
Mientras las próximas autoridades se preparan para desembarcar en la administración pública a partir del martes, el comité de acreedores de la deuda en vías de reestructuración avanza en el consenso interno para presentar una postura única a partir de la cual negociar no sólo las condiciones técnicas del proceso sino también los tiempos y el alcance.
Esto es, más allá de la oferta económica que tiene grandes puntos de coincidencia con las ideas expresadas hasta el momento por el futuro ministro de Economía Martín Guzmán, el debate ahora se centra en los tiempos y actores involucrados. El punto central pasa por el Fondo Monetario.
Parte de los fondos de inversión que integran el comité promueven avanzar sin esperar que el próximo gobierno logre un entendimiento con el FMI. Otros, en cambio, consideran al Fondo Monetario una parte crucial de las tratativas en su calidad de garante de la consistencia fiscal del plan económico. Es decir, para asegurar la verdadera capacidad de pago futura de la Argentina.

Por lo pronto, la postura que gana cada vez más terreno es la de avanzar lo más rápidamente posible, tal como sugirió Guzman: durante el verano. El principal promotor de esta visión sería Hans Hume, presidente de Greylock Capital, pieza fundamental en el armado del comité que también integran el fondo francés Aimundi y los norteamericanos T. Rowe Price, Fidelity y Blackrock. El fondo Templeton, en cambio, otro de los grandes tenedores de bonos argentinos suele mantener una postura en favor de una negociación integrada al plan con el FMI. Al menos esa fue su experiencia en la renegociación de la deuda ucraniana, en 2015, en la que hubo quitas de 20% pero el acuerdo evitó presentaciones judiciales de fondos buitres, conocidas como holdouts.
La discusión, eventualmente, terminará de saldarse a medida que fluya el proceso y que el próximo gobierno muestre sus cartas. En principio, la propuesta más conocida que ya le hicieron llegar los acreedores apunta a una generosa extensión de plazo en los pagos de capital de hasta 5 años pero sin suspender el pago de intereses y, como parte de la discusión, la posibilidad de un nuevo aporte de cash para precisamente hacer frente a esos pagos. En definitiva, los bonistas ponen sobre la mesa para empezar a discutir una alternativa sin quitas que permitiría un rápido cierre de la reestructuración.

El punto débil a la hora de sentarse a discutir con Guzmán es el nivel de adhesión que tiene, por el momento, esa oferta. Tal como están emitidos los bonos bajo legislación extranjera –el tramo más sensible de la reestructuración–, es necesario lograr el acuerdo de los tenedores de al menos 66% de cada serie para poder hacerlo extensiva a todo el resto sin el riesgo de pleitos judiciales. Y, al menos por el momento, esa propuesta no reuniría mucho más de 50 por ciento.
El nivel de adhesión no es el único escollo a superar. Tal vez más sensible es la negativa expresada hasta el momento por Guzmán y el propio Alberto Fernández respecto de pagar sólo una vez que la Argentina “empiece a crecer”. Esta definición incluye capital y también intereses. Por otra parte, el presidente electo manifestó su voluntad de evitar cualquier nuevo endeudamiento, lo que hace suponer a gran parte de los bonistas que en realidad, y pese a la propuesta del ministro de Economía, la renegociación sí incluirá quitas. Otra vez, como en el caso de Ucrania.
Una renegociación con quitas –advierten– no se lograría en tiempo récord. Mucho menos si se involucra en el proceso el Fondo Monetario, a quien también se atribuye una posición en favor de quitas en pos de garantizar la sustentabilidad de la deuda.
Por lo pronto, el nombre elegido para encarar el proceso, si bien genera dudas por su falta de experiencia y equipos, cayó bien entre los acreedores y el mercado. “A pesar de su sesgo ideológico, Guzman tiene una profunda formación ortodoxa. Conoce los límites y puede distinguir perfectamente lo que va bien de lo que está mal. Es difícil imaginar que aplique un plan completamente inconsistente”, aseguró a Infobae un alto ejecutivo de un banco que lo conoce hace años.
Sin ir más lejos, los economistas de la ultraortodoxa Fundación Fiel, Ricardo López Murhphy y Fernando Navajas, fueron algunos de los profesores que más lo marcaron mientras estudió en la Universidad de La Plata. Más tarde, otro economista, de la UBA, Daniel Heymann lo apadrinaría hasta recalar, finalmente, en las huestes del premio Nobel, Joseph Stiglitz.

Una primera aproximación de sus ideas más concretas, al menos respecto del manejo del frente fiscal, se esperaba para este jueves con la presentación del Presupuesto 2020. Pero, tal vez por falta de tiempo, tal como afirmó el presidente electo, o por estrategia de negociación, el proyecto quedó demorado hasta “abril o mayo”, según dijo Fernández.
Para esa fecha, la expectativa es que la reestructuración de la deuda esté, sino cerrada, al menos muy encaminada. Y cualquier plan que contemple un déficit más cercano a 1,5% que a 1% del PBI entorpecería toda la discusión.
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