
Con una nueva derrota ante Inglaterra, se le terminó a Los Pumas el Mundial más extraño de su historia. Por un lado, con un rendimiento estético oscilante, criticado por distintas razones después de casi todos sus partidos. Más allá de que los varios episodios históricos de los últimos años justificaron esa fantasía de que “en un día todo podia ser posible”, el equipo argentino tuvo solo de a ratos y no en todos los partidos el rendimiento que le permitió adueñarse de un lugar de privilegio sin precedentes en un ranking mundial que, lejos de cualquier subjetividad, se guía exclusivamente por resultados.
Por cierto, muchos de los cuestionamientos relacionados desde con el orden de juego dentro de la cancha hasta con decisiones del entrenador, parecieron tener sustento, entre otras cosas, porque el equipo regresó a casa sin haberlas corregido.
Sin embargo, estos cuestionamientos, este disconformismo, cohabita con una realidad incontrastable: salvo Las Leonas, cuesta encontrar un equipo nacional que haya figurado entre los cuatro mejores en tres de sus cinco últimos Mundiales. Es más. El mismísimo partido de cierre con los ingleses fue una muestra del subibaja argentino. Partido que, aún sin jugarlo especialmente bien, se pudo haber ganado perfectamente.
A propósito de Mundiales y cómo poner en contexto las cosas para no subestimar lo que acaba de suceder. En tiempos en los que las buenas superan a las malas, es sabio recordar que, aún con muy buenos equipos y míticas figuras, la Argentina empezó su carrera mundialista hace casi 40 años con una sola victoria en los primeros nueve partidos. Y que tardo 12 años en superar por primera vez una fase de grupos.
Ese universo, el de los cuatro mejores del torneo, que siempre le fue negado a potencias históricas como Irlanda y Escocia y que solo ocasionalmente logró otra como Gales, ya es de presencia frecuente para nuestro equipo, emergente de un rugby doméstico que no por quererlo entrañablemente hay que engañarse creyendo que está al nivel de las siete u ocho principales potencias del rubro; no son sino esos torneos los que se nutren de una gran cantidad de jugadores argentinos. Inclusive de muchos que ni siquiera estuvieron en el plantel mundialista.
Entonces, más allá de críticas y de elogios, de ciclos que se terminan como el de Cheika, de muchos jugadores con futuro de varios con muy buen presente y de leyendas que pronto dejarán el seleccionado, algo en especial vive bajo una camiseta que, aún sin dejar satisfecho a todos, quizás siendo el menos nítido de los tres semifinalistas que tuvimos, llega tan frecuentemente tan lejos en un universo que, a veces, parece reducido a muy pocos nombres, entre los que no figura el nuestro.

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