
Hace veinticinco años, El Salvador vivió uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente cuando un terremoto de magnitud 7,7 sacudió el país el sábado 13 de enero de 2001, a las 11:33 de la mañana. El sismo provocó la muerte de casi mil personas y afectó a más de 1,3 millones de habitantes.
El impacto del desastre se sintió en once de los catorce departamentos del país, agravando la vulnerabilidad estructural de la nación frente a futuros fenómenos naturales. La magnitud, la extensión de los daños y el alto número de víctimas colocaron este suceso entre los más devastadores de la región en las últimas décadas.
Zona más afectada: el caso de Las Colinas en Santa Tecla
En Santa Tecla, la zona residencial Las Colinas se convirtió en el símbolo de la tragedia. Un deslizamiento de tierra, provocado por el movimiento telúrico, sepultó cerca de 200 viviendas y causó al menos 600 muertes en cuestión de minutos.
Muchas de las víctimas quedaron soterradas bajo toneladas de escombros y lodo, lo que complicó enormemente las labores de rescate. Equipos de emergencia y voluntarios trabajaron durante días enteros para recuperar los cuerpos y buscar sobrevivientes, enfrentándose a condiciones peligrosas y a la inestabilidad del terreno.

El evento en Las Colinas evidenció la fragilidad de algunas áreas urbanas frente a desastres naturales. La magnitud del deslizamiento dejó secuelas imborrables en la comunidad y subrayó la necesidad de revisar los criterios de seguridad y ubicación de los asentamientos en zonas de riesgo.
Daños materiales y humanos: impacto en viviendas, infraestructura y población
El informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) calculó que los daños y pérdidas ocasionados por el sismo ascendieron a USD 1.255,4 millones.
La Dirección General de Protección Civil reportó la destrucción de 108.261 viviendas y daños en otras 169.962, lo que se tradujo en 1.364.160 personas damnificadas. Además, 1.155 edificios públicos resultaron afectados, limitando aún más la capacidad de respuesta ante la emergencia.

El terremoto no solo alteró la vida cotidiana de millones, sino que también dejó profundas cicatrices en la infraestructura y en el tejido social salvadoreño, incrementando la vulnerabilidad general del país.
Réplicas y actividad sísmica posterior al sismo principal
Tras el devastador terremoto de enero de 2001, la actividad sísmica no cesó. A lo largo de ese año, se registraron aproximadamente 4.500 réplicas en el territorio nacional, lo que mantuvo a la población en constante estado de alerta.
Estas réplicas dificultaron las labores de rescate y recuperación, al tiempo que aumentaron el temor entre los habitantes, muchos de los cuales vieron cómo los daños en sus viviendas e infraestructuras se agravaban con cada nuevo temblor.
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