
La tarde del 24 de marzo de 1980, la capilla del Hospital La Divina Providencia en San Salvador recibía a los fieles habituales. Un ambiente de recogimiento envolvía el lugar, mientras monseñor Óscar Arnulfo Romero se preparaba para celebrar la misa en memoria de Sara de Pinto. Nadie imaginaba que ese instante marcaría el final de una vida y el inicio de un símbolo.
Según la información que se mantiene, Romero se mostraba especialmente cercano a los asistentes, aunque algunos notaron cierta inquietud. Platicaba con toda la gente, pero había algo raro en él que nunca había visto, se diría que presentía lo que iba a ocurrirle, expresaban los asistentes de la misa. Las palabras del arzobispo cobraron un peso enorme en esa última homilía, cuando defendió el papel de la fe en la transformación social: “Muchos nos sorprenden, piensan que el cristianismo no se debe de meter en estas cosas, cuando es todo lo contrario… el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, éste vivirá como el granito de trigo que muere, pero aparentemente muere”. Expresaba en su homilía
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El silencio se rompió con un destello y una detonación. Romero cayó al pie del altar, la sangre manchó el mármol y el desconcierto se apoderó de los presentes. La religiosa madre Juanita sostuvo la cabeza del arzobispo mientras retiraba la estola de su cuello. La herida, a la altura de la cuarta costilla, no presentaba orificio de salida. El prelado fue trasladado en estado crítico a la Policlínica Salvadoreña, pero falleció en el trayecto.

Medios nacionales documentaron el ambiente que se apoderó de la ciudad tras el asesinato: el transporte público redujo su circulación, los comercios cerraron y la Fuerza Armada inició patrullajes. Bombas explotaron en sedes financieras de San Salvador, San Miguel y Santa Ana durante la madrugada, generando alarma en la población.
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El miércoles, el cuerpo de Romero fue llevado desde la Basílica del Sagrado Corazón hasta la Catedral Metropolitana en una procesión marcada por el duelo y el silencio. El funeral, celebrado el domingo, derivó en una estampida mortal que dejó una montaña de zapatos en la plaza Cívica.
En su última homilía dominical, pronunciada el día anterior, el arzobispo había dejado un mensaje que cruzó generaciones: “En nombre de Dios, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”. Según se registra en la homilía del 23 de marzo de 1980, la noticia del asesinato sacudió a la comunidad internacional. El papa Juan Pablo II manifestó que su ánimo “estaba traspasado de dolor y aflicción” y condenó el crimen como un golpe a la dignidad humana y la comunión eclesial.
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El Informe de la Verdad atribuyó el asesinato a escuadrones de la muerte y señaló como autor intelectual al ex mayor Roberto d’Aubuisson, fundador del partido ARENA, junto con los capitanes álvaro Saravia y Eduardo ávila. El conductor Amado Garay trasladó al tirador en un Volkswagen, y Walter Antonio “Musa” Álvarez junto a Saravia pagaron por el atentado, según la comisión. En 2000, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) responsabilizó al Estado salvadoreño por la violación de los derechos de los familiares del arzobispo y ordenó investigar y sancionar a los responsables. El proceso judicial fue reabierto en 2017, con Saravia como principal acusado.
Las palabras de Romero en su última homilía resonaron como testamento: “Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige”. El eco de su mensaje, pronunciado segundos antes del disparo, sigue acompañando la memoria de un país y de una Iglesia que perdió a su voz más potente en el altar.
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