
“¿Te acordás qué nos ponían cuando nos iba mal en una prueba?”. Cristian Molins es uno de mis amigos más antiguos. Nos conocemos desde hace más de treinta años, cuando estábamos en el secundario. Recuerdo que pasábamos muchas tardes estudiando en el living de su casa, tratando de retener nombres de batallas, conjugaciones verbales y accidentes geográficos; cuestiones todas que, una vez pasado el examen, se nos iba de la memoria. A veces antes.
En aquella época, se calificaba con letras: el gobierno de Alfonsín había definido una escala que comenzaba con S (superó los objetivos propuestos), seguía con AMS (aprobó muy satisfactoriamente), AS (aprobó satisfactoriamente), N (no aprobó) y terminaba en NDI (no aprobó, dedicación insuficiente). Algunos memoriosos recordarán la banda punk NDI, que tuvo una vida efímera.
En el colegio habían hecho una adaptación interna de aquellos valores. En los documentos oficiales, como los libros de actas y los analíticos, mantenían la nomenclatura del Ministerio, pero puertas adentro, en pruebas y boletines, usaban otra: Distinguido, Muy bueno, Bueno, Regular, Deficiente. Que la nota máxima y la nota mínima llevaran la misma inicial, más de una vez hizo que algún corazón pegara un vuelco.

La disciplina y la retórica
Los adolescentes tienen una predisposición casi natural a la literalidad. Lo veo en mis hijos y en mis estudiantes; también en ese que fui. Cuando estudiábamos en lo de Cristian, él a veces me pedía que le diera una mano y yo en lo primero que pensaba era en Jaime, el robot espía del Súperagente 86 que, cada vez que Maxwell Smart le decía eso, empezaba a desatornillarse una.
La escuela es una institución profundamente metafórica. Está cargada de signos y símbolos. Abstracciones que van desde la representación de formas de la identidad nacional como la idea de Patria hasta los elementos de la geometría. La metáfora está tan presente en la educación que apropiarse de un objeto de estudios es también apropiarse de una retórica: matemática, histórica, científica, lingüística. Siguiendo el silogismo, entonces, podría decirse que el pasaje de la literalidad a la metáfora es lo que distingue al aprendiz del experto.
¿Pero qué pasa con las evaluaciones? No hay nada más concreto que una nota. El docente sabe que una prueba es instancia de aprendizaje, un momento para integrar contenidos y dar un salto cognitivo. El estudiante quiere aprobar. Y la nota se lee literal.

Evaluación y metáfora
Estoy convencido de que no fui el único: necesité mucho tiempo para entender que sacarme un “Deficiente” hablaba de mi rendimiento académico, pero no de mí ni de mi inteligencia. La calificación “Deficiente” encierra un criterio biologicista que pone al error como un defecto y al que lo produce como alguien fuera de la norma: un anormal. Y, del otro lado, estaba el “Distinguido”: el distinto —nunca el diferente—. Las notas arman una suerte de división social, un sistema de castas.
Perkins dice en La escuela inteligente que el conocimiento frágil duele. Creo que es responsabilidad del docente explicitar la carga metafórica que hay en toda evaluación para evitar que el dolor se convierta en un signo irrevocable.
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