
Los distintos factores no podrían combinarse este mes de una manera más desafortunada. Aunque no es casualidad, sino más bien consecuencia de las distintas medidas económicas tomadas a la largo del año con el fin de preservar las reservas del Banco Central, lo cierto es que los efectos que ahora coinciden son nefastos y contraproducentes a ese objetivo primordial. La ola de venta de divisas desde que empezó noviembre, que asciende a los USD 618 y que totaliza un rojo para el Banco Central superior a los USD 1.100 millones desde que finalizó en septiembre la vigencia del “dólar soja”, no sólo tiene contrapartida en la mayor presión de los importadores, con pagos postergados comienzan a vencer tras haber obtenido financiamiento propio según las restricciones impuestas por la autoridad monetaria. También tiene un peso determinante el menor ingreso de divisas, típico de esta altura del año pero, en esta ocasión, acentuada por diferentes motivos.
El promedio de liquidación diaria se ubica, por estos días, en USD 48 millones, lo que representa una cifra 52% por debajo de noviembre del año pasado cuando ingresaron a razón de USD 100 millones diarios y también respecto de octubre cuando ese promedio se ubicó en los USD 60 millones por día.
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Estas cifras dan fundamento a la interpretación de analistas del sector según la cual el incentivo que implicó para los exportadores de soja el tipo de cambio diferencial a $200 que se aplicó en septiembre indujo un adelanto de la liquidación, recortando el volumen en los meses siguientes. Al ritmo actual de ingreso de dólares, la cifra de este mes se proyecta por debajo de los USD 1.000 millones, lo que marcaría uno de los peores noviembres de la última década. Se registran, en esa retrospectiva, dos fechas bien marcadas: la primera, en 2015, cuando la expectativa de devaluación tras el cambio de gobierno era en rigor una certeza para los exportadores, por lo que se produjo un ingreso mínimo de apenas USD 450 millones. La segunda, en 2018, con un flujo de USD 810 millones, cuando también persistía cierta incertidumbre cambiaria a pesar de las corridas ya ocurridas previamente durante ese año y, sobre todo, todavía impactaban las consecuencias de la fuerte sequía que afectó las cosechas en ese período.

Aunque los expertos no auguran por el momento condiciones tan dramáticas, también la actual sequía recorta las proyecciones y se torna en un elemento clave en el flujo de dólares esperado en los próximos meses. En este sentido, un relevamiento del el Sistema de Información sobre Sequías para el Sur de Sudamérica (SISSA), una organización internacional que monitorea los eventos climáticos, señaló la semana pasada que actualmente más de la mitad de la Argentina se encuentra bajo una condición de déficit hídrico, que va desde un panorama de sequía “extrema y excepcional” hasta estados “anormalmente secos”. De acuerdo a ese monitoreo, que contempla la evolución de la situación en el último trimestre, el 59,87% de la superficie del país se encuentra atravesando una sequía que varía en su intensidad en las distintas zonas.
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Ese diagnóstico coincide con las proyecciones del Movimiento CREA, que estimó en USD 2.500 millones las pérdidas ocasionadas en trigo y cebada, tanto por la sequía como por las heladas tardías, particularmente en las zonas del centro-norte de Buenos Aires, centro y sur de Santa Fe y el este de Córdoba. Previsiblemente, esa situación afectará la disponibilidad de dólares, tal como lo anticipó Matías Campos, técnico de CREA. “Las pérdidas productivas y económicas, además de generar problemas serios, tanto a las empresas agrícolas como a las comunidades en las cuales éstas se desenvuelven, también impactarán a nivel nacional al proveer una menor disponibilidad de divisas para el año 2023″.
La complejidad del panorama no pasa desapercibida para el Gobierno, puntualmente para el ministro de Economía, Sergio Massa, que busca destrabar desembolsos de organismos internacionales con la expectativa de sumar unos USD 3.000 millones al tiempo que a principios de esta semana anunció beneficios en términos cambiarios para los exportadores de las economías regionales. El alcance de lo que ya se denomina “dólar regional” no está aún definido aunque, está claro, su impacto en términos de ingreso de divisas será mucho menor a los resultados obtenidos por la medida aplicada a las ventas de soja y está más orientada a paliar pérdidas que sufren esas economías ante la adversidad climática.
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