
El sistema financiero argentino atravesó un 2021 muy convulsionado por las novedades en el negocio de los medios de pago, cada vez más amplio y competitivo, pero también cierra un año con una alarmante quietud en materia crediticia. En los bancos aseguran que el año que está a punto de terminar los deja con muchos pesos pero sin nadie a quien prestarlos. Los números cierran bien, pero el sistema no luce cómodo sabiendo que tiene un único gran cliente: el Estado.
El escenario de los bancos tiene una doble cara. En la principal virtud de las entidades argentinas, sus indicadores muy positivos en materia de solvencia y liquidez, reside al mismo tiempo su principal falencia: el sistema financiero tiene un tamaño reducido y con escasa profundidad a la hora de dar crédito. La ventaja de tener bancos sólidos y con bajas señales de riesgo tiene como contrapartida una relación créditos/PBI de apenas el 7,2%, entre las más bajas del mundo. El sistema es sólido y con baja morosidad, pero ese bajo riesgo proviene de que presta muy poco al sector privado.
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En noviembre, según datos de First Capital, los préstamos totales al sector privado registraron un crecimiento interanual del 48%, que ni siquiera alcanzó el 51,2% de la inflación en el mismo período. La recuperación post-pandemia de 2021, con una suba del PBI cercana al 10%, se financió “con la caja” de las empresas, casi sin préstamos.

La excepción a esta regla fueron las líneas crediticias subsidiadas. La principal es la de Financiamiento de Inversión Productiva para pymes, por la que los bancos deben destinar el 7,5% de los depósitos privados a préstamos a tasas del 30-35%, por debajo de la inflación. Esta línea representa el 18% del total de préstamos a empresas. En el segmento de individuos, la excepción se materializó mediante los “planes Ahora” para revitalizar el consumo tentando a la clase media a financiarse sacándole ventajas a la inflación con las cuotas fijas. La compra de bienes durables en cuotas trajo algo de movimiento a las tarjetas de crédito, al igual que los planes especiales estilo “Black Friday” o “Hot Sale.
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En los préstamos bancarios tradicionales, personales, prendarios o hipotecarios, el movimiento fue muy limitado. “No se trata de tasas, ni de condiciones, ni de política comercial. Por la inflación y la incertidumbre económica, la gente no demanda crédito, ni las familias ni las empresas. A menos que haya tasas subsidiadas, donde claramente se le va a ganar a la inflación, no tenemos demanda”, explicaron a Infobae en un banco privado líder.
Pese a los discursos oficiales que priorizan las exportaciones como el camino para salir de la crisis, los préstamos en dólares también tuvieron un mal año. Cuando se inició el gobierno de Alberto Fernández, el stock total de créditos en dólares al sector privado era de USD 10.700 millones; hoy, apenas supera los USD 4.000 millones. Durante 2020, ese stock que indica principalmente asistencia crediticia para los exportadores se redujo un 23%.
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A la vez, esa performance limitada en materia crediticia va a acompañada otros indicadores que muestran un sistema financieros de bajo riesgo. La morosidad del sistema ya dejó atrás el momento crítico de la pandemia y está por debajo del 5%. La “liquidez amplia” supera el 67% de los depósitos, un nivel por demás elevado para dar seguridad a los depositantes.
Pero esa enorme liquidez, en su mayoría, está armada en base a la deuda del Banco Central (Leliq y pases) y a la deuda del Tesoro. De esta forma, el cliente esencial de los bancos es el estado. Según el último Informe sobre Bancos del BCRA, el 30,7% de los activos de los bancos son préstamos al sector privado. El resto está volcado al sector público, tanto en instrumentos del BCRA (28,4%) como en créditos al estado y otras vías.
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Mientras el país con menos crédito del mundo no puede salir de esa encerrona, aparece otro país, el del “solo efectivo” en el que se usan billetes para hacer 8 de cada 10 pagos, que parece haber empezado a cambiar. Así como la actividad creditica está muy apagada, todo lo referido a los medios de pago electrónicos no paró de crecer en 2021, con la aparición de nuevos jugadores y servicios.

Los números son contundentes. Según el BCRA, en septiembre (último dato oficial disponible) las transferencias inmediatas se expandieron un 89% en cantidad de operaciones y un 19% en montos medido en términos reales, es decir, descontada la inflación. Los pagos con tarjeta de débito, tanto de manera presencial como electrónica, registró en ese período una suba del 33% en cantidades y del 19,5% real en montos.
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“El crecimiento de transferencias a través de medios de pago digitales —como por ejemplo a través de la banca móvil— y el mayor uso de billeteras electrónicas —con intervención de CBU y/o CVU— dan cuenta de una profundización del proceso de digitalización de los medios de pago que se viene evidenciando desde inicios de la pandemia”, señaló un informe del Banco Central.

En este competitivo mercado, el año que se va encontró a los bancos como competidores de las fintech, a la vez que también como aliados obligatorios en determinadas áreas, como la interoperabilidad entre ambos mundos, tanto para transferencias como para pagos QR, según el plan “Transferencias 3.0″ que ya registra 50.000 operaciones diarias por esa vía. Interactuar con las fintech es obligatorio para los bancos por cuestiones regulatorias pero también de mercado: ya hay 25 millones de cuentas virtuales frente a 100 millones de cuentas bancarias.
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De este modo, el sistema bancario se orienta cada vez más hacia lo transaccional y pierde peso la actividad esencial de los bancos, que es la intermediación financiera: captar depósitos para luego prestarlos. En ese sentido, en los planes comerciales de todas las entidades hay más foco en tarjetas y transferencias que en líneas crediticias, un sesgo que seguramente no será modificado mientras no haya otro escenario macroeconómico.
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