
La vuelta a un mundo en el que un país más grande y fuerte puede apropiarse de uno más débil y en el que la guerra dejó de ser implausible, es un retroceso de al menos 70 años en la historia mundial, advirtió recientemente el gurú futurista israelí Yuval Noah Harari, pero con un agravante: el surgimiento de armas cibernéticas y el desarrollo de la Inteligencia puede resultar en una era de guerras mucho peor que las conocidas hasta ahora.
La declinación de la guerra fue uno de los grandes logros políticos y morales de la civilización moderna y no fue un milagro, sino una decisión humana y, como tal, es reversible, recordó recientemente este rastreador de las grandes líneas de la historia. Significó, entre otras cosas, que en las últimas décadas los gobiernos del mundo asignaran en promedio 6,5% de sus presupuestos a gastos militares luego de milenios en que estos habían sido los principales ítems a los cuales asignaban recursos príncipes, sultanes y autócratas de diverso tipo. Luego de la segunda guerra mundial, remarca, los presupuestos en educación, salud y programas sociales superaron largamente los de defensa y bélicos.
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Por eso, según Harari, la invasión de Rusia a Ucrania debe preocupar a todos los habitantes de la tierra. “Si vuelve a ser norma que un país poderoso engulla a un vecino más débil, cambiará el modo en que los pueblos se sientan y comporten”, razona. En suma, el riesgo de volver a la ley de la jungla, con un consecuente salto en gastos militares a expensas de lo demás, en el que el dinero para maestros, enfermeras y trabajadores sociales será reasignado a tanques, misiles y armas cibernéticas”, escribió el autor de best sellers globales como “De animales a dioses”, “Homo Deus” y “21 lecciones para el siglo XXI”.
Un golpe a la cooperación global
Otro efecto será el socavamiento de la cooperación global en temas como la prevención del cambio climático y la regulación de tecnologías disruptivas -Inteligencia Artificial, Ingeniería Genética- cuyo avance, a su vez, agravaría los efectos de un conflicto armado, creando un círculo vicioso que “amenazaría a nuestra especie”.
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Harari recordó recientemente en un ensayo publicado por la revista británica The Economist, que hay dos grandes escuelas históricas: una que niega la posibilidad del cambio, afirma que el mundo es una jungla y que lo único que impide que un país engulla a otro es la fuerza militar, y otra que dice que la guerra no es una fuerza de la naturaleza y que su existencia e intensidad dependen de factores tecnológicos, económicos y culturales y cambian con éstos.
Según el historiador, en los últimos 70 años las evidencias de cambio fueron abrumadoras. Las armas nucleares hicieron impensable –o un acto de locura y suicidio colectivo- la guerra entre potencias y las forzó a buscar modos menos violentos de resolución de conflictos. Eventos como la Segunda Guerra Mundial se volvieron implausibles.
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Los cambios en la economía y la cultura
Otro cambio fundamental fue que la economía global pasó de basarse en las materias primas a basarse en el conocimiento, que al no poder adquirirse por la fuerza hizo que disminuyera “la rentabilidad de la conquista”. Y también cambió la cultura: se dejaron de alabar las hazañas militares y el mundo pasó a ser dominado por elites que ven a la guerra como un mal evitable y gobernantes que acceden al poder basados en promesas de reformas internas, antes que en conquistas externas.
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La suma de implausibilidad de la guerra y los cambios en la economía y la cultura hizo que, afirma Harari, en lo que va del siglo XXI la violencia humana causara menos muertes que los suicidios, los accidentes automovilísticos o las enfermedades relacionadas con la obesidad. O, como resume, que la polvora se volviera menos letal que el azúcar.

Por eso, insiste, lo que está en juego es si la agresión rusa retrotraerá a la humanidad a la ley de la selva, con un consecuente salto en gastos militares a expensas de lo demás. Un mundo en el que “el dinero que debe ir a a maestros, enfermeras y trabajadores sociales, irá en cambio a tanques, misiles y armas cibernéticas”.
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La vieja lógica, los nuevos recursos
En suma, volver a la lógica que imperó hasta la primera mitad del siglo XX, pero con recursos del siglo XXI y una profunda herida a las posibilidades de cooperación global en cuestiones como el cambio climático y la regulación de tecnologías disruptivas, como la Inteligencia Artificial, Ingeniería Genética, que a su vez agravarían las consecuencias de conflictos armados, al punto de crear un círculo vicioso que –alerta Harari- “amenazaría a nuestra especie.
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Según Harari, si uno cree que el cambio humano es imposible, queda elegir entre ser predador o presa y ante tal disyuntiva, la mayoría de los líderes optarán –si pueden- por ser predadores alfa. Pero, concluye, volver a la ley de la selva es más una elección humana que una inevitabilidad, y cualquier líder que arruine “nuestro más grande logro” (por la paz) más que ser recordado con gloria, como en el pasado eran recordados los héroes de la guerra, lo será por habernos vuelto a la selva.
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