
En una encuesta que cualquiera de nosotros hiciera con sus compañeros de trabajo, nadie o casi nadie diría que prefiere volver a la oficina de lunes a viernes, de 9 a 18. Volver a la oficina, sí: el cambio de aire ayuda a la concentración; las reuniones pueden ser más eficaces en persona; los chistes y las chicanas futboleras delante de la máquina de café ayudan a distender el ambiente y, a veces, así es cómo surgen proyectos de trabajo.
Pero ¿volver cuarenta —y a veces más— horas semanales? ¿Después de un año y medio de entrenarse en el home office? ¿Después de ver cómo se aprovecha el tiempo, cómo se almuerza mejor, cómo se evitan las largas horas de viaje en tren, en subte, en colectivo? Nadie querría volver al régimen laboral que se quebró el 20 de marzo de 2020.
¿Por qué, entonces, les exigimos a los estudiantes que vuelvan a clase como si nada hubiera pasado?
La escuela es un invento maravilloso y los maestros son grandes innovadores. Pero, paradójicamente, también son —somos— conservadores.
Muchos educadores han señalado este contrasentido con una imagen súper potente. Si un hombre de 1850 fuera transportado a nuestros días, se rompería el cerebro tratando de interpretar la realidad. Excepto en un aula, donde no sólo entendería sino que hasta se sentiría en un entorno seguro.

No quiero sonar injusto con los maestros y profesores que desde hace años llevan adelante metodologías modernas de educación como el aprendizaje basado en proyectos, aula invertida, aprendizaje colaborativo, aprendizaje basado en juegos, design thinking, aprendizaje de competencias, etc.
Pero la escuela y los docentes tenemos una capacidad asombrosa para absorber las transformaciones sociales, políticas y tecnológicas, y hacer del aula un claustro intocado, inmaculado. Tampoco somos los únicos responsables: en la educación hay una variedad de actores —en donde incluyo, por supuesto, a los padres de los estudiantes— y todos, en mayor o menor medida, contribuimos a ralentizar los cambios.
Ni la computadora a fines del siglo XX ni internet a principios del XXI pudieron romper las dinámicas tradicionales, y los discursos mesiánicos que traían fueron prontamente silenciados. El teléfono celular fue el primer dispositivo que realmente amenazó la homogeneidad del aula y por eso hubo tantos y tan intensos debates acerca del uso en clase. Pero entonces vino la pandemia —y como decía la canción de Serú Girán: el mundo hizo ¡plop!

Cuántas habilidades desarrollaron nuestros estudiantes —nuestros hijos— en la virtualidad. Cuántas estrategias pusieron en práctica. La interrupción de la educación presencial fue un terremoto, y entre las grietas aparecieron las videoconferencias por Meet y Zoom, se reavivó el mail, hubo ejercicios por WhatsApp, evaluaciones con formularios de Google y muchísimas apps.
Hoy nos movemos en un entorno híbrido. La presencialidad es imprescindible, la virtualidad es inevitable. ¿Hacemos bien en clausurar la experiencia de la clase a distancia? Más allá de las burbujas —una solución necesaria, pero externa: fue impuesta por un control sanitario—, ¿no es esta la oportunidad de dar un salto radical y llevar a la educación definitivamente al siglo XXI?
Docentes y alumnos debimos hacer el esfuerzo de aprender a movernos en un nuevo mundo, pero qué es la educación sino un proceso de apropiación del mundo.
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