Acá está el campeón: la remontada imposible que metió a Argentina en la historia

La Selección sufrió frente a Egipto, pero una épica reacción le dio el triunfo sobre el cierre y ya está en los cuartos de final de la Copa del Mundo

Guardar
Google icon
Ilustración en acuarela de Lionel Messi con camiseta de Argentina número diez, levantando los brazos y con la boca abierta, sobre un fondo abstracto.
Messi volvió a marcar y terminó el partido emocionado, entre lágrimas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hay triunfos que clasifican. Otros que consagran una identidad. Y después están esos partidos que atraviesan generaciones, que quedan inmortalizados en la memoria colectiva. La remontada de Argentina ante Egipto pertenece a esa categoría.

Dentro de algunos años, todos recordarán qué estaban haciendo el 7 de julio de 2026 cuando Enzo Fernández apareció por el segundo palo para cabecear a la red y desatar una de las victorias más increíbles que haya protagonizado la Selección en una Copa del Mundo.

PUBLICIDAD

Argentina está en cuartos de final. Llegó con el alma, con la vida y con mucho para corregir. Porque Lionel Scaloni había advertido antes del Mundial que este equipo debía aprender a sufrir. Contra Egipto no sufrió: padeció.

Enzo Fernández grita el tercer gol argentino, el de la victoria final (Foto REUTERS/Amanda Perobelli)
Enzo Fernández grita el tercer gol argentino, el de la victoria final (Foto REUTERS/Amanda Perobelli)

Durante 78 minutos fue superado por un rival que jugó el partido perfecto. Egipto fue efectivo, aprovechó cada espacio, golpeó en los momentos justos y llegó a ponerse 2-0 con una autoridad que hacía pensar en el final del ciclo mundialista argentino. La Selección nunca encontró continuidad en el juego, perdió demasiados duelos en la mitad de la cancha y dependió más de impulsos individuales que de su funcionamiento colectivo.

PUBLICIDAD

Pero si algo distingue a este grupo es que jamás deja de creer.

Los tres goles en apenas once minutos son la prueba definitiva. No hubo desesperación ni resignación. Hubo paciencia, convicción y una personalidad construida durante años. Argentina entendió que mientras quedara tiempo había partido.

Incluso Lionel Messi fue (y es) el mejor ejemplo. Probablemente firmó su actuación más discreta del campeonato. Falló un penal, gravitó poco en el mano a mano y perdió más pelotas de las habituales. Sin embargo, terminó el encuentro con un gol y alcanzó los ocho tantos en el torneo. Porque los campeones también aparecen cuando no juegan bien.

La acción del tercer gol resume mejor que cualquier discurso la esencia de este equipo. Messi observó el movimiento de Julián Álvarez y le indicó que juegue largo para Lautaro Martínez. Él mismo decidió salir de la jugada y confiar en sus compañeros. El capitán entendió que ese ataque pedía inteligencia antes que protagonismo. La construcción del gol fue colectiva y la definición llegó con el cabezazo inolvidable de Enzo Fernández. El equipo necesita de Messi. Messi necesita del equipo.

Dibu Martínez y Cristian Romero, emocionados luego del triunfo (Foto Reuters/Brett Davis)
Dibu Martínez y Cristian Romero, emocionados luego del triunfo (Foto Reuters/Brett Davis)

El descuento de Cristian Romero fue el punto de inflexión emocional. Hasta ese momento Argentina estaba golpeada. Después de ese cabezazo, el campeón despertó y volvió a mostrar esa fortaleza mental que lo distingue desde hace varios años. En los momentos de mayor tensión apareció la cabeza fría. Cuando todo parecía perdido, prevaleció la convicción.

Esta Selección hace del carácter una marca registrada. No alcanza con jugar bien para eliminarla. Hay que liquidarla. Mientras haya tiempo, siempre encuentra una forma de volver al partido.

En los rendimientos individuales, el ingreso de Leandro Paredes fue determinante para recuperar el control del mediocampo y cambiar la dinámica del encuentro. Fue, junto con Cristian Romero, el futbolista más destacado de un equipo que, en líneas generales, estuvo por debajo de su nivel habitual. También hubo una leve mejora en la movilidad ofensiva durante el tramo final, aunque el verdadero motor de la reacción estuvo mucho más cerca del corazón que de la táctica.

Argentina deja muchas señales de alerta. Defensivamente concedió demasiado, volvió a sufrir en las transiciones y pasó largos pasajes sin imponer condiciones. Hay aspectos que deberán corregirse rápidamente si pretende seguir avanzando.

Pero también deja una certeza que vale tanto como cualquier análisis táctico: los campeones se reconocen en las derrotas que evitan. Y esta Selección volvió a demostrar que tiene una virtud que no se entrena. La capacidad de levantarse cuando todos creen que está terminada.

Acá está el campeón. No porque haya jugado su mejor partido. Todo lo contrario. Porque encontró la manera de ganar cuando parecía imposible. Porque convirtió el fracaso inminente en una noche eterna. Porque escribió una página que ya pertenece a la historia de los Mundiales.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD