
Pablo Gerchunoff presentó el sábado pasado su nuevo libro, La imposible república verdadera (Edhasa), en la librería Notanpuan, de San Isidro. Acompañado por Gerardo Della Paolera y con un muy buen marco de público, la conversación abordó la historia, las ideas y el poder: un diálogo que fue una suerte de clase magistral y recorrió las primeras décadas del siglo XX, con el foco puesto en Hipólito Yrigoyen: desde su rol tras la muerte de Leandro N. Alem, la llegada a la presidencia,
El primero en tomar la palabra fue Della Paolera, que recordó su paso por la Universidad de Buenos Aires, cuando fue alumno de Gerchunoff. Luego planteó que el nuevo libro se ubica en una línea de trabajo en la que Gerchunoff viene trabajando desde sus estructuras más profundas. Y propuso mirar a Yrigoyen no solo como un líder político sino como el síntoma de una tensión política que persiste: “¿Es un revolucionario, un reformista o un pragmático?”, se preguntó. Y lo situó en el cruce entre dos corrientes opuestas o contradictorias: “Es la tensión entre la necesidad de un poder verticalista, y una república representativa, plural, con separación de poderes”.
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Para Della Paolera, la Argentina es un país de tradición militar con una cultura política que tiende a rechazar las reglas cuando no coinciden con el orden deseado. “No me sorprende que surja un personaje como Hipólito Yrigoyen”, dijo. “Siempre va a surgir algún personalismo porque los argentinos necesitamos cierto orden. Necesitamos algún ‘papá’ que nos dé cierto orden”.
En esa línea, subrayó que la Ley Sáenz Peña, más que democratizar el sistema, buscó contener la presión social. “Los que siguen el orden imperante piensan que con la ley Sáenz Peña se va a contener básicamente el aluvión de estos inmigrantes en un voto que los va a favorecer. Y subestiman la posibilidad de la victoria de un político”. Ese político fue Yrigoyen. Que además de ganar, se propuso intervenir el sistema desde adentro: “Pablo dice muy bien cómo Yrigoyen usa esa ley de manera instrumental, más que como un enriquecimiento de una forma de república”.
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De repúblicas posibles y repúblicas verdaderas
Después de las palabras de Della Paolera, Gerchunoff explicó que el título del libro proviene de las Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, de Juan Bautista Alberdi: ese libro, dijo Gerchunoff, está pensado como la preparación de una Constitución para una república que no terminaba de existir. Por eso, por primera vez, Alberdi dice el término república verdadera. “Es un libro en el que late la ansiedad acerca de si vamos a poder construir finalmente una Nación”.
Gerchunoff recordó que Alberdi fue explícito al advertir que esa república —con división de poderes y sufragio libre— todavía no era viable en el contexto argentino de mediados del siglo XIX. Por eso propuso la idea de una república posible, un estadio previo en el que sería necesario acumular progreso, educación e inmigración antes de estar en condiciones de acceder a un sistema democrático pleno.
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En esa clave se inscribe la historia que cuenta su trabajo: el tránsito de una república tutelada a una experiencia democrática —aun con sus límites— que comienza en 1916 con la elección de Yrigoyen. Pero esa elección, sostuvo Gerchunoff, no fue producto de un plan, sino de una serie de circunstancias azarosas. “Cuando los liberales reformistas se lanzan a la reforma del sufragio libre, a lo que se llamó ley Sáenz Peña, que es de 1912, se lanzan como se lanza cualquier político a una reforma en la que creen que van a salir ganando. Nadie hace una reforma para perder”.
Entonces se produce la Primera Guerra Mundial, que golpea a la Argentina de un modo inesperado, y cambia el clima social. Ese cambio se manifiesta en la figura de Yrigoyen, que —según Gerchunoff— encarna la paradoja de haber sido un caudillo civil que intentó ejercer un poder típicamente militar: “La Unión Cívica Radical es un partido horizontal, pero él quiere imponer su verticalidad en ese partido”.
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Yrigoyen y el Rey Lear
Una parte clave del recorrido propuesto por Gerchunoff es el modo en que Yrigoyen se vinculaba con las instituciones y con el poder. Su liderazgo, dijo, tenía un “talante revolucionario”, pero no en el sentido clásico, sino en que transformaba sin romper formalmente el régimen: intervino veinte veces las provincias, buscaba modificar la composición del Senado, negaba la legitimidad del Ejército surgido del orden oligárquico, y, sin embargo, se mantenía —al menos en la superficie— dentro de las reglas democráticas. “Era un líder popular magnético”, dijo Gerchunoff, “que jugaba al fleje”.
Cuando en 1922 debió dejar el gobierno, Yrigoyen eligió como sucesor a Marcelo T. de Alvear. No fue una decisión partidaria ni programática: fue, para Gerchunoff, una elección basada en la amistad, la confianza personal. Para comprender esa dimensión, hay que saber que cuando Yrigoyen se batió a duelo con Lisandro de la Torre, su padrino fue de Alvear. Ese gesto —privado, íntimo— deja en manos de Alvear la continuidad institucional. Y Alvear, aunque leal a Yrigoyen, se rodea de ministros anti-personalistas que no comparten el legado del ex presidente y hacen todo lo posible por evitar su regreso.
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Durante la presidencia de Alvear, la tensión interna del radicalismo crece. En los hechos, los integrantes del gobierno conspiran contra el retorno de aquel lo designó. Y a pesar de las maniobras en su contra, Yrigoyen vuelve al poder en 1928 con una elección arrasadora. “Volvió con un aluvión de votos que significan en la Argentina la inauguración de la democracia de masas”. La tasa de participación electoral fue del 80%. Es el momento de mayor afirmación del liderazgo de Yrigoyen. Paradójicamente también el inicio de su ocaso.
La figura que sintetiza ese derrumbe es Elpidio González; amigo íntimo de Yrigoyen, radical leal, vive la contradicción de cuidar al caudillo y, a la vez, proteger el gobierno. “Esto es un drama shakespeareano”, dijo Gerchunoff, “porque el problema es la sucesión, un tema muy tratado por Shakespeare; particularmente en King Lear”.
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El gobierno, paralizado, entra en una deriva que desemboca en la revolución de 1930. Gerchunoff insistió en ese término —revolución, no golpe— porque en la época todavía se pensaba la interrupción institucional como una forma de revuelta, heredera de las del siglo XIX. Lo que llama la atención, subrayó, es la debilidad del dispositivo militar. “Una revolución que no tiene militares, que tiene solo a la civilidad de la Ciudad de Buenos Aires y a los Cadetes del Colegio Militar y no tienen más que eso. ¿Cómo puede ser que Uriburu haya ganado sin ningún regimiento de Campo de Mayo, sin ninguna división del Ejército de Campo de Mayo?” El gobierno de Yrigoyen ya no estaba: se había desintegrado.
En el cierre, Gerchunoff planteó una idea que podría funcionar como una aproximación a la identidad de la UCR: “Mussolini era una figura de moda hacia fines de los años 20, y, aunque el primer Mussolini no es igual al que vino después, hay muy poco fascismo en el radicalismo. Yrigoyen, nunca; Alvear, desde ya que no, era un liberal. El fascismo es muy menor en la historia del radicalismo y esto es importante para hablar de la identidad y la diversidad”.
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Alfonsín, entre Yrigoyen y Alvear
Gerchunoff escribió hace un par de años una biografía de Raúl Alfonsín: se llama Raúl Alfonsín. El planisferio invertido y es uno de los libros políticos más importantes de los últimos tiempos.
Al final de la charla con Gerardo Della Paolera, Infobae tuvo oportunidad de preguntarle a Gerchunoff por la relación entre las dos grandes figuras del radicalismo.
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—¿Cuánto de ese Yrigoyen mantuvo después Alfonsín?
—Alfonsín se creía yrigoyenista y era alvearista. Él no supo nunca; bueno, alguna gente se lo decía. Tenía un afán caudillista, sí: en ese sentido se parecía bastante a Yrigoyen. Pero era mucho más liberal —y cuando digo la palabra “liberal” no hablo de política económica—. Alfonsín es una contradicción en los términos porque es un caudillo democrático. Él creyó toda la vida que era un heredero de Yrigoyen y tenía una especie de desprecio por Alvear, porque no terminó de entender el rol de Alvear en el radicalismo. No entendió el pacto implícito que yo cuento en el libro entre Yrigoyen y Alvear. De haber habido un enfrentamiento, Alvear hubiera sido barrido de la historia.
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