
Cientos de años atrás, el mundo era una una vastedad de secretos y misterios que se explicaban con leyendas y cuentos: los monstruos acechaban en la oscuridad del bosque, los dragones en las torres de los castillos abandonados, las brujas hechizaban a las princesas con manzanas, los duendes robaban niños, las hadas hacían que los hombres perdieran la razón.
Hoy, el mundo sigue siendo mágico, pero lo que provoca asombro no es tanto lo desconocido sino la explicación científica. La ciencia cambió nuestra forma de ver lo que nos rodea, nos entrenó, nos hizo pensar de otra manera. Por eso, el camino del héroe ya no está atado a encantamientos y sortilegios, sino que se lo relaciona directamente con la ciencia.
Pensemos en las grandes figuras de la imaginación de los últimos cien años, los superhéroes. No fue un conjuro lo que hizo que Peter Parker se convierta en Spiderman, si no que fue la picadura de una araña alterada en un laboratorio. Barry Allen es Flash, el hombre más veloz del planeta, porque estuvo expuesto a una sustancia radioactiva —o fue golpeado por un rayo o recibió la descarga de un acelerador de partículas; cambia según la serie—. Ironman no tiene poderes, pero usa su capacidad infinita para crear objetos como si fuera un superingeniero. En una especie de versión psicodélica de la teoría de la evolución, los X-Men son el resultado de mutaciones genéticas. La lista podría continuarse.
Y aquellos que tienen poderes divinos o casi divinos —como Thor, la Mujer Maravilla o Superman— vienen de otros planetas y otros universos: no dejan de estar dentro del paraguas de las teorías científicas, como el multiverso.

Héroes de guardapolvo blanco
Entre el superhéroe y el público es necesario que se dé un pacto de la ficción. Para ello, la ciencia aporta algo crucial a las historias: les da verosimilitud. De otra forma, no nos convenceríamos que un hombre puede volar y que otro se pone verde de furia. Y, así como la ciencia le entrega el poder (de explicación) a los superhéroes, ellos también pueden convertirse en grandes oportunidades de aprendizaje.
El libro Ciencia y superhéroes, de Paula Bombara y Andrés Valenzuela (Ed. Siglo XXI) es un ejemplo perfecto de esto. Es un libro con varios objetivos de lectura. Por un lado hay una cuestión lineal en la que los autores explican, con humor y claridad, aquellos fenómenos que están fuertemente vinculados a los personajes más famosos —como la energía de Goku, el ultrasonido de Black Canary, la capacidad de Magneto para atraer metales o las radiaciones en el cuerpo del Capitán América—. Pero también, y con otra profundidad, se habla de todo lo que interviene durante el descubrimiento científico: las hipótesis, los experimentos, el largo proceso que lleva a la validación de una teoría.
Bombara y Valenzuela, además muestran una imagen distinta —distinta: real— de la investigación y el trabajo los investigadores. “Un detalle que las historietas rara vez toman en consideración”, escriben, “es el papel fundamental que juega el error en el camino de la ciencia”. En esta idea se juega buena parte de la felicidad de libro, que se convierte así, no solo en un buen vehículo para conocer a los héroes que en lugar de capa usan guardapolvo, sino también, y sobre todo, en un gran manifiesto para el aprendizaje a través de la creatividad, la experimentación, la prueba y el error.
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