
El domingo tenemos una cita con la historia. El domingo es nuestro día familiar. Nuestro día predilecto de asado, de encuentro, de mate y facturas. Pero este domingo tendrá un tinte especial porque va a reunir a todas las casas del país bajo una misma bandera. Tenemos una cita con algo mucho más grande: soñar con volver a gritar campeón del mundo. Soñar. Volver a abrazarnos con desconocidos. Volver a llenar las calles de alegría y de una unión que muy pocas cosas son capaces de generar, como aquel inolvidable 18 de diciembre de 2022.
Si alguien nos hubiera dicho que tres años y medio después de Qatar íbamos a volver a estar en una final del mundo, probablemente nadie lo habría creído. La historia del fútbol reservó el privilegio de conquistar dos Copas del Mundo consecutivas apenas para dos selecciones: la Italia de 1934 y 1938, y el Brasil de Pelé en 1958 y 1962. El domingo, la selección argentina tiene la oportunidad de meterse en ese grupo selecto y de escribir una página que lleva casi sesenta y cinco años esperando un nuevo protagonista.
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Pase lo que pase con el resultado, esta Selección ya hizo su mejor trabajo. Nos volvió a representar. Traspasó la pantalla y logró algo que trasciende cualquier título: hacer que millones de argentinos se sintieran reflejados en un mismo equipo. Nos hizo llorar, sufrir, reír, abrazarnos. Nos devolvió el orgullo de pertenecer y nos hizo sacar el pecho ante el mundo entero. No tengo dudas que este equipo quedará inmortalizado para siempre.
Pero queda una batalla más. La batalla de Nueva York. El MetLife Stadium tiene reservada una tarde para la historia con las dos mejores selecciones del planeta: la Argentina, primera del ranking FIFA, y España, la segunda. Será, en definitiva, la Finalissima que nunca se jugó. Un cruce que el fútbol parecía debernos y que el mundo entero esperaba. También será el escenario de un duelo que atraviesa generaciones: Lionel Messi frente a Lamine Yamal. El mejor futbolista de todos los tiempos frente al heredero que muchos imaginan para el futuro. Aunque reducir esta final a Messi contra Lamine sería una injusticia y una apología a los afiches de publicidad.
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España llega como el equipo más completo del Mundial… Incluso atravesó su propia “Arabia Saudita”, aquella derrota inesperada que vivió la Argentina en Qatar 2022. El traspié ante Cabo Verde en el debut fue, hasta ahora, la gran sorpresa del torneo. Pero el equipo de Luis de la Fuente, un formador por excelencia, reaccionó con un fútbol de altísimo nivel y encontró una versión colectiva que hoy parece muy difícil de desarmar. Si algo distingue a esta España es que el funcionamiento potencia a cada una de sus individualidades. Es, quizás, el mejor ejemplo de que el todo termina siendo mucho más grande que la suma de las partes.
Rodri volvió a ser el faro del mediocampo con un nivel notable; Dani Olmo aportó esa rebeldía y creatividad entre líneas; Mikel Oyarzabal se consolidó como un falso nueve de movilidad permanente; y Fabián Ruiz encontró la manera de suplir la mejor versión de Pedri, aportando variantes con su zurda. Pedro Porro y Marc Cucurella convierten los laterales en una fuente constante de peligro, mientras que Álex Baena se ganó un lugar casi en silencio gracias a su equilibrio y a la sociedad que construyó con Cucurella. Detrás, la dupla Cubarsí-Laporte le dio solidez a una defensa prácticamente inquebrantable y Unai Simón volvió a demostrar por qué es el arquero ideal para este modelo: seguro con los pies, valiente para achicar cuando el equipo queda expuesto y determinante cada vez que lo llaman a intervenir. Así, España también consiguió liberar a Lamine Yamal de la obligación de resolverlo todo. Ya no necesita que su joya desequilibre en cada jugada porque el sistema genera ventajas por todos los sectores del campo.
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Más allá de los nombres, el gran desafío para la Argentina será impedir que España juegue donde más cómoda se siente: cerca del área rival. El equipo de Luis de la Fuente buscará instalarse en campo contrario, recuperar rápido tras cada pérdida y, desde allí, dejar que Rodri marque el ritmo del partido. Cuando eso ocurre, todo empieza a funcionar: aparecen los espacios para Dani Olmo y Fabián Ruiz, los extremos fijan por fuera y Oyarzabal encuentra los movimientos para desordenar a cualquier defensa y generar superioridad.
Por eso, buena parte de la final pasará por incomodar a Rodri. No solo por lo que hace con la pelota, sino por todo lo que genera sin ella. Es el futbolista que ordena a España, el que acelera o pausa el juego y el que hace mejores a todos los que lo rodean. Si Argentina consigue que juegue incómodo y lejos de su zona de influencia, habrá dado un paso enorme para desactivar el funcionamiento colectivo de la Roja.
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Y acá estará el máximo desafío de Lionel Scaloni: desarticular a un equipo qué hace alabanzas de defenderse con la pelota. Ahora bien, la gran pregunta es cómo puede hacerle daño Argentina a un equipo que casi no concede ventajas. Probablemente, la respuesta no esté en pelearle la posesión durante noventa minutos.
El escenario ideal para la Selección pasa por otro lado: recuperar y atacar antes de que la Roja vuelva a ordenarse. Hacerle pagar los espacios antes de su repliegue. Cuando la Furia monopoliza la pelota y logra instalarse en campo rival, juega cada vez con sus líneas más adelantadas. Ahí puede aparecer el talento de nuestro mediocampo: el pie de Enzo Fernández, la inteligencia de Alexis Mac Allister para romper desde segunda línea, la capacidad de Julián Álvarez para jugar de espaldas y atacar el espacio o arrastrar marcas y la velocidad de Giuliano Simeone o Nicolás González para castigar cada transición.
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Y es imposible no hablar del factor Lionel Messi. El as de espadas. El futbolista imposible de predecir. El que necesita apenas un segundo para cambiar el rumbo de un partido. No existe un plan capaz de neutralizarlo por completo; la historia ya se encargó de demostrarlo. Seguramente, para Luis de la Fuente, el mayor dolor de cabeza pase por cómo lograr que intervenga lo menos posible. Porque cuando Messi entra en contacto con la pelota, la genialidad entra en la escena.
Argentina no deberá dejarse llevar por la temperatura del partido ni caer en la tentación de ir a presionar hombre contra hombre. Frente a un equipo con tanta movilidad e intercambio de posiciones como España, el desafío será sostener el orden, achicar espacios y defender en zona sin perder la paciencia. La Scaloneta ya demostró que no necesita dominar durante noventa minutos para imponerse. Tiene la jerarquía suficiente para resolver una final en un puñado de jugadas. Lo hizo más de una vez, incluso cuando parecía tener la soga al cuello. Y esa capacidad para golpear en el momento justo también será una de sus grandes fortalezas el domingo.
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Lionel Scaloni puede ser clave con un don que muy pocos entrenadores poseen: interpretar los partidos antes de que sucedan. Leer los escenarios, detectar dónde puede romper al rival y animarse a tomar decisiones que muchas veces nadie espera. Parece sencillo en la teoría, pero casi nadie lo ejecuta como el técnico de Pujato. Basta con volver a la final de Qatar. Aquella aparición de Ángel Di María sobre la izquierda para atacar la espalda de Jules Koundé no fue un detalle táctico: fue la jugada que cambió el destino de una Copa del Mundo. Un movimiento de ajedrez que terminó en jaque mate.
Y quizás esa sea la gran ventaja competitiva de esta Selección. No solamente la calidad de sus futbolistas. También la inteligencia de un cuerpo técnico que nunca prepara dos partidos iguales. Scaloni no se enamora de los sistemas. Busca soluciones. Y cuando enfrente aparece un rival tan trabajado como España, esa capacidad para sorprender puede terminar siendo decisiva.
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Y si las diferencias siguen sin aparecer, habrá otro duelo que puede terminar definiendo una Copa del Mundo. El de los arqueros.
Unai Simón fue una de las grandes garantías de España durante todo el torneo. Seguro con los pies, confiable bajo los tres palos y fundamental para sostener la idea de juego de Luis de la Fuente.
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Pero Argentina tiene algo que ningún rival quisiera enfrentar cuando una final entra en terreno incierto. Emiliano Martínez. El Dibu ya dejó de ser solamente un gran arquero. Se convirtió en un especialista de los momentos límite. En alguien capaz de modificar el estado de ánimo de un partido con una atajada, una presencia o una tanda de penales. Si la final se estira hasta los doce pasos, la Selección sabe que parte con una ventaja que muy pocos equipos en el mundo pueden darse el lujo de tener. Un monstruo competitivo.
Ahora sí. Disfrutemos. Sintamos los nervios, el dolor de panza, el orgullo y la emoción. Cantemos el himno con el alma. Seamos un único grito a lo largo y a lo ancho de la Argentina. Porque estos son los momentos que atesoramos para siempre. El abrazo con un hijo, con un hermano, con un amigo, con los viejos. Argentina también es eso: familia. Y la Selección vuelve a regalarnos una de esas tardes que pueden quedar para siempre en la memoria de varias generaciones.
Y disfrutemos de Lionel Messi. De cada pausa, de cada gambeta, de cada pase y de cada mirada. Porque quizás estemos por vivir su última función con la camiseta de la Selección en una Copa del Mundo. Y cuando el tiempo pase, más allá del resultado, podremos decir que estuvimos ahí. Que vimos al mejor futbolista de todos los tiempos intentar escribir, una vez más, otra página de la historia.
Que nadie nos quite el privilegio de volver a ilusionarnos, porque soñar es de las cosas más lindas que tiene esta vida. Vamos todos juntos. Una vez más.
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