Un partido emotivo y cambiante. En todos los aspectos. Tanto en el plano climatológico, donde comenzó con un sol radiante y terminó con un diluvio, como en el futbolístico, porque Argentina fue el claro dominador en la mayor parte, pero su falta de contundencia y el ingreso (por suerte tardío) de Rubén Paz, lo hicieron sufrir hasta la pitada final del árbitro. Una victoria que aseguraba el paso a los cuartos de final, con un equipo que cada vez estaba más sólido y hacía crecer la ilusión.
El duelo del Río de la Plata. Siempre una prueba de carácter, con esa pica futbolera que viene desde el inicio de los tiempos. En esta edición, a todo o nada, por los octavos de final. Era el segundo cruce en Copas del Mundo, con el único antecedente en la lejanía de la memorable primera final de la competencia, en 1930 en Montevideo, con triunfo de los locales por 4-2.
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Antes de empezar México ‘86, era Uruguay el que parecía llegar mejor, con buenos rendimientos en amistosos y varias de sus figuras en nivel ascendente, con Enzo Francescoli y su grandiosa temporada 85/86 con la camiseta de River a la cabeza. Argentina era la contracara. Con el entrenador discutido y pocos resultados favorables. Pero a la hora de la verdad, cuando empezó a rodar la pelota en suelo azteca, el panorama fue diametralmente opuesto.

Uruguay logró clasificarse para los octavos de final como uno de los mejores terceros, casi de manera milagrosa, sin ganar ninguno de los tres encuentros. Buen empate 1-1 con Alemania, catastrófica derrota 6-1 con Dinamarca e igualdad en cero con Escocia, con el condicionante de haber sufrido la expulsión más rápida de la historia de los Mundiales, al ver José Batista la tarjeta roja antes del primer minuto.
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Argentina avanzó invicto y a paso firme, con un Diego Maradona cautivante y un equipo con pocas fisuras, que se iba acomodando táctica y futbolísticamente, conforme se desarrollaba el certamen. La cita fue en Puebla, el lunes 16 de junio, como el cuarto cotejo de los octavos de final, luego que México eliminara a Bulgaria 2-0, Bélgica a la Unión Soviética 4-3 en un partidazo y Brasil a Polonia sin atenuantes por 4-0.
El doctor Bilardo tenía todo muy claro en la previa. En diálogo con un periodista de la revista El Gráfico, cuatro horas antes del match, minucioso como solo él podía ser, le anticipó lo que iba a suceder: “Ellos van a salir con un líbero, dos stoppers sobre nuestros delanteros, Valdano y Pasculli, y un volante que va a hacer marca al hombre sobre Maradona. Puede ir Barrios sobre Diego y Bossio sobre Burruchaga o al revés, eso no tiene importancia. Lo fundamental es el movimiento de esos cuatro hombres nuestros, que debe ser constante, sacando de posición a sus marcadores si es que los siguen, o quedando libres para recibir y jugar si no los siguen”.
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También se refirió a la duda que tenía la prensa hasta último momento y terminó demostrando un gran acierto del entrenador: “Tapia es un hombre más de maniobra, pero a mí se me presentan dos alternativas: tener la pelota o buscar el partido. Esta vez tengo la obligación de ir por la segunda opción, y Pasculli es más agresivo. Por ese motivo, él será titular”. Y esa fue la única modificación con respecto al equipo que venció a Bulgaria: Pasculli por Borghi, que ni siquiera estuvo en el banco de suplentes.
Ambos equipos salieron al campo de juego sin sus camisetas tradicionales: Uruguay de blanco y Argentina de azul. No era un hecho más, porque el cuadro nacional llevaba 15 partidos consecutivos en Copas del Mundo utilizando la celeste y blanca. El último antecedente de casaca alternativa había sido el 3 de julio de 1974. Ese día igualó 1-1 con Alemania Democrática, cuando ambos ya estaban eliminados en la zona semifinal que compartieron con Holanda y Brasil. De ese cotejo quedaron dos detalles salientes: no se vio por televisión en Argentina, ya que se atravesaban jornadas de duelo nacional por el fallecimiento de Juan Domingo Perón y se produjo el debut oficial en la Selección de Ubaldo Matildo Fillol.
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Argentina salió dispuesto a ser el protagonista, a partir de la movilidad de Burruchaga y de Valdano, que arrancaba unos metros más atrás que en los partidos anteriores, dejando a Pasculli, como única referencia de ataque, en un hábitat, donde se sentía cómodo, dentro del área rival. Maradona revivía el viejo duelo de 7 años antes, cuando el Chifle Barrios fue su marcador personal en la semifinal del Mundial Juvenil de Japón. Como en aquella ocasión, Diego lograría escaparse sistemáticamente.
En defensa, la acostumbrada solidez, con Brown barriendo detrás de todos como eficiente líbero, Ruggeri maniatando a Wilmar Cabrera y Cuciuffo, nuevamente impecable, casi sin dejársela tocar a Francescoli. Justamente en esa función, en agosto del ‘85, en la final de la rueda de perdedores del Nacional, donde Vélez superó a River en cancha de Huracán, Bilardo había quedado definitivamente convencido de su convocatoria, por la limpia marca sobre la estrella de River.
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Sobre los 21 minutos, el dominio de Argentina en el juego casi se traslada al marcador, cuando Maradona ejecutó de manera brillante un tiro libre desde su posición ideal, y la pelota se estrelló en el travesaño del arco defendido por Fernando Álvez. Exactamente a los 30, Oscar Garré cometió una obstrucción a Francescoli que para el árbitro italiano Luigi Agnolin mereció la tarjeta amarilla. Y no era una amonestación más, porque significaba la segunda para el hombre de Ferro que debería quedar afuera del cruce de cuartos, si el equipo lograba avanzar.
Los hombres de Bilardo seguían predominando y ganando posiciones en el terreno. Mucho tenía que ver la mejora del Checho Batista, con respecto a los partidos anteriores, recobrando esa firmeza y presencia, tan características en él en Argentinos Juniors. Cuando faltaban solo 4 minutos para concluir el primer tiempo, Pasculli le dio la razón al Narigón de incluirlo como titular. Fue una muy buena maniobra, que arrancó desde la propia área, con combinaciones para ir progresando: Ruggeri - Burruchaga - Giusti, nuevamente a Burru, que se la devolvió de taco, para que el Gringo se la pasara a Diego, quien con un amago dejó en el camino a Barrios y habilitó a Batista en un pase vertical, camino al área rival. Al Checho lo derribaron, pero la pelota siguió a Burruchaga, que cedió a Valdano. El delantero del Madrid se filtró, lo trabaron y Acevedo, cuando quiso dominarla, no hizo otra cosa que habilitar a Pasculli. El goleador estaba en el lugar indicado, el punto penal, para vencer con un remate bajo a Fernando Álvez.
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Para el inicio del segundo tiempo, Uruguay realizó una sola modificación, que fue el ingreso del Polilla Jorge Da Silva por Wilmar Cabrera. Todos nos sumamos a las palabras de Oscar Gañete Blasco, comentarista de Mauro Viale en la transmisión de ATC: “Me llama mucho la atención que el entrenador uruguayo Omar Borrás no lo haya puesto a un futbolista que nos gusta mucho y es Rubén Paz”. Resultaba inexplicable que el talentoso volante continuara en el banco de suplentes.

El juego continuó de la misma manera, con Argentina dominando, al tiempo que por las imágenes que llegaban por televisión, se apreciaba cada vez menos luz natural, pese a que en México eran las cinco de la tarde. A los dos minutos, Diego se escapó por la punta derecha, ingresó al área, esperó que llegara Pasculli, y se la puso perfecta en la boca del arco. El delantero la impactó apenas tarde y el tiro se perdió al lado del palo. Apenas un rato más tarde, el goleador desbordó por la izquierda y se la dio a Burruchaga. De manera increíble, su remate fue salvado sobre la línea por Acevedo. El reloj avanzaba y el cuadro de Bilardo seguía generando una situación detrás de otra: Burruchaga lo vio picar a Diego, le puso una pelota perfecta y su remate fue contenido por Álvez.
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Exactamente a los 15 se produjo el ingreso de Rubén Paz por el zaguero central Acevedo, pasando Darío Pereyra de la mitad de la cancha al fondo. El talentoso volante, no se ubicó en su clásica posición de enganche, sino más tirado sobre la izquierda, casi como un puntero, detectando que allí, Argentina podía tener alguna falencia con el retroceso de Giusti para cubrir la zona.
Unos minutos más tarde, se produjo una jugada muy recordada. Diego trabó y ganó a la salida del círculo central y la pelota derivó para Valdano sobre la derecha. Avanzó varios metros, se metió en el área y sacó un remate que desvió Álvez. Maradona ingresó por el segundo palo y marcó el gol, que el árbitro anuló por una supuesta plancha. Quedaron en la memoria los gestos del capitán, juntando sus manos a modo de súplica, asegurando que no había cometido infracción y el doctor Bilardo agarrándose la cabeza, pero tratando de simular que se peinaba cuando lo enfocó la cámara. Ambos momentos fueron captados por la película “Héroes”.
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Argentina merecía más que ese exiguo 1-0 y a partir de los 30 comenzaría a sufrir, con un gran zurdazo de Paz, que se fue apenas desviado. “Cuesta entender que sea suplente. Rubén Paz en un rato ya fue más peligroso que el resto de sus compañeros en todo el partido”. Clara apreciación de Gañete Blasco por ATC. Para agregarle mayor dramatismo, la lluvia se hizo presente para ser protagonista de los últimos 10 minutos. Al influjo del hombre que a partir del año siguiente se convertiría en ídolo de Racing, todos sus compañeros se activaron y llenaron de centros el área argentina. A falta de cinco minutos, Bilardo repitió el mismo cambio que había hecho en los tres partidos anteriores: Olarticoechea por Batista.
Casi con el tiempo cumplido, una pelota que no pudo rechazar el fondo argentino, cayó en los pies del Polilla Da Silva, que sacó un potente remate que Pumpido desvió con dificultad. Francescoli fue a buscar el rebote y chocó, sin intención, con su compañero de River. A su vez, Argentina pudo aumentar en una contra donde Pasculli se fue solo y eligió mal, queriendo gambetear al arquero que se quedó con la pelota. Fue la última emoción de un partido que había tenido de todo. Argentina daba un nuevo paso, afirmándose como serio candidato al título.
Ni la victoria detuvo al doctor Bilardo con sus obsesiones. Le pidió al utilero una de las camisetas de sus muchachos y, al pesarla, certificó lo que pensaba: al no tener los agujeritos de la celeste y blanca, su peso era mucho mayor. Días después, las quiso agujerear con una tijera, pero quedaron inutilizadas. No había otro juego suplente y solo quedaba rogar no tener que volver a usar la alternativa. Ya veremos como siguió esta particular historia en la próxima nota.
En nuestro país el Mundial había arrancando en medio de una vaga sensación, casi lindante a la indiferencia, solo reservado para los futboleros. Pero el auge se empezó a sentir a medida que el equipo avanzaba, de la mano de Diego. Un par de semanas atrás, imaginar que él pudiese levantar la copa, era una utopía. Ahora era el tiempo de soñar sin límites. Y que mejor que frente al rival que asomaba en el horizonte…
Próximo episodio: Inglaterra
Fecha: 22 de junio
Locación: Estadio Azteca
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