
El próximo 24 de noviembre se cumplirán 50 años desde aquel día de 1971 en que “D. B. Cooper” secuestró un avión de pasajeros, cobró USD $200.000 dólares y escapó en paracaídas para nunca ser detenido. El caso es emblemático porque es el único hijack -cómo llaman en EEUU al secuestro de aeronaves- que el Buró Federal de Investigaciones (FBI, por su sigla en inglés) jamás pudo resolver.
El caso ya no está más activo, pero tuvieron que pasar 45 años para que el FBI decidiera finalizar las investigaciones. Más de 4 décadas de seguir pistas, hasta en julio de 2016 se dio por vencido.
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“El 8 de julio, el FBI decidió redireccionar los recursos dedicados al caso D.B. Cooper -nombre con el cual se popularizó- para enfocarse en otras prioridades de investigación. Durante los 45 años de pericias, el FBI revisó exhaustivamente las pistas creíbles, coordinó la tarea de múltiples oficiales en búsquedas, recolectó toda evidencia a disposición y entrevistó a todos los testigos identificados. Las pruebas obtenidas a lo largo de estos años serán preservadas para propósitos históricos en el Cuartel General del FBI en Washington DC”, indicaron entonces el FBI en un comunicado.

Aquella tarde de miércoles de noviembre de 1971, un hombre que se hacía llamar Den Cooper compró un boleto de ida desde Portland hacia Seattle, pagó en efectivo y esperó a que se anuncie el embarque. Una vez en su butaca del Boeing 727-100 del vuelo 305 de Northwest Orient, Cooper esperó a que el avión finalizara su despegue y tras ordenar un bourbon con soda y hielo, le dio una nota a la azafata en la cual decía que tenía una bomba a bordo.
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La tripulante notificó a los comandantes las demandas del secuestrador: cuatro paracaídas -dos de espalda y dos de emergencia- y USD $200.000 en billetes de 20 dólares sin marcar. Así daba inicio el secuestro del vuelo 305. Una vez que piloto y copiloto informaron a la autoridades lo que estaba sucediendo, se juntó rápidamente el dinero del rescate, pero antes, el FBI fotografió todos los billetes para registrar los números de serie de cada uno.

Mientras el avión se aproximaba a su destino, el piloto le pidió a la misma azafata que había hablado con Cooper que se siente a su lado e intente confirmar la presencia del explosivo. Ella lo hizo, y al rato de estar hablando con el delincuente, este se dio cuenta de sus intenciones y abrió un maletín del cual se dejaron ver varios objetos cilíndricos y cables. La bomba era, o parecía, real.
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Una vez que el avión aterrizó en Seattle, Cooper obtuvo lo que pretendía y cumplió su parte del acuerdo. Liberó a 36 pasajeros y -luego de un reabastecimiento de combustible- le ordenó al piloto que despegara rumbo a la Ciudad de México.
En pleno vuelo, en alguna parte entre el lugar de partida y Reno, una localida del estado de Nevada, Cooper se ajustó un paracaídas a la espalda, tomó el bolso con los USD $200.000, abrió una compuerta trasera del Boeing 727 y saltó.
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Desde las 20 horas de aquel día, nunca más se supo de él. D.B. Cooper se convirtió en un fantasma.

Las teorías alrededor del caso fueron de lo más diversas. Desde que habría sido un paracaidista del ejército, hasta que el secuestro fue obra de un improvisado, debido al alto riesgo que supone saltar desde un avión comercial.
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El caso fue investigado por Ralph Himmelsbach, quien durante años investigó cientos de pistas, o supuestas pistas, entrevistó a una interminable cantidades de personas, recibió miles de cartas sobre supuestos avistamientos de Cooper y muchísimas llamadas telefónicas. La mayoría de las pistas eran falsas o de nula relevancia para el caso. Casi cinco décadas después, todo sigue igual.

El rastrillaje de 18 días consecutivos que se llevó a cabo en la zona donde podría haber aterrizado el secuestrador arrojó resultados nulos. Hubo que esperar 7 años para que en 1978 un cazador encontrara una pancarta con explicaciones sobre cómo abrir la puerta trasera de un Boeing 727. Otra pista importante salió a la luz en 1980: un niño que acampaba con su familia encontró USD $58.80 en billetes semidestruidos en las inmediaciones de Vancouver, Washington.
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Pero nada más allá de esto. La creencia de muchos que siguieron el caso es que Cooper nunca sobrevivió al salto. El paracaídas que recibió no era de los mejores, y se estima que aterrizó en medio del bosque, vestido de traje, en pleno invierno y de noche. ¿Cómo podría haber sobrevivido?

Son todas meras conjeturas. Existieron varios sospechosos, pero el FBI los fue descartando a todos y nunca pudo resolver el misterio de identidad del secuestrador, ni tampoco si logró escapar con el dinero o no. Nunca se halló ningún cuerpo y a menos que aparezcan nuevas pistas, el caso ya no es más investigado y está destinado a ser uno de los pocos en los que el FBI decidió finalmente arrojar la tohalla.
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