La aparición de un nuevo modelo económico desarrollado por Javier Milei y Demián Reidel busca generar debate en ámbitos académicos y políticos. El documento, titulado “Minimum Viable Scale: Extinction and Escape under Increasing Returns”, propone una revisión crítica de las bases de la microeconomía clásica y asegura desafiar la visión tradicional sobre el crecimiento y la supervivencia de las economías.
En el resumen de divulgación que acompaña la publicación, los autores formulan una pregunta central: "¿Puede una economía ser demasiado chica para sobrevivir?". La teoría tradicional, explican los autores, responde que la escala no importa y que todo país tiende a converger y alcanzar a los demás. El trabajo de Milei y Reidel afirma lo contrario: “Existe una escala mínima viable: por debajo de ella el colapso es inevitable, y por encima crecer deja de ser una opción entre varias para volverse la única decisión racional”.
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Este enfoque se apoya en la idea de rendimientos crecientes -por oposición a la de rendimientos decrecientes- y en la necesidad de incorporar herramientas matemáticas avanzadas para abordar la complejidad de la realidad económica. “La microeconomía que se enseña en todas partes descansa sobre un supuesto: los rendimientos decrecientes. Cada máquina adicional rinde menos que la anterior; cada hora extra, también. En ese mundo todo se acomoda solo. Los mercados se equilibran, los países pobres alcanzan a los ricos y el tamaño de una economía no importa. La realidad, como muestra la historia, es otra”, expresan los autores en el resumen.

La crítica que intentan los autores al paradigma predominante se vincula con la dificultad matemática que presentan los modelos con rendimientos crecientes. Según el resumen, “con rendimientos decrecientes los modelos se resuelven con cálculo elemental: las curvas se cruzan una sola vez, el óptimo es único, los teoremas salen solos. Con rendimientos crecientes nada de eso funciona — aparecen umbrales, trampas, destinos que dependen del punto de partida — y la matemática tradicional no alcanza para resolver el modelo. Ese es el secreto a voces de la microeconomía, la trampa neoclásica que el Presidente bautizó en su libro: suponer algo que se sabe falso para que los modelos cierren. Buscar la llave bajo el farol, porque ahí hay luz”.
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El trabajo presentado en Davos 2026 por Milei se apoya en este marco teórico, donde “regular para forzar a la economía dentro del molde de la competencia perfecta es matar la fuente del crecimiento”. El resumen lo sintetiza: “La omnipotencia del Estado, las regulaciones, destruyen el derecho de propiedad y eso mata los rendimientos crecientes y, por ende, el crecimiento es menor”.
El paper propone que la economía real funciona bajo una lógica distinta a la que describen los modelos tradicionales. “El modelo es simple de enunciar. Hay una economía con capital que se desgasta y una capacidad de trabajo que tiene techo: nadie trabaja infinito. Quien decide — el país, si se quiere — elige en cada momento cuánto consumir y cuánto invertir, mirando el futuro completo. La dificultad no está en el enunciado. Está en que, con rendimientos crecientes, el problema abandona el terreno amable donde el cálculo de siempre funciona, y hace falta otra caja de herramientas. El paper la construye con herramientas matemáticas avanzadas: optimización dinámica no cóncava, barreras de Bellman y demostraciones asistidas por computadora en aritmética exacta”.
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El modelo identifica tres umbrales clave para la economía: el umbral de extinción, el piso de retorno y el umbral de despegue. Según el resumen, “hay un nivel de capital debajo del cual una economía ya no puede mantenerse: lo que produce no alcanza para reponer lo que se gasta. No es una metáfora ni un escenario pesimista; es un teorema. Debajo de κ, se haga lo que se haga, toda trayectoria termina en cero”. Además, “sobrevivir no alcanza: invertir tiene que rendir. Una economía puede mantenerse en pie y aun así no darle a nadie un motivo para invertir en ella. No muere; se queda quieta. Es la primera vara que sube cuando la regulación empieza a estorbar”. Por último, “pasada esa línea, crecer conviene siempre: cualquier otro camino deja a la economía peor. Quedarse quieto nunca es la mejor decisión”.
La cultura del trabajo aparece como un parámetro determinante dentro del modelo. “Hay un parámetro que decide todo lo demás: cuánto trabajo está dispuesta a movilizar una sociedad. El paper lo llama L¯ y prueba que tiene un piso. Si la capacidad de trabajo cae debajo de ese piso, el conjunto de economías sostenibles queda vacío: no colapsan las chicas, colapsan todas, arranquen de donde arranquen”. En palabras del resumen: “El paper no modela la cultura; modela su consecuencia. Una sociedad donde trabajar pierde valor social se comporta, en el modelo, igual que una cuyo L¯ cayó bajo el piso. Por eso la batalla cultural no es un adorno retórico: en este modelo, la valoración social del trabajo es una variable de supervivencia. El teorema dice qué pasa cuando falta. No queda economía”.
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La valoración que una sociedad otorga al esfuerzo incide directamente en su posibilidad de subsistir. “Las sociedades que celebran el esfuerzo movilizan más trabajo; las que lo castigan — con desprecio o con incentivos a no trabajar — movilizan menos. Y ese menos cuesta caro: cuando L¯ cae, el techo de lo sostenible baja y el piso de lo indispensable sube. Es la misma pinza que veremos con la regulación”.
La cuestión de la regulación ocupa un lugar central en el planteo. “Los economistas llaman cuña (wedge) a todo lo que se mete entre el esfuerzo y su fruto: el impuesto que distorsiona, la traba, el trámite de más”. El resumen destaca tres resultados: “Toda cuña condena una franja. No importa lo pequeña que sea: al subir el umbral de extinción, economías que ayer eran viables amanecen condenadas. Cerca del piso, la sensibilidad explota. A una economía que opera cerca de su mínimo la destruye una cuña diminuta. Existe una cuña crítica. Pasado cierto punto, no sobrevive ninguna condición inicial: la economía entera queda condenada, arranque de donde arranque. Cuando los rendimientos crecientes son leves, esa cuña crítica puede ser sorprendentemente chica”.
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El texto advierte que “juntos, los tres resultados dibujan una pinza: cada regulación sube el piso — el capital mínimo para sobrevivir — y baja el techo — el máximo que se puede sostener. El país posible se angosta con cada vuelta de rosca, hasta que los dos bordes se tocan. La lección no es que toda regulación mate: es que la regulación consume el espacio donde la vida económica es posible, y ese espacio no se termina de a poco. Se termina de golpe. Una economía puede absorber cien trabas sin drama y desaparecer con la ciento una. La regulación excesiva no es un costo más: puede empujar la economía debajo de su umbral de existencia. El costo de la última traba no se mide en puntos de producto; se mide en si la economía sigue existiendo”.
El documento presentado por Milei y Reidel se apoya en ejemplos históricos para ilustrar sus afirmaciones. “Durante casi toda la historia humana, el ingreso por persona no se movió. Un campesino romano y uno del siglo XVII vivían, en lo material, casi la misma vida: la humanidad caminó mil ochocientos años sobre una línea plana. Y de pronto, hace apenas dos siglos, la línea se quiebra hacia arriba y ya no vuelve a bajar. Los economistas llaman a esa figura el palo de hockey, y explicarla es el problema central de la disciplina... ¿Qué se quebró en 1800? La lógica de la producción. Mientras la economía dependió de la tierra, un factor que no se puede multiplicar, cada boca extra empobrecía a las demás: rendimientos decrecientes en estado puro. La salida fue otra lógica. Adam Smith la vio en 1776 en una fábrica de alfileres: diez obreros que por separado no habrían hecho ni veinte alfileres diarios cada uno, divididos en dieciocho operaciones producían cuarenta y ocho mil. La división del trabajo, las máquinas y el conocimiento — que no se gasta al usarse: se multiplica — invirtieron el signo de la producción. Más escala pasó a rendir más, no menos. Los rendimientos crecientes son el motor del palo de hockey: sin ellos no hay despegue ni mundo moderno”.
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El resumen de divulgación concluye con una síntesis del argumento central: “Las economías tienen un tamaño mínimo debajo del cual no existen. La cultura del trabajo decide de qué lado del umbral vive una sociedad. La regulación excesiva puede empujarla al lado equivocado”. Y añade: “Cruzado el umbral, despegar no es un sueño: es la única decisión racional”.
El propio Milei, durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos en enero de 2026, vinculó estas ideas con su programa de gobierno: “Los políticos deben dejar de fastidiar a quienes están haciendo un mundo mejor”.
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Finalmente, el texto señala que “las políticas del Presidente Milei buscan devolver a la Argentina al lado correcto del umbral y convertirla en el país que todos soñamos”.
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