Raquel Bernal es la primera mujer en ocupar el cargo de rectora de la Universidad de los Andes, una de las universidades más importantes y tradicionales de Colombia y toda América latina. Con un Ph.D. en Economía de la Universidad de Nueva York y economista de la Universidad de los Andes, su investigación se centra en economía social, economía de la educación, economía de los hogares y laboral, y los determinantes del capital humano sobre todo durante la primera infancia. Antes de llegar a la rectoría, se dedicó a varios proyectos de evaluación de impacto de programas de atención a la primera infancia. En esta entrevista señala algunas claves para comprender cómo piensa su tarea en función de los desafíos que representa la educación universitaria en la actualidad.
—¿Cómo toma una institución centenaria como la Universidad de los Andes la innovación, la transformación educativa y los cambios que se piden desde el mundo trabajo?
—Es una pregunta muy importante. Efectivamente, esta es una universidad muy tradicional y está montada sobre principios muy tradicionales, pero escuchamos la necesidad de la transformación. En mi opinión, es un imperativo. Cómo y exactamente qué: está por definirse. Porque la transformación requiere un cambio cultural; las personas son las que lo van a llevar adelante. No lo hace la rectora ni una unidad administrativa, sino los profesores, los estudiantes, las personas que trabajan en la universidad. Pero, sí, creo que muchas de las iniciativas de transformación provienen de la industria, de entender que la gente aprende distinto de como pensábamos, de comprender las expectativas de un estudiante de la generación Z, y creo que la tecnología nos va a permitir adaptarnos para hacer una educación más individualizada, más personalizada.
—¿Siguen algunos lineamientos en la búsqueda de la transformación?
—Esta universidad tiene una gran vocación de transformación social; los fundadores decían que este no era un proyecto educativo sino que querían crear un mejor país. Nuestro compromiso con la sociedad colombiana es inmenso. Desde mi experiencia, si uno demuestra que algo es bueno, la gente adhiere. La idea que tenemos a futuro es que la universidad, de manera continua, debe aprender, pilotar, prototipar, evaluar y, con base en eso, decidir cuál es la transformación que a esta universidad le sirve más. Yo soy evaluadora de impacto. Soy economista. Creo que hay que hacerlo con evidencias.
—¿Cómo es la articulación con la escuela media?
—Es muy importante. Nosotros no trabajábamos en la articulación más allá de hacer scouting para la universidad. En este momento, yo creo que es muy importante por varias razones. Primero, por la pandemia, que dejó grandes diferencias de aprendizaje y recibimos a estudiantes con rezagos de aprendizaje muy significativos. Tratamos de llegar temprano; desde los últimos dos grados de escuela media. Trabajamos con los colegios en la nivelación, para que lleguen a la universidad con mayor probabilidad de éxito. Por otro lado, estamos muy interesados en ser más inclusivos y diversos, y eso requiere un esfuerzo que, si se empieza al llegar a la universidad, yo creo no es eficiente ni efectivo. Nos estamos articulando mejor pensando en el futuro. Hacemos mucho en una versión híbrida, porque ellos están en las escuelas y hacen algunos cursos virtuales con nosotros, y sobre el fin de semana los traemos a la experiencia en el campus, que es muy importante para el estudiante joven, de 16 o 17 años.
—Esa experiencia de llevar a los estudiantes del secundario a la universidad se ha hecho en varias universidades y logró que aumentara la cantidad de estudiantes en cada carrera.
—Es la intención. Nos ha tomado tiempo aprender cómo potenciar la experiencia. Un 30% de nuestros estudiantes de pregrado son de estratos socioeconómicos 1, 2 y 3. Y como llegan con rezagos de aprendizaje significativos, dijimos que hay que trabajarlo desde el colegio. Lo ideal es hacerlo antes. Creemos que esto puede tener éxito.
—¿Qué debe tener la tecnología para entrar en el salón de clase?
—En mi opinión, la tecnología es una ayuda adicional. En la innovación pedagógica que nos reclama el mundo, la tecnología es un accesorio para mejorar procesos. Lo más significativo de la tecnología es que brinda la mejor información para hacer seguimientos y tomar mejores decisiones y más eficientes. Las analíticas de datos, la inteligencia artificial, los procesos que permiten que me adapta a las condiciones individuales de cada alumno. A un estudiante que llega muy bien en Matemáticas, ¿por qué le voy a poner a hacer un semestre entero de un curso de cálculo? En cambio, si un estudiante llega con un rezago de aprendizaje en Matemáticas puede tomarse el tiempo que quiera y hacerlo con calma. Los profesores enseñamos al promedio. En esa medida, la tecnología va a apalancar algunos procesos de seguimiento, de individualización, de flexibilización. Con gran cuidado de entender, al menos en el pregrado, que estamos formando ciudadanos y que eso no se logra detrás de una pantalla.
—¿Cómo se relaciona la universidad con el long life learnig?
—Estoy convencida de que es indispensable a futuro. Primero, porque la innovación tecnológica cambia a los mercados laborales. Y también porque vivimos más tiempo. La gente necesita reinventarse y eso ocurre de múltiples maneras. Yo creo va a ser indispensable preparar un ciclo básico que le dé al joven herramientas para iniciar una carrera; luego, cuando ya ha tenido una experiencia y entiende un poco mejor su vocación, una segunda fase donde pueda profundizar sus saberes; y más adelante, una tercera de actualización y recalificación, que va a variar en frecuencia dependiendo de la carrera y el propósito de vida de cada persona. De momento, estamos profundizando en la educación continua, que solía ser un negocio anexo de las universidades. Lo interesante es que se vuelva la regla, que sea parte del core de lo que hacemos por la importancia de que la gente necesita y quiere actualizarse.
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