
Martín Guzmán reflotó en febrero pasado la “tablita cambiaria”, una regla para subir de manera casi líneal el dólar oficial. Fue la manera que encontró el ministro de Economía para tratar de dar previsibilidad a los mercados, conseguir más financiamiento en pesos y sobre todo dominar la inflación. Consiguió parcialmente los dos primeros objetivos pero falló en el más importante, porque los precios mantuvieron su fuerte ritmo de suba a lo largo de todo año, que proyecta con un aumento del índice minorista en torno al 50%.
La fuerte tensión cambiaria y el bajo nivel de reservas que queda en poder del Banco Central obligan a tomar una decisión con el dólar oficial. La apuesta de los inversores es que no puede demorar mucho la salida de esta “tablita”, que no es muy diferente a la que en su momento impuso el entonces ministro José Alfredo Martínez De Hoz durante el gobierno militar de 1976. El atraso cambiario en aquel momento llevó a un sinceramiento años más tarde, que tuvo que enfrentar su sucesor, Lorenzo Sigaut, quien pronunció aquel triste y célebre “el que apuesta al dólar pierde”.
Ahora el atraso no es tan significativo, teniendo en cuenta que este ajuste gradual del dólar del 1% contra la inflación del 3% lleva menos de un año. El tipo de cambio real multilateral que mide el Banco Central arroja que el dólar de hoy está todavía un 20% más alto que el de fines de 2017, pocos meses antes de que sobreviniera la crisis cambiaria durante el gobierno de Mauricio Macri, que terminó pidiendo auxilio al FMI.
¿Cuáles son las opciones de Guzmán para salir de su propia “tablita”? En realidad no tiene muchas alternativas; son básicamente cuatro:
- Mantener el ajuste cambiario de 1% mensual: suena directamente inviable y de baja probabilidad de ocurrencia. No sólo la inflación corre a un ritmo tres veces mayor, sino que además la presión del mercado cambiario le impediría seguir mucho tiempo más a este ritmo. Por otra parte, dejar el piso casi fijo significa que la brecha cambiaria podría seguir aumentando, algo muy peligroso para el funcionamiento de la economía.
- Avanzar con un salto devaluatorio: esta posibilidad ha sido descartada en varias oportunidades tanto por el ministro como por el presidente del Central, Miguel Pesce. El razonamiento válido que esgrimen es que un aumento discreto del dólar, como sucedió en enero de 2014 cuando pasó de $ 6,50 a $ 8, sólo generaría más aumento de la inflación y ningún beneficio por el lado cambiario. Claro que si las presiones son muy grandes, como viene ocurriendo en las últimas semanas, no quedarán muchas opciones que endurecer todavía más el cepo cambiario.
- Promover un ajuste más rápido pero gradual del tipo de cambio: el ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, sugirió que ese incremento debería ubicarse entre 3 ó 4% mensual, en línea con un aumento tarifario y de salarios para el 2022. Sería la manera de avanzar en una solución lo menos traumática posible para salir gradualmente del esquema actual, que no es sostenible por mucho tiempo más. Aumentar más rápido el dólar oficial tendría sin embargo consecuencias inflacionarias al encarecer los insumos. Suena imposible hacer este movimiento al tiempo que se obliga a las compañías a mantener congelados los precios de la canasta de consumo. Se volvería así al esquema que llevó adelante el titular del BCRA ni bien arrancó el gobierno de Alberto Fernández y durante todo el 2020. Es decir, evitar que el tipo de cambio se atrase en relación al aumento de la inflación.
- Liberar el mercado cambiario como se hizo en 2015: Es la última de las posibilidades, pero queda totalmente descartado que el Gobierno lo intente. El peligro, en medio de un clima de fuerte desconfianza y escaso nivel de reservas, es que la cotización del dólar oficial prácticamente se descontrole, generando un fuerte fogonazo de los precios que podría dejar al país al borde de la hiperinflación.
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