sus lugares de origen, hacia la capital, para ponerse a salvo de la persecución”.
Romero también enfrentó acusaciones de “injerencia política”. Respondió desde una perspectiva teológica: “El lenguaje y la actitud de la Iglesia no invade los campos de la técnica humana o de la política sino desde una competencia evangélica que la obliga a denunciar el pecado donde quiera que se encuentre”. Rechazó los intentos de manipulación e insistió en la autonomía de la Iglesia para señalar lo que considera justo o injusto: “Yo no tengo ninguna ambición de poder y por eso con toda libertad le digo al poder lo que está bueno y lo que está malo y a cualquier grupo político le digo lo que está bueno y lo que está malo, es mi deber”.
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La conexión entre la represión y la ayuda internacional también apareció en sus homilías, especialmente respecto a la política de los Estados Unidos: “Nuestro deseo es que no se dé ayuda militar que va a redundar en represión de nuestro pueblo”. Mencionó la solidaridad de grupos cristianos de Norteamérica que compartían esta preocupación.
Romero abordó la función de la Iglesia como promotora de la dignidad humana, inspirándose en el Concilio Vaticano II y en Medellín: “La conciencia de la Iglesia no podía rehuir el sordo clamor que brota de millones de hombres pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”. Insistió en que la denuncia de la violencia estatal y de la injusticia no surge del resentimiento, sino del Evangelio: “Grito fuerte contra la injusticia pero para decirle a los injustos: conviértanse. Grito en nombre del dolor, pero que sufren la injusticia, pero para decirle a los criminales: conviértanse, no sean malos”.
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El relato de cada semana incluía un balance de los hechos violentos recientes, como asesinatos de sacerdotes y líderes campesinos, represión en zonas rurales, amenazas y secuestros. Romero utilizó estos episodios para reforzar su llamado a la conversión y la reconciliación, sin dejar de exigir justicia y el cese de la violencia: “La Iglesia también grita liberación pero no en el tono de odio ni de venganza ni de lucha de clases, porque eso no construye... Un terror no se quita con otro terror. Una mala voluntad no se mata con otra mala voluntad. El odio no siembra nada bueno”.
En los momentos finales de su vida, el tono de Romero se tornó aún más urgente. En la homilía del 23 de marzo de 1980, el arzobispo hizo un llamado directo a los soldados y a las autoridades: “Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR... Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios... Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla...”. Concluyó esa homilía con la frase que marcó un hito en la historia salvadoreña: “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.
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En el tramo final de su vida, Romero profundizó en la defensa de los derechos humanos y la crítica a la represión, enlazando la historia bíblica del éxodo con la situación salvadoreña: “Hoy también El Salvador vive su éxodo propio, hoy estamos pasando también nosotros la liberación por el desierto donde cadáveres, donde el dolor angustioso nos va asolando”. Reivindicó el papel de la Iglesia como “servidora del Reino de Dios” y negó cualquier alineamiento con partidos u organizaciones políticas: “La Iglesia no se deja cazar por ninguna de esas fuerzas porque ella es la peregrina eterna de la historia y va señalando a todos los momentos históricos lo que sí refleja el Reino de Dios y lo que no refleja el Reino de Dios”.
El día siguiente, Monseñor Romero fue asesinado. Su legado quedó inscrito en cada homilía, donde la denuncia de la represión y la defensa de la dignidad humana se entrelazaron con la esperanza cristiana de justicia y reconciliación.
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